SOBRE NACIONALISMOS Y ROMANTICISMOS

FICHA DEL CONCIERTO

Orquesta Filarmónica Eslovaca. Dalivor Karvay, violín. Ratislav Stúr, director. Obras de Smetana, Dvorak y Brahms. Miércoles 27 de enero. XXII Temporada de Grandes Conciertos de Otoño del Auditorio.

Recuerdo la colección de vinilos que había en mi casa cuando era pequeño y se me mezclan los recuerdos con la colección de mi abuela, devota de Karajan. Entre un buen número de discos del famoso sello amarillo había muchos otros discos de un color entre marrón y dorado y entre ellos había algunos que estaban interpretados por la Filarmónica Eslovaca que por entonces era la orquesta hermana de la Filarmónica Checa y ambas eran auténticas embajadoras de ese país que era Checoslovaquia. Hoy en día son dos países pero a juzgar por el programa no hay mala relación con los vecinos y antiguos compatriotas ya que el programa que nos presenta la veterana orquesta hermana en la primera parte a los dos grandes de la música nacionalista checa.

MAS ALLÁ DEL MOLDAVA

Bedrich Smetananació en la localidad de Litomysl, actual República Checa en 1824. Aunque históricamente los territorios que conforman Bohemia han dado grandes nombres a la música, entre otras cosas, por su propia ubicación geográfica en pleno “cogollo” de centro Europa. Smetana fue quizás el primero que  quiso y supo expresar en sus obras el espíritu, la esencia y los anhelos de su patria. En este sentido, debe ser considerado como al padre de la escuela musical nacionalista checa, cuya impronta sería decisiva en los autores que lo siguieron, entre ellos Dvorak y Janacek.

Smetana era hijo de un cervecero amante de la música (una buena ración de tópicos sobre la zona para empezar) y sus aptitudes musicales se manifestaron a tan temprana edad de modo  que a los seis años hizo su primera aparición en público como pianista y a los ocho escribió sus primeras piezas. Deseoso de triunfar como concertista, en 1843 el músico se trasladó a Praga con el fin de mejorar su técnica. Eran años de tensión política entre el emergente nacionalismo checo y el centralismo de las autoridades austríacas, y Smetana participó en el movimiento de concienciación patriótica con varias marchas revolucionarias y un exaltado Canto a la libertad. Tras un paréntesis de cinco años en Göteborg como director de la Sociedad Filarmónica (1856-1861), colaboró en la fundación de numerosos organismos musicales checos, entre ellos el Teatro Nacional de Praga. En 1866 estrenó en él sus dos primeras óperas, Los brandemburgueses en Bohemia y su obra maestra, La novia vendida, primer ejemplo acabado de ópera nacional checa. (siempre que hablo de esta obra, no puedo evitar referirme a la delicadísima versión grabada por nuestra Pilar Lorengar junto al inmenso Fritz Wunderlich)

Con esta ópera y las que le siguieron -Dalibor (1867) y Libuse (1872), entre otras-, Smetana no sólo se convirtió en el fundador y líder de la escuela nacionalista bohemia, sino que consiguió el anhelado cargo de director del Teatro Nacional, en el que permaneció hasta que en 1874 una sordera provocada por la sífilis le obligó a presentar la dimisión.

Pese a las dificultades, entre 1874 y 1879 vieron la luz los seis poemas sinfónicos que integran su obra maestra orquestal, el ciclo Mi patria. De esta época data también una de sus partituras más sentidas y originales, el Cuarteto de cuerda núm. 1, «De mi vida» (1876). Perdida la razón a consecuencia de la enfermedad, Smetana pasó los últimos años de su existencia recluido en un hospital psiquiátrico de Praga.

El nombre “Mi Patria” para agrupar los seis poemas sinfónicos viene del propio Smetana pero las concibe como seis piezas diferentes que si bien son totalmente nacionalistas formalmente se insertan a la perfección en la línea abierta por Franz Liszt. Las seis obras tienen una inspiración directa en algún aspecto de la geografía checa y justo la que escucharemos en este concierto,la cuarta, tiene una inspiración mas difusa en “los bosques y prados de Bohemia”. Al final se trata de una pieza con la frescura de la inspiración melódica de Smetana y esa orquestación tan brillante que también lo caracteriza. Por cierto, a pesar de que el primer poema El Moldava, es de una belleza a la que es imposible rendirse, se agradece que el poema interpretado sea este mucho menos habitual en los programas de concierto.

DVORAK Y EL VIOLÍN

Y del maestro pasamos a su brillantísimo continuador; hablamos de Antonin Dvorak del que escucharemos una pieza que se interpreta relativamente poco. Sin duda y dejando al margen las sinfonías, la piza concertante mas interpretada del famoso bohemio es su concierto para chelo, absoluto caballo de batalla de todos los virtuosos de este instrumento. Sin embargo Dvorak compuso también un concierto de violín completamente romántico y que extraña que se toque menos que otros como el de Bruch porque es una pieza no solo bella sino también de gran lucimiento para los grandes del violín.

La obra, el concierto en cuestión surgió de un encargo que le llego a Dvorak en enero de 1879 cuando el conocido editor musical Fritz Simrock escribió a Dvorak una carta en tono amigable diciéndole:” ¿Usted me escribiría un concierto para violín? Francamente original, rico en cantinelas y para ser interpretado por buenos violinistas … hágame saber su respuesta, se lo ruego!” Dvorak aceptó de muy buen grado la petición, pues había estudiado aquel instrumento y tocado el violín profesionalmente como un medio más de subsistencia. Durante el verano comenzó a trabajar en la obra y en diciembre ya estaba terminada. Gran admirador de Joseph Joachim a quien había conocido el año anterior, Dvorak le dedicó su concierto, enviándole una copia para conocer su opinión.

Joachim, violinista famoso, director de orquesta, compositor y profesor,  era una figura muy importante en el mundo de la música del siglo XIX, habiendo asesorado también a Johannes Brahms y Max Bruch en la composición de sus conciertos para violín. Su respuesta fue que estaba satisfecho con las muchas auténticas bellezas de su trabajo, y sería un placer para él llevarlo a cabo. Sin embargo, más adelante comenzó a poner objeciones y a sugerir cambios importantes en la estructura musical y la orquestación, quejándose de que algunos pasajes eran “demasiado difíciles de tocar”, “la orquesta… suena demasiado fuerte… “

Para medir la importancia que Dvorak concedía a la opinión del violinista baste observar las numerosas rectificaciones que hace bajo su consejo. En 1880 Dvorak escribe a Simrock: “A su demanda (de Joachim) yo he rehecho todo el concierto, sin dejar detalle, la obra entera está tomando un nuevo aspecto. A usted sin duda le complacerá, para mí ha sido un trabajo penoso”. Aún así, Joachim no estaba satisfecho. Al parecer le disgustaban detalles poco tradicionales e importantes como el inicio del primer movimiento, la falta de la “cadencia” y el paso directo al segundo y la excesiva repetición temática en el tercero. Pero Dvorak tenía sus propias ideas sobre su concierto, de modo que trancurrieron más de tres años sin que ambos se pusieran de acuerdo, sino más bien lo contrario. Con motivo de un espectáculo musical, Joachim invitó a Dvorak a visitar Berlín y allí se encontraron a un representante de la editorial Simrock que también se creyó con derecho a hacer sus propias críticas al concierto, con lo cual la paciencia del compositor se agotó, exigiendo su publicación tal como estaba.

El Concierto en La menor,op.53 para violín y orquesta de Dvorak, fue estrenado el 14 de octubre de 1883 en el Teatro Nacional de Praga, interpretado por el joven violinista Frantisek Ondricek y el compositor dirigiendo. El mismo solista también lo estrenó el 12 de diciembre en Viena y más tarde Londres.

El concierto para violín de Dvorak fue desde su estreno uno de los más famosos e interpretados a finales del siglo XIX, juntamente con el de Max Bruch, superando incluso al de Johannes Brahms, por supuesto superior a ellos, pero más difícil de tocar y asimilar por el público. Hoy en día sigue siendo una obra importante en el repertorio de violín aunque como hemos dicho se toca mucho menos que el concierto para violonchelo del compositor. La estructura del concierto es la clásica de tres movimientos rápido-lento-rápido. El segundo movimiento es el más famoso por su precioso lirismo.

Joachim nunca llegó a tocar el concierto para violín de Dvorak, ni tampoco hizo comentarios públicos acerca del mismo.

El primer movimiento se distingue en diversos aspectos de la forma sonata habitualmente empleada en los primeros movimientos de los conciertos. Mientras que la exposicion de los temas es tradicionalmente confiado a la orquesta y el solista no hace su entrada hasta más tarde, aquí los dos se encargan de exponer de inmediato el material temático. El movimiento está dominado por un tema principal bipartito de carácter apasionado expuesto por el tutti orquestal primero y luego continuado por el violín solista. El desarrollo tradicional es reemplazado por una alternancia de pasajes, con una estructura que se parece más al rondó, sin la tradicional “cadenza” y una reexposición apenas sugerida que conduce directamente al segundo movimiento.

El movimiento lento muestra una inspiración melódica muy bella. El primer tema tiene el carácter de un solemne coral, mientras el segundo es más lírico, resultando el desarrollo con la combinación de ambos de una serena y exquisita belleza. En este movimiento, el tema principal en registro grave confiado al violín, puede ser una manera de repuesta a la demanda de Simrock, que prefería los temas especialmente “cantabile”.

El elemento “nacional” tan caracteristico de la música de Dvorak se muestra particularmente en evidencia en el el movimiento final, donde el compositor recurre a dos formas típicas del foklore checo: la furiant una danza tradicional y la doumka, un canto tradicional.

UNA CUMBRE SINFÓNICA

No creo que nadie pueda rebatir que el ciclo sinfónico de Brahms y en concreto esta cuarta sinfonía sean una cumbre absoluta de la sinfonía romántica. Brahms heredó muchas cosas de Beethoven y desde luego todo su trabajo sinfónico esta basado en un gran respeto al legado recibido. Brahms se tomó en serio,muy en serio, casi hasta la obsesión la composición de sus sinfonías y así su ciclo es de solo cuatro sinfonías pero las cuatro son absolutamente obras maestras que tienen lugar preminente en el repertorio. De ellas la cuarta ocupa un lugar especial y de ella siempre se han destacado dos aspectos que son ciertos y que aunque puedan parecer contradictorios no lo son.  Se ha dicho de ella que tiene un carácter otoñalde obra de madurez que de alguna manera cierra el ciclo y que además utiliza algún tema relacionado con la muerte en el primer movimiento. Por otro lado se ha dicho de ella que es la obra que más tiene de homenaje a la música anterior y también es cierto sin que ello le reste un ápice de maestría más bien al contrario, la convierte en una auténtica cumbre que sabe hacer un gran constructo romántico que a su vez homenajea a parte de la gran música escrita anteriormente. Brahms necesitó  veinte  años para terminar su primera sinfonía. En ese momento tiene ya 43 años. Para sus tres sinfonías siguientes  (sin llegar al exceso de la primera) necesita también mucho tiempo, un total de ocho años. Brahms escribe su cuarta sinfonía entre 1884 y 1885 y con ella alcanza el momento cumbre de su actividad creativa. Tras la muerte de Richard Wagner, empieza a estar considerado como el compositor más relevante del momento. La Sinfonía revela una gran musicalidad y belleza sonora. Con ella, Brahms enriquece la expresión musical. Su Sinfonía n° 4 es su última gran obra. En los 12 años que vive tras escribirla, no compone ninguna otra obra de una importancia similar.

En carta escrita a su amiga Elizabeth von Herzogenberg, Brahms anunciaba el inicio en el trabajo de su cuarta sinfonía en estos términos: “¿Puedo atreverme a enviarle un fragmento de mí mismo? Como las cerezas tardan en madurar por estos lares, no le importe decirme si no le gusta su sabor. No estoy tan impaciente como para escribir una pésima número 4″.

El primer movimiento comienza  con un tema introducido por los violines, que Brahms desarrolla con gran complejidad contrapuntística, alternándolo con otro secundario, más ligero, que contrasta con la densidad del primero. El fabuloso tratamiento de las terceras descendentes y las sextas ascendentes que conforman el núcleo del tema inicial se proyecta a lo largo de los cuatro movimientos que la conforman.

Para comenzar el segundo movimiento Brahms utiliza un solo de trompa, que es inmediatamente repetido por la madera. El segundo tema, de carácter totalmente diferente al presentado por la trompa, es una bellísima melodía expuesta por los violonchelos. Elizabeth von Herzogenberg la describió perfectamente cuando en octubre de 1885 escribió a Brahms diciéndole: “¡Cómo debe gozar cada violonchelista con esta maravillosa canción, suave retazo del aliento estival!… Éstas deben de ser, presumo yo, las cerezas que no querían madurar en Mürzzuschlag…”.

 Las características rítmicas y el marcado carácter alegre del jubiloso tercer movimiento podrían llamarnos a pensar en  un  scherzo bastante clásico. Lo es, a pesar de la utilización de un compás de 2/4 y de que su estructura está indudablemente más cerca de la forma sonata que del scherzo propiamente dicho. Paradójicamente, este movimiento fue escrito después del allegro que cierra la Sinfonía número 4. Es el único scherzo que existe en las cuatro sinfonías de Brahms. En él, incorpora Brahms a la plantilla orquestal un triángulo, un flautín y un contrafagot.

 El último movimiento se inicia con la presentación del tema festivo que dará pie a toda una serie de prodigiosas variaciones. El tema que servirá de soporte a estos formidables diez últimos minutos de la sinfonía lo toma Brahms prestado de la chacona final de la Cantata BWV 150, Nach dir, Herr, tradicionalmente atribuida a Bach y cuya autoría es actualmente cuestionada. Treinta variaciones (sin considerar la coda final) de ocho compases cada una, agrupadas en tres secciones claramente diferenciadas entre sí, en las que Brahms rinde culto y homenaje al barroco.

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