EL ÚLTIMO GRAN AÑO DE MOZART

FICHA DEL CONCIERTO

Selección de la Flauta Mágica y Requiem de Mozart. E. Sánchez, soprano, A. Mayer, mezzo, J. Franco, tenor, P. Acosta, barítono. Federación Aragonesa de coros, N. Torres directora del coro, Orquesta Reino de Aragón, R. Casero, director

El penúltimo concierto del XXXVII Ciclo de Introducción a la música nos presenta una nueva producción aragonesa de gran repertorio en esta caso de nuevo con la Orquesta Reino de Aragón y la Federación aragonesa de coros. Nunca nos cansaremos de destacar el trabajo de los coros, de todos los coros que en cada barrio, asociación o pueblo se dedican a hacer feliz a mucha gente con la música, tanto a los que en ellos cantan como quienes los oyen y contribuyen a la cultura musical de un país; me atrevo a decir que se puede medir a un país o a una región por el nivel de sus coros, así que hay que aplaudir a quienes se dedican al fomento de la música coral en nuestra tierra.

No vamos a descubrir aquí que Mozart es genio entre genios, músico entre músicos y que en la historia de la música hay un antes y un después de su obra; su importancia es solo comparable a la de Bach, y quizás a la de Beethoven. Mozart es el único compositor en la historia de la música que compone una vasta obra plagada de obras maestras absolutamente en todos los géneros: de la música de cámara, la música para piano solo, música religiosa, sinfonías, conciertos para muchos instrumentos, cuartetos de cuerda, óperas.. y todo ello lo hizo en una vida que acabó demasiado pronto.

1791 es el año de la muerte de Mozart y es el año de un buen número de sus últimas obras maestras, como las dos que aparecerán en este concierto. 1791 es el año del Concierto para clarinete, de La flauta mágica, La Clemenza de Tito y del Réquiem: una sucesión de obras maestras que, como ha escrito George Steiner, señalan uno de los más increíbles momentos de creatividad de la experiencia humana. Mozart se apaga bruscamente a los treinta y cinco años en medio de una actividad portentosa, agotado, sin duda, por el exceso de trabajo, pero quizá aún más por la tensión espiritual de su último período de creación, esa fase de 1791 en la que ya no cabe hablar de madurez ni plenitud, sino tan sólo de superación y de escritura de obras musicales que son clásicas en el sentido mas amplio de la palabra ya que son atemporales y únicas en su genialidad cada una de ellas; pero dentro de ellas la variedad es grande, y lo podremos ver en este concierto donde escucharemos al Mozart masón, que compone en alemán y lo hace para el pueblo con una obra plagada de lecturas como es La Flauta Mágica pero también escucharemos al Mozart que escribe la música para una misa de Requiem, en latín, recogiendo toda la tradición de la música de liturgia y llevándola a su personal mundo drámatico sin que por ello pierda un ápice de espiritualidad, mas bien al contrario.

En este año en cuestión, Mozart no vive tiempos fáciles. Los constantes problemas económicos, la tristeza por el mal estado de salud de su esposa Constanze y la falta de reconocimiento le hacen decaer física y anímicamente. A estas alturas, Mozart, a falta de encargos oficiales, componía frecuentemente para amigos y conocidos que le pagaban muy poco o nada. La situación se hacía cada día más desesperanzadora. En ese momento apareció un viejo amigo, el actor, poeta y empresario Emanuel Schikaneder, que estaba buscando una nueva pieza y sabía perfectamente lo que el público quiere: ¡una pieza encantadora de moda en Viena!

Los dos se ponen manos a la obra: Schikaneder escribe el libreto y Mozart compone. Con “La flauta mágica” se creó una de las óperas más conocidas y, hasta hoy, más representadas del mundo. Todavía hoy en día el público se deja encantar por este mundo místico y maravilloso en el que el humor es una constante.

Veamos un poquito el argumento de la ópera: Pamina, la hija de la reina de la noche, es secuestrada por el príncipe Sarastro, el administrador del templo del sol. El bello príncipe Tamino debe de liberarla. Pero no será una tarea fácil. Una serpiente gigante le persigue y él se desmaya. Cuando recobra la conciencia ve que la serpiente está muerta y aparece el cazador de pájaros Papageno. Tamino supone que Papageno ha matado a la serpiente y este no lo niega. Tres damas le hacen entrega a Tamino de una imagen de Pamina, él al verla se enamora en el acto de ella y le jura a la reina de la noche que la liberará del reino de Sarastro. Papageno deberá acompañarle. Los dos reciben una flauta que amansa a los animales salvajes y también un carrillón para protegerse y se ponen en camino hacia el templo de Sarastro.

Sarastro aclara que él ha secuestrado a Pamina solamente para protegerla de la que considera malvada reina de la noche. Tamino y Pamina están destinados el uno para el otro. Sarastro quiere que Tamino sea ordenado como sacerdote del templo de la sabiduría, pero antes de eso tendrán que superar toda clase de pruebas. Finalmente atraviesan corriendo “las puertas del horror”, tienen que superar el fuego y el agua y son acogidos en el círculo de los “iniciados”.

También Papageno encuentra la suerte en el amor, el es llevado con Papagena y los dos serán una pareja de amantes. ¿Y la reina de la noche? Ella es aniquilada cuando intentaba destruir el templo de Sarastro. “Los rayos del sol expulsan a la noche…”

La flauta mágica” de Mozart se presenta, así, vista a primera vista, como una ópera cómica vienesa típica, encantadora y cómica, pero esta obra representa mucho más. Con la victoria de lo bueno sobre lo malo, las serias escenas de coros de sacerdotes que recuerdan a las reuniones de los masones, y con una escenificación inusual para el público de aquellos tiempos, “La flauta mágica” de Mozart contiene mucho del pensamiento masón. La clara elevación de este género con ideales humanista-masónicos en un principio no fue muy bien recibida por los ciudadanos sencillos de Viena, y, por lo tanto, el éxito de la obra al principio fue muy modesto. La reservada acogida de la obra dio paso a un éxito que crecía constantemente. Fue evidente que esta ópera de Mozart también necesitó su tiempo para poder ser completamente apreciada en su abundancia temática y en su profundidad…

No obstante la situación de Mozart no ha cambiado y él vive todo esto ya resignado. Nuevamente sus contemporáneos son incapaces de considerar y valorar su genialidad. Sus fuerzas vitales están ya muy deterioradas, él está derrumbado y siente que… “pronto será excluido de la música”.

EL REQUIEM DE MOZART ENTRE EL MITO Y LA RELIDAD

Es bien conocido que Mozart murió antes de poder terminar el Requiem, sin embargo,  y fomentado por la leyenda de la narrativa romántica casi no se difunde que Mozart empleó sus últimos meses terminando su obra consentida del momento,  justo La flauta mágica, que se representó varias veces en ese tiempo; componiendo  otro brillantísimo encargo  en menos de mes y medio, La Clemenza di Tito,  que sería su última ópera; y concluyendo el Ave Verum Corpus, el Concierto para clarinete y la Pequeña Cantata Masónica. La realidad parece indicarnos mas bien que Mozart componía su Requiem más por obligación que por convicción y aun así, logró una obra monumental y de sentida inspiración, al menos en los pasajes que logró terminar.

Y aquí vamos con la polémica que arrastra esta obra: Mozart no compuso el “Requiem de Mozart”; al menos una buena parte del mismo. Se cuenta la conmovedora escena de un Mozart débil y casi agonizante, dictando las notas del Requiem a su alumno y asistente Franz Xaver Süssmayr, aunque esta imagen es parte del mito también probablemente. Lo que sí es un hecho constatado, es que Süssmayr concluyó grandes partes de la obra a petición de la viuda, Constanza Weber. Pero ante de llegar a esa etapa, la obra de Mozart pasó por   manos diversas.

En el momento de su muerte, Mozart había terminado ya las dos primeras partes de la obra, el Introitus y el Kyrie, incluso con la orquestación respectiva, completa en el Introitus y casi concluida en el Kyrie; en la partitura original aparece en estos movimientos algún retoque de Süssmayr y de una “mano desconocida” que terminó los detalles de orquestación, y que los musicólogos no han logrado identificar plenamente, aunque coinciden en sospechar de Franz Jakob Freystädtler, otro de los alumnos del compositor; sin embargo, por las similitudes, muchos opinan que el propio Mozart logró orquestar el Kyrie en su totalidad; en cualquier caso, ambas partes, fueron interpretadas cinco días después del fallecimiento de Mozart, en un servicio fúnebre conmemorativo.

En la Sequentia que sigue y que es una parte fundamental de la obra, Mozart logró escribir todas las secciones, excepto el Lacrimosa, pero en forma esquemática, es decir, el “esqueleto” musical, incluyendo las partes vocales, y las partes de la cuerda en algunos de los pasajes sin voces. Del glorioso Lacrimosa, el momento más sublime e inspirado de la obra, Mozart compuso sus primeros ocho compases, dos compases de la orquesta y seis de la primera parte vocal. Ello fue suficiente para

inspirar a sus continuadores, pues después de ese inicio sólo podría haberse compuesto una música genial. El Offertorium, que sigue a la Sequentia, también fue escrito casi completo por Mozart en la forma de escritura corta mencionada para la Sequentia. El resto de la obra parece no haber sido trabajado por Wolfgang, aunque es posible que hayan existido hojas sueltas y pequeños papeles con bosquejos de notas e indicaciones sobre las partes finales de la obra, pero que se perdieron o fueron robadas por alguien.

Pocos días después y ante el compromiso de que habría que entregar al Conde von Walsegg la obra encargada o se tendría que devolver el anticipo recibido por Mozart de su ahora no tan misterioso mecenas, Constanza encomendó la terminación al compositor Joseph Eybler, quien aceptó unos días después, en correspondencia plenamente identificada y conservada. Sin embargo, ello propició la confusión, pues Eybler también realizó algunos importantes “retoques” al Requiem (como orquestar casi toda la Sequentia, además de agregar ¡dos compases! más al Lacrimosa).

Posiblemente Eybler, un compositor con experiencia y oficio, comprendió la grandeza de la música que tenía entre manos y al considerarla una tarea imposible, rechazó continuar con el encargo de Constanza.

Finalmente, y después de otras manos ajenas (recordemos la presencia de Freystädtler en el Introitus y el Kyrie) Constanza tomó la decisión que debió ser la inicial: encargarle la terminación de la obra al alumno más cercano al maestro (y a la esposa, dicen), Franz Xaver Süssmayr, a quien le debemos actualmente tener la posibilidad de escuchar esta obra prodigiosa que conocemos como “el Requiem de Mozart”. Süssmayr partió casi de cero, respetando cada compás que había escrito Mozart, pero descartó casi todos los detalles orquestales de Freystädtler, conservando, en cambio, la mayor parte de los de Eybler para la Sequentia y agregando detalles instrumentales propios. Por eso hoy, gracias a Süssmayr, estamos lo más cercano posible de escuchar la “verdadera voz” de Wolfgang Amadeus; además de las ideas orquestales de Eybler, para contar con un Requiem total, está la aportación de Süssmayr: la terminación musical y orquestación del Lacrimosa – ineludiblemente inspirado por Mozart; la orquestación del Domine Jesu y la terminación musical del Hostias, ambas partes del Offertorium; así como la composición propia de las partes Sanctus, Benedictus y Agnus Dei. Para la conclusión, Lux Aeterna y Requiem aeternam, Süssmayr utilizó los temas del Introitus y del Kyrie. Se dice que cuando Süssmayr comenzó a trabajar sobre la obra, lo primero que hizo fue copiar por completo la partitura original de Mozart, pues ésta estaba borrosa y desgastada por las tantas manos por las que había pasado, de quienes las habían leído, copia y por suerte, no anotado

Por si fuera poco, existen también las numerosas ediciones que se han hecho posteriormente, de las que sólo mencionamos las más destacadas o aceptadas: H. C. Robbins Landon, Franz Beyer, Robert Levin y Richard Maunder. Estas ediciones no deben confundirse con las terminaciones de la obra, casi todas en tiempos de Mozart.

En estas ediciones, todos los autores usan la versión de Süssmayr, aunque le cambian lo que consideran menos correcto, mientras que algunos se limitan a enriquecer la orquestación de Süssmayr.

Resumiendo podemos decir que Mozart terminó por completo el Introitus. Es lo único y último que completó de la obra. El Kyrie está terminado casi en su totalidad, pero aún necesitaba bastantes detalles de orquestación y armonización. Desde el Dies Irae que da inicio a la Sequentia hasta los primeros ocho compases del Lacrimosa, pieza con la que concluye la Sequentia, así como el Offertorium (Domine Jesu y Hostias), Mozart compuso todas las partes vocales de la obra, especificando algunos de los acompañamientos de las cuerdas. Mozart ya no pudo componer nada original a partir del Hostias. Los movimientos siguientes, Sanctus y Agnus Dei, fueron compuestos por Süssmayr, quien se encargó de la terminación, orquestación y armonización de toda la obra. El movimiento o sección final, la Communio: Lux Aeterna recupera los temas del Introitus y del Kyrie, por lo que la música verdadera de Mozart inicia y concluye una de sus obras más respetadas y escuchadas.

Después de estas precisiones musicológicas sobre el Requiem de Mozart, cuando escuchamos la obra, descubrimos que la frialdad de los estudiosos no resuelven mucho del enigma musical: el enigma de la emoción que provoca la música, de su trascendencia existencial, de su penetración psicológica y emocional en el ser humano. Todo eso que nos puede transmitir la obra de Mozart y en particular este
Requiem está más allá de su historia mundana. Con más razón nos impacta descubrir que en los pocos ratos que el compositor le dedicaba a su encargo fúnebre, podía lograr una música de tal inspiración y expresividad y que simultáneamente pudiera componer otras obras grandiosas como las que lo acompañaron en esos últimos

meses de vida. Incluso el trabajo de Süssmayr, sobre todo, su propia música, que tanto ha sido denostada por los musicólogos editores, se sostiene por ese oficio creativo que fue suficiente para dotar de una armazón que sostiene y expone ante el oyente la prodigiosa inspiración mozartiana.

El Requiem de Mozart (con o sin Süssmayr) es una obra que vivirá por siempre y prueba de ello es el interés y la expectativa que ha causado su interpretación en este ciclo a cargo del coro participativo de la Federacion Aragonesa de coros, Fedarcor. Un gran número de coralistas de nuestra tierra llevan muchas semanas ensayando (a veces mientras nosotros oiamos los conciertos anteriores) para hacernos hoy disfrutar de esta obra que es mito, que es historia y que es, sigue siendo una de las músicas funebres mas famosas jamás escritas.

Para no terminar en clave luctuosa (y eso que el final del ciclo son dos Requiem, quizás por la próximidad de la Semana Santa) pondremos a la mejor protagonista femenina de la historia de La Flauta Mágica. Hay pocos que discutirían que la mejor Pamina de la historia nació en la calle Las Armas, desde donde llegó a cantar este papel en la inauguración del nuevo Metropolitan Opera House de Nueva York dirigida escenicamente por el mismísimo Marc Chagal. Como saben para quien escribe esto cualquier ocasión es buena para homenajear a Pilar Lorengar y esta es una ocasión pintiparada que no vamos a desperdiciar.

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