EN EL NÚCLEO DE EUROPA

FICHA DEL CONCIERTO

Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Aragón. Pablo Suarez, violín. Juan Luis Martínez, director. Obras de Mozart, Bruch y Brahms. Lunes 16 de noviembre.

EN EL NUCLEO DE EUROPA

Si en el concierto anterior de este ciclo tuvimos una tarde dedicada por completo a la mus¡ca francesa y hablábamos de como había ejercido de nucleo musical con características propias desde el barroco al siglo XX  en este nos encontramos con un concierto completo referido al centro geográfico y estético de la música europa, ese centro al cual todo se compara; ese referente central sin duda es la música del entorno alemán de los siglos XVIII y XIX. Si en arquitectura convenimos que sirve de canon la arquitectura grecolatino, en música académica ese punto central lo ocuparía la música nacida en este entorno y en esos cánones. Como al hacer cualquier análisis general en historia del arte sabemos que es simplificador pero luego la práctica nos enseña que no es del todo erróneo, prueba de ello el programa que tenemos en este concierto que no se centra en este citado canon y al que siguiendo la comparación con la arquitectura me atrevería a calificar de “dórico”.

Nos encontramos ante un programa que para empezar destaca por equilibrado pero que para seguir nos muestras dos obras de gran interés que siendo de compositores habituales no son sin embargo nada interpretadas con lo que el atractivo del programa que nos presenta Martínez con la Sinfónica del CSMA es mayor aun si cabe

LA ÚLTIMA ÓPERA DE MOZART

No deja de ser curioso que la penúltima ópera de Mozart, tras haber puesto del revés el género tenga algo de vuelta arcaizante por la utilización de un texto base de Pietro Metastasio con todo lo que eso significa en el desarrollo drámatico de la acción. La Clemenza fue escrita con motivo del la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia y allí se estrenó el 6 de septiembre de 1791. El libreto es de  Caterino Tommaso Mazzolà, que se basó en Pietro Metastasio. Como sucede muchas veces en la vida de Mozart, esta ópera fue compuesta en menos de tres semanas.

La ópera contiene numerosas arias,duos y números de grupo de gran belleza, pero en el momento de su estreno a la emperatriz María Luisa le pareció una “porquería alemana”, opinión que no influyó demasiado en los gustos del público de entonces ya que fue muy popular, en Alemania sobretodo, hasta 1810 aproximadamente, cayendo posteriormente en un relativo olvido,  se recuperó a mediados del siglo XX siendo hoy considerada una de las obras maestras de Mozart.

Creo que en días como estos quizás tiene mas interés conocer el contenido filosófico de esta ópera que hacer un análisis formal de la misma: el ejercicio del poder no es incompatible con la Clemencia. Los valores de la ilustración –fraternidad, igualdad y libertad, afirmado en las obras de Kant, Voltaire…– se engarzan en la ópera para “gusto y placer” del nuevo monarca de Bohemia. La culminación trágica de Tosca, Don Carlo, Werther… no es imprescindible para dar fuerza argumental a la obra, para desdramatizarla, para darle un sentido más humano, menos fatal. “Haz saber a todos que prefiero/ la verdad que hiere a la mentira que halaga; “Yo mido/ su corazón por el mío/ y me parece imposible/ que pueda haberme traicionado/”. Que suene hoy una obertura hija de la ilustración nos aleja algo de la barbarie que estos días se vive en muchos lugares del mundo pero que nos ha dolido especialmente a los europeos cuando nos ha golpeado en la capital de nuestra ilustración.

LA INJUSTICIA DE UNA SOLA OBRA MAESTRA

Hay algunos compositores que tienen la fortuna o la desgracia de pasar a la historia de la música por una sola obra que por lo que sea triunfa y que en ese triunfo a veces acarrea el peso de que queden en el olvido otras obras quizás igual de interesantes. Muchos de los melómanos conocemos a Max Bruch como el compositor del concierto para violín que siempre acompañaba al de Mendelsssohn en las grabaciones. Parece que era el complemento perfecto para este concierto  y sin embargo en este concierto tendremos la prueba de que Bruch es un compositor muy interesante y que los aciertos de su concierto de violín no son una casualidad.

El caso de Bruch es paradigmático, aunque cultivó todos los géneros, su fama descansa hoy sobre una única obra: el romántico y mendelssohniano Concierto para violín y orquesta núm. 1, página preferida de todos los intérpretes de este instrumento. Compuesto en 1867, su autor intentó infructuosamente repetir el éxito de esta partitura durante todo el resto de su carrera. Sin llegar a su altura, disfruta de cierta celebridad otra obra violinística concertante: la Fantasía escocesa. Bruch estudió en su Colonia natal con Hiller y Reinecke, entre 1857 y 1858, y después, con Hauptmann y Rietz. Entre 1862 y 1880 fue director de orquesta y de coros en Mannheim, Coblenza, Sonderschausen, Berlín y Breslau. Durante los siguientes tres años dirigió la Philharmonic Society de Liverpool y, en 1891, se hizo cargo de la dirección de la Meisterschule de la Akad. der Künste de Berlín.

En sus primeros años ya se mostró poco amigo de las formas modernas y partidario de Brahms. En esta línea se sitúan obras como Scherz (ópera en forma de singspiel), Lind und Rache (1858), Trío con piano en do menor (1858) y Concierto de violín en sol menor (1868). Además, compuso tres óperas, tres sinfonías, numerosos coros (sobre textos de Homero y Schiller), piezas para piano y música de cámara. Las obras de su madurez son de escaso interés, destacando tan sólo Kol nidrei (1881), sobre melodías hebreas para violonchelo y orquesta, y Concierto para violín en re menor (1878).

El concierto que oiremos hoy es el concierto para violín n.º 2 en re menor, op. 44, que fue compuesto  òr Bruch en 18781 y dedicado al gran violinista español, Pablo de Sarasate. Fue estrenado por Sarasate en Londres en noviembre de 1878, bajo la dirección de Bruch. Esta dedicatoria y el conocimiento del primer concierto son unos buenos principios para enfrentarnos a este concierto y descubrir en él lo que se descubre en una buena versión como la que seguro que nos brinda el estupendo profesor de nuestro conservatorio Pablo Suarez. Nos encontramos con una obra que precisa de una gran virtuoso y que explota todos los recursos expresivos del violín, pero no hablamos de un virtuosismo vacio sino de una obra de madurez de un músico romántico que domina el lenguaje de su tiempo a la perfección

¿LA SINFONÍA “CERO”?

Johannes Brahms nació en Hamburgo el 7 de mayo de 1833, y murió en Viena el 3 de abril de 1897. Compuso la Serenata Nº 1 en 1857 y 1858 por un conjunto de flauta, dos clarinetes, fagot, trompa, y  cuarteto de cuerdas, esta primera versión ya no se conserva. En septiembre de 1858, Brahms tocó la pieza en el piano de su amigo el director Joseph Joachim, quien le aconsejó que la orquestara que para gran orquesta, lo que Brahms hizo en el curso del año siguiente. Joachim interpretó la versión original en Hamburgo el 28 de marzo de 1859, y él también estuvo en el podio de la primera actuación de la versión final, que tuvo lugar en Hannover el 03 de marzo de 1860. La partitura está escrita para dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, cuatro trompas, dos trompetas, timbales y cuerdas.

Brahms compuso la Serenata Nº 2 en 1858-59; Clara Schumann vio el primer movimiento en diciembre de 1858 y recibió la partitura completa el 9 de noviembre de 1859. Después de un ensayo de lectura con la orquesta de Joseph Joachim en Hanover, en enero de 1860, Brahms llevó a cabo la primera actuación el 10 de febrero de ese año en un concierto de la Sociedad Filarmónica de Hamburgo.

Él hizo algunas revisiones que el verano, y algunas revisiones más adelante en 1875. La partitura  es en este caso dos flautas y piccolo, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, dos trompas, violas, violonchelos, contrabajos y. En una carta al director de orquesta Bernhard Scholz, Brahms sugirió que “ocho o más violas,  seis violonchelos y cuatro contrabajos o algo en esa línea me parece lo correcto.

 “Si Brahms hubiera llamado a su encantadora Serenata en Re mayor  sinfonía, y estuvo a punto de hacerlo,  estaríamos oyendo esta obra todo el tiempo. Cuando el amigo de Brahms,  el citado violinista y director de orquesta Joseph Joachim  recibió la versión de orquesta, comenzó refiriéndose a la obra como un “Symphony Serenade”, y por un tiempo Brahms adoptó este término también, aunque al final se conformó con “Serenata en Re” para gran orquesta.

No es una sinfonía y no se escucha como tal, al menos no a la luz de lo que fue su obra sinfónica posterior. Brahms escribió esta serenata, esto casi Sinfonía-Serenata, bajo el hechizo de serenatas y divertimentos de Mozart, los septetos de Beethoven y Hummel, el Octeto Schubert, y el Octeto y Noneto de Louis Spohr.

Después de una visita de “inspección en la primavera de 1857, él trabajaba en Detmold,  que incluso hoy en día es una ciudad de sólo unos 30.000 habitantes, situada a unos cuarenta y cinco millas al suroeste de Hanover.

En los días de Brahms, Detmold, fue la capital de Lippe, un pequeño principado con una rica vida cultural. El Príncipe Leopoldo III mantuvo allí una pequeña pero excelente orquesta cuyo director y concertino gozaba de un visión progresista para el momento que dio cabida a las nuevas obras de Berlioz y Wagner.

Cuando Clara Schumann se trasladó de Düsseldorf a Berlín, recomienda a Brahms que tenía veinticuatro años como profesor de piano con de hermana del príncipe Leopold y otras damas de la corte.

También  en Detmold se esperaba de  Brahms que dirigiera un coro compuesto por damas de la corte y algunas mujeres cuidadosamente seleccionadas de la ciudad, y para organizar conciertos de música de cámara en la que iba a participar como pianista. A Brahms le fue bien allí, a todo el mundo le gustaba, sus estudiantes de piano, su coro cariñoso, y los miembros de la orquesta, y el príncipe se mostraron satisfechos con su trabajo. Para el propio Brahms, Detmold proporciona un ambiente agradable en el que para componer, para ampliar su conocimiento del repertorio, y para ganar experiencia como director. También le ofreció una oportunidad para la reflexión, algo que necesitaba después de la trágica muerte de Robert Schumann en 1856 y también sobre las consecuencias de una historia de amor con Agathe von Siebold, una joven cantante que había conocido en Göttingen. La muerte de Schumann, aparte de la angustia que ya per se le aportaba a Brahms por su cuenta, puso su situación con su amada Clara en una nueva situación alarmante; dicen los expertos que el miedo al compromiso le rondaba en la cabeza a nuestro compostitor. La tan poderosa voz de Robert Schumann está de una manera indirecta de parte el fondo de esta serenata.

 La ambición y el talento, y su primer encuentro con la Novena de Beethoven, llevaron  Brahms a intentar una sinfonía, un proyecto que lo llevó al borde de la desesperación y que se plasmó en 1857, no como una sinfonía, sino como el Concierto para piano No. 1. Diecinueve años pasarían antes de que finalmente se auto diera el permiso para que el mundo escuchara su Primera Sinfonía. Composiciones como las dos  serenatas de Brahms  compuestas en Detmold, algunas piezas preciosas para coro de sus mujeres, y algunos lieder eran proyectos en los que  invierte su tiempo para estirar y ejercer su oficio, y provocar una retirada temporal de la carga Schumann había puesto sobre él con sus elogios; Brahms se aventura a disfrutar más que a sudar. Tras verse complacido por lsa versión de noneto, la  orquestación de Brahms de esta obra está cerca de lo que encontramos en el último Haydn y en Beethoven. La única peculiaridad es el cuarteto completo de trompas, algo que se encuentra de vez en cuando a principios de Haydn y Mozart, pero luego no se ve otra vez hasta la Novena de Beethoven. En cuanto a diseño general, Brahms debe haber tenido algunas de las serenatas de Mozart en mente. El resultado en todo caso es una obra que si que tiene claras reminiscencias de muchas músicas anteriores pero de una frescura y un desarrollo temático espectacular. El Brahms rico en temas como pocos y que además sabe desarrollarlos a la perfección está ya completamente presente en esta serenata.

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