LA ÓPERA ROMÁNTICA POR EXCELENCIA

FICHA DEL CONCIERTO

La Boheme. Ópera en 4 actos de Giacomo Puccini. Orquesta Reino de Aragón. Coro Amici Musicae del Auditorio de Zaragoza. E. Ruiz, J. Garcés, I. Solano, directores del coro. E. LLorca, dirección escénica. R. Casero, director musical.

Hay algunos tópicos que no se sabe muy bien de donde vienen pero que la realidad se empeña tercamente en desmentir y uno de los mas extendidos y mas falsos a la vez (si no se admiten matices al menos) es el del carácter elitista de la ópera.

La ópera italiana, como la que nos va a ocupar en esta entrada, es profundamente popular, busca llegar al alma del pueblo y a lo largo de la historia lo hizo de muchas manera y desde luego La Boheme es una ópera concebida para ser disfrutada por cualquiera con un argumento sencillo y eficaz que nos habla de gente corriente y lo hace con una música que llega al oyente seduciéndolo al momento con melodías tan bellas como directas. Me atrevo a decir que quien no se emocione (hasta la lágrima en mi caso) con el final de La Boheme, no tiene alma (permítaseme la exageración y que nadie se ofenda con esta licencia) o al menos no logrará emocionarse nunca con la música.

Antes de entrar en harina, unas líneas para saludar la vuelta de la ópera al Auditorio. Claro que sabemos que la sala Mozart no es un teatro de ópera y que no hay caja ni foso, pero también sabemos que es el único espacio que con sus limitaciones, hoy en día puede acoger funciones de ópera “grandes”, es decir con una gran orquesta, coro, solistas y un cierto aparataje escénico. Desde luego hay que apuntar el mérito y el inmenso trabajo de montar esta producción por parte de una orquesta de la tierra como es la Orquesta Reino de Aragón que lucha, con Sergio Guarné a la cabeza, por estabilizar una vida sinfónica aragonesa propia. Hay que decirlo, lo que en otros sitios está estabilizado y normalizado por parte de las instituciones aquí está siendo luchado por iniciativas privadas que están teniendo importantes logros (como esta producción) y que por suerte cuentan con el apoyo del Auditorio de Zaragoza.

Giacomo Puccini representa el final de la gran tradición de la ópera italiana cerrando una línea que empieza en el barroco y que en el XIX tiene sus grandes hitos con Rossini, Bellini, Donizetti y Verdi. El de Lucca pone el final brillante a una tradición que llegó para quedarse no solo en su país natal sino en los teatros de todo el mundo y lo hace con una producción amplia y variada. En su producción encontramos el gran drama político emocional de Tosca, los temas orientales en Buterfly y Turandot, la mirada al oeste con La Fanciulla del West e incluso esa deliciosa comedia mirando a Dante que es Gianni Schicchi. Dentro de todo este corpus que ha entrado a formar parte del repertorio operístico mundial La Boheme es la mas representada de su autor y la cuarta más representada de todo el repertorio tras Traviata, Flauta Mágica y Carmen (justo por encima de Tosca y Buterfly que ocupan los puestos cuarto y quinto).

¿Qué es lo que hace de La Boheme una ópera especial? Pues es una suma de varios factores que vamos a analizar aquí. Para empezar tenemos que decir que La Bohème es un prodigio dramático y representa un fenómeno excepcional en la obra completa de Puccini. Con este ópera, Puccini aportó al género un nuevo tipo de héroes y un entorno totalmente desconocido hasta entonces. Nos olvidamos de las historias de nobles, salones y palacio ya que aquí los protagonistas son jóvenes artistas bohemios: pobres y sencillos que afrontan los problemas de la vida cotidiana como van pudiendo y que disfrutan de las cosas sencillas que les aporta el día a día . No sabemos con certeza porque Puccini eligió la novela de Murger como argumento de su nueva opera después del éxito de Manon Lescaut. Es posible que el compositor se viera identificado con los personajes por su propia experiencia durante sus estudios en el Conservatorio de Milán. O quizás, simplemente le atrajo la idea de dar nueva vida a estas figuras tradicionales de la bohemia historia parisina.

 El argumento de ópera está basado en una novela de Henri Murger, “Scènes de la vie de bohème”, novela que el escritor empezó cuando formaba parte de ese mundillo parisino de artistas. En el libro, los personajes centrales son Schaunard, Rodolphe, Marcel, y Colline que parecen tener ciertas referencias a personajes reales que pudo conocer el escritor. Se ha escrito que Schaunard se llamaba en realidad Alexandre Schann, que era hijo de un fabricante de juguetes acomodado, y después de fracasar en el intento de sobresalir como compositor y pintor, dejó la vida bohemia y heredó la fábrica. Originalmente Murger quiso transformar su apellido en Schannard, pero un error de imprenta creó el apellido Schaunard que Puccini recogió también. De Marcel dicen que tenía una combinación de dos pintores que realmente existieron. Uno de ellos, François Germain Leopold Taber pinto efectivamente el cuadro que menciona en la novela “El paso de Mar Rojo”. Colline es una combinación de dos filósofos que conoció Murger. Uno es Jean Wallon, un filosofo orgulloso de su abrigo cuyos bolsillos siempre estaba repleto de libros. Y el otro es Marc Trapadoux que era el más sensato del grupo. Probablemente el poeta Rodolphe era un pálido retrato del propio Murger que, según dicen, tenía una relación amorosa con una Mimí que murió de Tisis. No sabemos con exactitud quién era Mimí en realidad, dicen que pueden ser Lucille Louvet, o Marie Virginie Vimal. Sin embargo, sabemos que existió Musetta en realidad y que tuvo una relación amorosa con el pintor Taber. Se llamaba Marie-Christine Rouz, una modelo de arte de veintidós años. Murió en el naufragio del velero Atlas en el 1863 en un viaje a Argelia cuando iba a reunirse con su hermana. En la novela hay otro personaje femenino, Francine, que murió tísica después de unos amores con un escultor llamado Jacques, que no aparece su nombre en la opera, pero sí su historia.

La verdad es que pocas veces se ha dado en la historia de la ópera una adaptación tan diferente en espíritu de un texto literario a un libreto operístico como en el caso de La Bohème. Puccini era un hombre  de carácter difícil, nunca estaba contento con los textos, y exigía modificaciones continuamente, añadiendo escenas, eliminando escenas, reestructurando escenas, o actos. Fueron muchas las veces que condujo a sus libretistas al borde de la desesperación. Era una dura prueba de la paciencia para los libretistas. La elaboración del libreto era tan laboriosa que Illica, Giacosa, el propio Puccini e incluso Ricordi trabajaron más de 2 años en ello. Apenas le quedaron a Puccini ocho meses para componer la música. No obstante, las modificaciones introducidas tienen como resultado uno de los libretos más exquisitamente narrados de la historia de la opera. De hecho, todos los episodios de la opera fueron colocados en lugares concretos con el fin de crear una continuidad en la narración que no existe en la novela.

El personaje de Mimí es probablemente la figura más frágil de la todas las mujeres creadas por Puccini.  Ella no tiene los gestos trágico-heroicos de una Cio Cio San, o de una Liu, sino que está rodeada de la dulzura que le confiere su sencillez. En su vida no hace nada especial, su suerte se decide ante la vista de los espectadores: ama, sufre y muere. Su primer aria, la deliciosa “Mi chiamano Mimi” se nos presenta de un modo realista, a través de una detallada acuarela de figuras, su pequeño mundo y su modesto modo de vida. Puccini no quería un ángel, solo quería que Mimí fuera un ser humano más. Por tanto, quería que el final de esta muchacha fuera un poco menos egoísta y dedicara su ultimo pensamiento a quien le había demostrado tanto afecto. La muerte de Mimí es, probablemente, una de las escenas más conmovedoras de todas las operas. El primero que lloró fue el propio Puccini, cuando tocó por primera vez el final de la obra ante un circulo de amigos “El club de los Bohemios”.

Podemos decir sin miedo a exagerar  que Mimí y Rodolfo son la pareja más querida de la historia de la lírica. Son corrientes y al mismo tiempo únicos en el género operístico. En esta ópera no hay ninguna intriga amorosa, ningún personaje malvado. Los golpes del destino aparecen en forma de enfermedad. Es, en realidad, una tragedia verosímil, una conmovedora poesía para todos nosotros.  Sin embargo, la historia amorosa que en la opera se atribuye a Rodolfo y Mimí no procede de la novela, puesto que esta Mimí muere tísica pero en un hospital y Rodolfo no recibe la triste noticia hasta varios días después. Sin duda ninguna, a Puccini no le interesa nada este final, por lo que el compositor y sus libretistas deciden concluir la opera de otra forma. Efectivamente el episodio que sirvió de modelo es el de Francine. Después de varias modificaciones encontramos que las únicas escenas de la opera que corresponden a la Mimí de la novela son las del segundo acto, ya que las del primer acto y las del tercero son creaciones de los libretistas. Las del último acto sí corresponden a la historia de Francine.

La Bohème es una opera que musicalmente encaja perfectamente con los postulados que se propugnaban a finales del pasado siglo y a principio de este, el movimiento verista italiano. Hasta entonces no se había descrito nunca el destino de gente tan humilde con sonidos y colores tan tiernos y poéticos. Aunque, haciendo honor a la verdad, esto no es más que definir con otras palabras la quintaesencia musical de Puccini.  Puccini fue el primer compositor que plasmó de un modo tan realista la vida de las calles de París. La música de Puccini da vueltas alrededor del Café Momus como la cámara de un director de cine que enfoca alternativamente las situaciones, los rostros y los cuadros de la vida cotidiana.

 En La Bohème, Puccini asegura cada matiz musical y gana al dramaturgo. No es necesario recurrir al texto o a la escena para describir el ambiente, ya que éste vive en la partitura. Sin embargo, lo más sorprendente de La Bohème es la innovación que se introduce a la opera. Se trata del cambio, que consigue con infalible seguridad, entre canto suave y conversación, entre la música de cámara para las escenas íntimas y una potente intervención de toda la orquesta. Del mismo modo que la música, por su gracia y hermosura, acaricia el oído del publico, trata atrevidamente aquellas escenas que estimulan la acción acompañando el fluir de las palabras.

 El compositor prefiere un estilo lírico de conversación que, a partir del recitado en habitual estilo declamatorio, se convierte en un tono de charla elegante y musical que evoluciona del “parlando sonante” del idioma italiano. Esto es un paso decisivo de Manon Lescaut a La Bohème. Los dúos y arias de Verdi constituyen siempre acciones que adelantan los acontecimientos, con emoción contenida o latido dramático. Sin embargo, Puccini logra crear descansos, deteniéndose en sus explosiones líricas y expresivas, se las quiera considerar como arias o no. Confiesa el propio Pucicni: “Quiero que se cante, que se melodie cuando sea posible.” Las arias de Verdi están sometidas a una estructura fija, por tanto, solo estrictas indicaciones permiten garantizar esa fuerza arrebatadora. En cambio, la lírica pucciniana posee su propia imaginación a la hora de frasear, sus propios puntos esenciales, su propio empuje.

 A pesar de las continuas alteraciones armónicas y de los esporádicos encubrimientos impresionistas, la música está lejos de disiparse en penas psíquicas y físicas. Puccini prefiere la lírica sentimental que la carga ocasional de tensiones apasionadas. El compositor trabaja con temas, personales y ambientes. Estos temas no se parecen a los leitmotiv wagnerianos porque Puccini no los concentra en un tejido tupido, ni emplea esta técnica. Su leitmotiv forman parte de la realidad teatral, no indica nada, sino que recuerda el sentido de “soñar hacia atrás”.

El concepto fundamental del claro Do mayor para el primer acto y el Do menor, que se va extinguiendo en voz baja, del trágico final de la opera está bien pensado. Puccini tenía pasión por caracterizar a través de los modos. La música fluye en toda la opera porque Puccini emplea una armonía colorista y una orquestación sublime. El maestro no estaba interesado en un colorido convencional para la parte del canto, sino en un fundido total con la orquesta. De un modo extraño atrae las frases orquestales hacia las voces solistas, empapándolas y dejándolas transparentes. Solo pocas veces las melodías vocales y las orquestales son idénticas. Las voces y la música instrumental se deshacen y se integran con flexibilidad. Puccini deja fluir la palabra, le da un leve fondo de acordes, sin embargo, está dispuesto a acompañarla abundantemente, integrándola en su melodía. De este modo el compositor consigue dos cosas; para el texto, transparencia, para la voz; vida propia.

 Puccini opta por una instrumentación continua que se caracteriza por colores intensos y facetas impresionistas. Algunos instrumentos como el violonchelo, el arpa, y otros resaltan de vez en cuando. La dulzura de los instrumentos de arco para Mimí y Rodolfo, brillantes instrumentos de viento para Musetta, toda la orquesta para la escena de Momus, y al final suave penumbra y música de cámara para la muerte de Mimí. En resumen, la orquesta de La Bohème, refinada en el tratamiento de luces y sombras, se caracteriza por una maravillosa suavidad y una sutil transparencia.

Fundamentalmente caben dos posibilidades para apreciar en su justa medida el carácter de La Bohème. Una consiste en la pasión absoluta de Puccini por la lírica melancólica de la obra, y la otra tiende a lograr una trasparencia que es característica de esta obra.

Las líneas melódicas, ajenas a cualquier orden esquemático y a cualquier intención propia de un aria, fluyen intensamente. De los escarceos melódicos, breves y tomados a partir del lenguaje, y de las corcheas revoloteantes nace un dialogo encantador entre solista y orquesta. A partir de aquí, el maestro desarrolla un estilo sutil y elegante que es inherente a su obra. A este estilo pertenece el encanto armónico, y su tendencia a una expresiva explosión de sentimientos, algo que en términos musicales ya se define como “pucinniano”.

Como aperitivo queremos dejar simplemente a una de las parejas Mimi/Rodolfo mas irresistibles de la historia; hermanos de leche en su vida real compartieron Boheme en los mejores teatros del mundo y como decíamos al principio es casi imposible no emocionarse al verlos… Inmensos Freni y Pavarotti.

 

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Una respuesta a “LA ÓPERA ROMÁNTICA POR EXCELENCIA

  1. Quisiera agradecer al auditorio de Zaragoza la oportunidad que nos brindó a los zaragozanos de poder asistir a una maravillosa representación de La Bohéme.
    La puesta en escena, fresca, natural y convincente, con el merito ademas de no ser un teatro de opera.
    La orquesta impecable y los cantantes…que decir de esa Mimí, de Musetta, Rodolfo, Marcello…el coro Amici Musicae y en fin todos los componentes de la obra.
    Me emocionó hasta las lagrimas y quería compartir con todos esta bonita experiencia.
    Espero que esta no sea una excepción y que podamos disfrutar de más ópera y ¿por qué no?¡ Zarzuela!. Han demostrado que se puede hacer y de una forma excelente en el Auditorio y ademas a unos precios muy, muy asequibles.
    El ciclo de introducción a la música de los domingos es una joya en la escasa oferta cultural zaragozana e insisto, a precios que cualquiera puede permitirse.
    Gracias a Don Miguel Angel Tapia,que va a dejar pronto la gerencia del Auditorio por tantos y tan buenos programas.
    Espero que se siga con su linea.
    Un afectuoso saludo.

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