ESE LUJO LLAMADO CADAQUÉS

FICHA DEL CONCIERTO

Orquesta de Cadaqués. D. Hope, violín. J. Martín, director. Obras de F. Sor, M. Bruch y L.V. Beethoven. Domingo 12 de febrero.

No está de mas que en este blog contemos alguna vez algunas de las cosas “que no se ven” en un concierto, como por ejemplo como es la organización de una orquesta y el recibir la vista de una orquesta como la de Cadaqués nos parece una ocasión perfecta. La mayoría de las orquestas que conocemos (al menos en nuestro pais) son orquestas “estables”, es decir sus profesores tienen su plaza en la orquesta y cobran su sueldo independientemente de los conciertos que la orquesta realice (dicho así por simplificar), pero luego existe lo que se llaman “orquesta por encuentro”, es decir aquellas orquestas que puntualmente reunen a un grupo de músicos para tocar juntos en un determinado proyecto; es decir, ensayan durante una serie de días juntos, hacen conciertos o gira y después vuelven a otras tareas musicales hasta el próximo proyecto orquestal. Hay que decir que en los últimos años han surgido un buen número de estas orquestas de este tipo pero en España la gran orquesta de este tipo es la Orquesta de Cadaqués, y lo es ya desde 1988. Cadaqués nació del impulso de los mejores músicos españoles de su generación y desde entonces ha sido ese lugar de encuentro para que estos músicos, estén donde estén, se junten algunas veces al año a hacer música juntos manteniendo siempre la frescura de la primera vez pero creciendo como orquesta; así hoy en día Cadaqués es una de las orquestas españolas mas demandadas en el extranjero y a la que por suerte siempre hemos tenido mucho por Zaragoza, que es sin duda, su segunda casa.

REPERTORIO POR DESCUBRIR Y DISFRUTAR

Sin duda la música española de los siglos XVIII y XIX merece aun mucho estudio y sobre todo mas de una recuperación de su repertorio; Desde luego es un gran acierto que en este ciclo haya dos autores españoles del XIX con sendas obras que llegan por primera vez en la historia a Zaragoza, hablamos de Ferran Sor en este concierto y de Hilarión Eslava que llegará en el último domingo del ciclo. Hay por tanto que agradecer a la Orquesta de Cadaqués la recuperación de la música orquestal de Fernando Sor, una recuperación que además va mas allá de su grabación (que tiene casi ya una década) con el gran Sir Neville Marriner y, como vemos hoy, sigue muy presente en los programas de conciertos de esta orquesta casi como una seña de identidad de la misma.

La historia de Sor es la de muchos intelectuales y artistas de ese momento tan peculiar en la historia de España en que se tuvo que elegir entre la independencia ligada a los valores absolutistas del antiguo régimen o la complicidad con el invasor que parecía traer los valores de la ilustración y la apertura a nuevos tiempos. Sor, al igual por ejemplo que Goya, optó claramente por los valores de la ilustración y lo hizo a pesar de ser militar y de haber desarrollado su pasión por la música en buena medida en las seis cuerdas de la guitarra, instrumento popular que él llevo a las salas de concierto como nadie (de ahí su primer apodo, “el Beethoven de la guitarra”). Pero las obra de Sor que oiremos en este concierto nos acerca mas bien al otro apodo a ese “Rossini catalán” que tras comenzar su carrera componiendo con mucho éxito para los teatros de Barcelona compuso también con cierto éxito música para la escena entre París y Moscú.

En primer lugar oiremos la obertura de una ópera escrita por Sor con tan solo 19 años y que fue estrenada en el Teatro de la Santa Creu de Barcelona. La ópera que narra las visicitudes del hijo de Ulises obtuvo un importante éxito teniendo 15 representaciones aunque luego se olvidó y se la creyó perdida durante 200 años, volviendo a ser representada en 1997. La obertura nos muestra la frescura de un chico de 19 años pero también toda su sabiduría y su dominio musical, ya verán que música tan bonita.

Y más curiosa es aun la historia del segunda pieza de Sor que oiremos. Año 1813, en la España ocupada por Francia y con José Iº como rey, el mariscal Louis-Gabriel Suchet, gobernador bonapartista de Valencia, está satisfecho: ha pacificado el antiguo reino de Valencia, y su administración está dando frutos positivos. Además, el emperador de Francia lo ha hecho duque de Albufera y su mujer vuelve a estar en estado. Y justo en la capital del Turia hay un militar español y músico catalán, Fernando Sor, que, como ya hemos dicho, era un claro afrancesado y como tal ferviente partidario de la monarquía de José I y de las ideas francesas. Sor con motivo del aniversario de la duquesa Honorine compondrá una cantata de homenaje a la pareja y al heredero que debe perpetuar este flamante título nobiliario. Un año después, Suchet deberá batir en retirada hacia Cataluña con su ejército y, ya desde los Pirineos, se enterará de la abdicación de el emperador; aun así, él podrá rehacer su carrera militar. Fernando Sor marchará hacia un exilio que será definitivo para el rencor y mezquindad del deseado Fernando VII -besnét de Felipe V-, pero logrará por méritos propios un renombre internacional como guitarrista y compositor.

La cantata dedicada a la duquesa de Albufera fue recuperada e interpretada de nuevo hace tan solo 4 años, en 2013, gracias a la labor del musicologo Sergi Casademunt.

MAX BRUCH Y SU CONCIERTO.

Hay compositores que por suerte o por desgracia, según se mire, han pasado a la historia por una sola obra. Digo por suerte o por desgracia porque siempre está bien pasar a la historia y que una obra de un compositor se siga tocando pero por otro lado seguro que quien compuso una gran obra que se ha quedado en el repertorio seguro que compuso mas obras como mínimo interesantes. Y este es el caso muy claramente de Max Bruch y su famoso concierto para violín. En realidad, se trata del concierto número 1 de Max Bruch, porque, a diferencia de Mendelssohn, Tchaikowsky o Beethoven, o Bramhs (por citar quizás los 4 grandes conciertos del repertorio para violín dejando fuera a Mozart), que sólo compusieron un único concierto de violín en su vida, Max Bruch compuso tres conciertos para violín y orquesta, pero ninguno para piano y orquesta (aunque sí compuso un prácticamente desconocido concierto para dos pianos y orquesta). La razón es bastante clara y no es otra sino que Max Bruch tenía una sólida formación como violinista, cosa que no ocurría en los casos anteriores. En cualquier caso, de todas las obras que compuso, entre ellas tres sinfonías, cuatro óperas y varios conciertos para viola, clarinete, etc, además de los tres conciertos para violín, hoy en día en la práctica sólo se toca con asiduidad este Concierto para Violín y Orquesta número 1 en Sol menor, Op 26. Para muchos críticos, este concierto es el clímax de todos los conciertos románticos para violín y orquesta… toma muchas características de los que le precedieron, para conseguir un concierto auténticamente delicioso, y realmente muy interpretado, tanto como los de Beethoven, Tchaikowsky o Mendelssohn, si no más.

Max Bruch nació en la ciudad alemana de Colonia en 1838, hijo de una soprano y profesora de canto, que lo educó en un entorno musical desde muy pequeño; a los once años parece ser que ya componía sus pequeñas obritas. Con 16 años ganó una beca para estudiar en la Fundación Mozart de Francfort, y luego pasó a Leipzig, donde terminó su formación musical.

Una vez acabados sus estudios, se dedicó a dar clases, pero fundamentalmente a la dirección de orquesta, dirigiendo numerosos conciertos a lo largo de toda Alemania, Austria, Francia… hasta que se estableció en la ciudad renana de Koblenz, donde le nombraron director musical. En 1880 fue nombrado director titular de la Orquesta Filarmónica de Liverpool, cargo que ejerció tres años. Allí, y a pesar de no ser él mismo judío, escribió Variaciones sobre el Kol Nidre, basado en temas judíos y dedicado a la comunidad judía. En 1890 se mudó a Berlín, donde se casó y se quedó el resto de su vida, enseñando composición en la Escuela de Altos Estudios Musicales, hasta su retiro en 1910, cuando contaba con 72 años de edad. Falleció en su casa berlinesa en 1920, a los 82 años de edad. Bruch, fue fundamentalmente un reconocido director de orquesta, que además componía de vez en cuando, salvo al final de su vida. Sin embargo, como ya hemos apuntado, de todas sus composiciones, prácticamente sólo se interpreta hoy, y muy a menudo, su extraordinario Concierto para violín y orquesta número 1.

El concierto fue compuesto en 1866 (casi exactamente en el punto medio entre los conciertos de Mendelssohn y de Tchaikowsky) pero fue posteriormente revisado por el mejor violinista de la época, Joseph Joachim, quien estrenó esta versión revisada un par de años después, en 1868, en Bremen, bajo la dirección de Karl Martin Rheinthaler.

Hay una anécdota curiosa sobre este concierto, y que ilustra bien lo complicado que es esto de la música… Antes de su estreno, Bruch, ilusionado, mostró su concierto de violín a Johannes Brahms, por aquella época un auténtico monstruo viviente de la composición musical y un icono para los músicos. Y no sólo lo mostró, sino que lo interpretó con gran entusiasmo. El viejo Brahms, que no era precisamente conocido por su diplomacia, se levantó al terminar la interpretación y, tomando con dos dedos una hoja de la partitura, preguntó: “¿Dónde ha conseguido usted este papel pautado para música? ¡Es de primera calidad!”. Podemos decir que por mucho que se quejen los músicos de los críticos, los mas duros en la crítica musical siempre son los propios músicos. Curiosamente hoy es muy normal encontrar emparejado en grabaciones el concierto de Bruch bien con el de Brahms o bien con el de Mendelssohn.

El primer movimiento es inusual, ya que se trata de un Vorspiel, un preludio, que empieza lentamente con dos golpes pianissímo de timbal y el anuncio de la melodía por la flauta. Sigue a continuación un tema que se repetirá varias veces durante todo el concierto, en forma de diálogo entre el violín y la orquesta. Rápidamente se resuelve en el tema principal, donde se puede apreciar el virtuosismo del solista. Una serie de trinos (alternancia rápida de la nota base y la siguiente en la escala) conducen hacia el canto melancólico del violín en una especie de contradicción entre dramatismo y alegría. Las variaciones sobre el motivo dominante, bien con la orquesta, bien con el violín, o con los dos a la vez, conducen al clímax del movimiento, con una brillantez y esplendor brahmsiana. Aparece ahora la cadencia, finalizando en un pianíssimo que se encadena con el inicio del segundo movimiento.

El segundo movimiento, el lírico Adagio, es apreciado como uno de los mejores movimientos lentos de todos los conciertos escritos para violín. Considerado el corazón de la obra, se estructura sobre un tema muy simple pero efectivo por su cantabilidad melódica. Intimo y sensible, el mismo se verá repetido diversas veces, ornamentado de forma diferente durante todo el desarrollo, para permitir apreciar la profundidad de los sentimientos que se albergan en su música.

El Finale es un Allegro enérgico en el que Bruch utiliza temas extraídos del folklore popular con un estilo festivo y vivaz y aires de cierta grandeza. Aquí vuelve a deslumbrar el virtuosismo y brillantez de la parte solista, con un pletórico acompañamiento orquestal. El segundo tema es un buen ejemplo de romántico lirismo: una melodía lenta que corta el movimiento varias veces, antes de que retorne la danza con sus fuegos de artificio.

Bruch ofrece su mejor faceta como orquestador, desarrollando un movimiento desenfadado y alegre, con constantes cambios de tono de mayor a menor sobre la misma melodía. El concierto acaba con un Presto final fogoso y progresivo del solista y toda la orquesta.

Por cierto, no se puede dejar de comentar que oiremos el concierto en manos de un auténtico “primer espada” del violín a nivel mundial como es Daniel Hope; por si alguien quiere comprobarlo dejamos aqui el enlace a su versión de este mismo concierto con la Royal Stockholm Philharmonic Orchestra y Sakari Oramo, un anticipo de la gran mañana de domingo que nos espera

Y LA SÉPTIMA (por excelencia)

Si digo por excelencia es porque sin duda fue la primera gran Séptima Sinfonía y hoy quizás junto a la de Bruckner lo sigue siendo (sin menospreciar ninguna otra séptima). Si hoy el mundo venera a Beethoven bajo el paradigma romántico que inauguró, por su genio aparentemente ilimitado, por su fascinante poder de comunicación, por su deslumbrante solidez de conceptos, además de por erigirse como el prototipo del artista revolucionario, el respeto que debe guardársele es mayúsculo especialmente al enfrentarnos a esta sinfonía; tal es el torrente de felicidad y vitalidad rítmica que dan forma a esta Séptima sinfonía, que para muchos supone el punto de máximo equilibrio en las capacidades creadoras de Beethoven; El mito de esta sinfonía se cimenta además tras una quinta y sexta muy diferentes entre si pero cumbres ambas del género sinfónico. Por ello, infinidad de comentarios definitorios se han emitido al paso de los años y, aunque diversos, la mayoría confluye en enaltecer lo festivo y aguerrido de esta música, si repasamos todos estos comentarios y nombres sobre la sinfonía nos encontramos con lo siguiente: “Apoteosis de la danza” (Wagner), “Ronda de campesinos” (Berlioz), “Festival de caballeros” (Nohl), “Mascarada o diversión de una multitud embriagada de alegría y vino” (Oulibicheff), “Segunda Sinfonía pastoral” (Lenz), “Orgía báquica” (Bekker), “Boda o celebración festiva de un pueblo guerrero” (A.B. Marx), “…enérgico impulso dionisiaco, una divina embriaguez del espíritu” (Newman). Sin embargo, el regocijo provocado por la Séptima no fue generalizado; en este sentido el comentario de Carl María von Weber -antibeethoveniano a ultranza- está lleno de mezquindad: “Beethoven se encuentra ahora lo suficientemente maduro… como para ingresar al manicomio”. Y aunque dichas palabras rayan en la envidia tienen una parte de verdad (que Weber no lo tolerara como persona era otra cosa): la música de la Séptima sinfonía muestra a Beethoven en la cúspide de sus poderes creativos y con plena madurez conceptual de la paleta orquestal.

Ese período de madurez se registró entre 1811 y 1812, época igualmente emocionante en la vida del compositor y su entorno. Por aquellos tiempos Beethoven advirtió a la sociedad artística austriaca que abandonaría Viena pues ahí no recibía el apoyo necesario en su trabajo creador, lo que sorprendió a muy pocos pues el ilustre “sordo de Bonn” ya había lanzado esta amenaza por centésima ocasión. La única que se preocupó por este asunto fue la condesa Von Erdödy, quien gracias a sus buenos oficios obtuvo para Beethoven un apoyo económico de ensueño, proveniente de bolsillos notables como los de Kinsky, Lobkowitz y el archiduque Rodolfo. El músico desistió de emprender la retirada y por si fuera poco fue en esos días que Cupido llamó a su corazón -rubro que, dicho sea de paso, para las pulgas de Beethoven le importaba un cacahuate: aparecieron en escena la dulce Bettina Brentano y su hermana Antoine, aquella que el mismo músico definió como “la amada inmortal”. En esos tiempos también ocurrió la reunión de Beethoven con otro gigante de las artes, Johann Wolfgang von Goethe, ocurrida en los baños termales de Toeplitz. Al respecto Goethe dijo eufórico: “No he visto nunca a un artista más poderosamente concentrado, más enérgico, más interior. Comprendo muy bien que su actitud frente al mundo tenga que ser extraordinaria.”; mientras Beethoven únicamente señaló: “Goethe gusta demasiado del aire de las cortes, más de lo que conviene a un poeta.”

Beethoven comenzó a trabajar en su Séptima sinfonía desde 1807, para concluirla en esos citados años de plenitud artística; su estreno tuvo lugar en Viena el 8 de diciembre de 1813 con la dirección del propio autor. Y como era ya una costumbre en aquellos días, el concierto en el que se estrenó la Séptima estaba ofrendado a una causa noble y motivadora: recaudar fondos para los soldados austriacos y bávaros que habían resultado heridos en la batalla de Hanau defendiendo a su patria de las tropas napoleónicas. Además de la Sinfonía en cuestión se presentó ahí, por vez primera, otra obra de Beethoven de características curiosas e inmersas en un carácter totalmente bélico y patriota: La victoria de Wellington (o Sinfonía de batalla). Tal parece que esa noche, debido a que los ánimos estaban exaltados ante la inminente derrota de Napoleón y los sonidos victoriosos de esta última partitura, la Séptima de Beethoven fue recibida con algunas reservas por el público, aunque lo que más impactó a todos fue el genial Allegretto (segundo movimiento), tal y como lo reportó el Allgemeine Musikalische Zeitung, que además consideró a esta Sinfonía como la más accesible y brillante de todas las que había escrito Beethoven hasta la fecha.

Aunque el recibimiento de esta Sinfonía fue algo tibio, imagínese usted la importancia artística de ese concierto: Beethoven incluyó en su orquesta a algunos de sus amigos y colegas cercanos, como los señores Louis Spohr, Ignaz Moscheles, Giacomo Meyerbeer, Johann Nepomuk Hummel, Andreas Romberg, Domenico Dragonetti y el tan satanizado -en décadas recientes- Antonio Salieri. Toda una constelación de compositores e instrumentistas que en esos años daban sentido a la música europea, y a la escena vienesa en particular, en un ejército de generales comandado por Beethoven. La crónica que relató Spohr en su autobiografía es de gran impacto, pues afirmó que debido a la sordera de Beethoven, este hombre comenzó a angustiarse especialmente en los pasajes delicados pues no podía percibir ninguna vibración de la orquesta; sin embargo, al perder camino en ciertos pasajes, los músicos salvaron milagrosamente la interpretación gracias a Salieri, quien se encontraba tras bambalinas marcando el tempo correcto sin que Beethoven se diera cuenta.

Al mencionar anteriormente la sordera de Beethoven es motivo para maravillarnos el hecho de que su Séptima sinfonía posea una perfección tal venida de la cabeza de quien solamente era capaz de percibir zumbidos. Después de la Sinfonía pastoral, la empresa de Beethoven en esta partitura es, quizá, una de las más titánicas que llevó a cabo en su vida, como un verdadero acto de amor artístico y de valentía frente a su condición fisiológica. Y lo que escuchamos en esta música es precisamente eso: sonidos gallardos, inmaculados, vibrantes, seductores y hasta misteriosos. La alegría de vivir está fielmente representada en el Vivace del primer movimiento, con todo su poderío rítmico y melodías fragantes y plenas de frescura; mientras que en el Allegretto somos testigos de una de las secciones más visionarias en la música de Beethoven y probablemente de toda la literatura sinfónica en el siglo XIX, con su carácter fuerte, paso decidido y emocionante clímax. No en balde el compositor estadounidense Ned Rorem llegó a calificar este movimiento como “una nostalgia por el futuro”.

Para hablar del tercer movimiento es interesante revisar el comentario que, al referirse a esta sección, emitió Herr Professor Kleinburg: “…el tercer movimiento, con su exultante y triunfal aire popular y dancístico nacional, entre saltarello italiano y son mexicano (no se olvide que hay quien afirma que -en efecto- se trata de un aire popular mexicano (!!!!!) importado al imperio por von Humboldt y recogido por Beethoven)”.

Y del movimiento final, no existe mejor acercamiento a su intenso dinamismo y obvia emotividad que el de Gustav Mahler, quien después de dirigir la Séptima de Beethoven en 1899 declaró: “El último movimiento de la Sinfonía tuvo un efecto dionisíaco sobre el público. Todos salieron de la sala de conciertos como embriagados, y así debe ser.” Para cerrar el círculo sobre esta obra hermosa, mágica, electrizante entre otros adjetivos, habría que recordar por qué Wagner la denominó con toda precisión como lo citamos al principio de esta nota. Su comentario es de 1850, y en él señaló: “La Séptima sinfonía de Beethoven es la alegría, que con una omnipotencia orgiástica nos lleva a través de todos los espacios de la naturaleza, de todas las corrientes y los océanos de la vida, dando voces de alegría y consciencia, por donde caminamos al ritmo audaz de esta danza humana de las esferas. Esta Sinfonía es la apoteosis de la danza, la mejor realización de los movimientos corporales en forma ideal.”

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Una respuesta a “ESE LUJO LLAMADO CADAQUÉS

  1. Hola. Soy Claudia y tengo 10 años.Toco la viola y de mayor me gustaría tocar en el auditorio.
    Este concierto,al igual que todos,me ha gustado mucho.
    Aparte de esto, quería comentaros que no me gusta el trato del publico hacia los músicos:
    no hacen más que hacer fotos,hablar por el móvil,salir antes del bis del final del concierto,¡e incluso en masa antes de que los músicos se vayan!
    Me gustaría que no abrieran las puertas de la sala hasta que las luces se enciendan y que,por favor,a alguien que vean cercano a ustedes esta con el móvil encendido, que lo expulsen de la sala, porque eso es muy molesto para los músicos y para todas aquellas personas que piensen lo mismo que yo.
    Espero que cuando me toque a mi estar en esta sala,que el publico haya cambiado gracias a mi comentario.

    Un saludo,
    Claudia.

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