COMIENZO EN ALTO

FICHA DEL CONCIERTO

London Philarmonic Orchestra. Leonidas Kavakos, violín. Vladimir Jurowski, director. Obras de Knussen, Sibelius y Tchaikovski. Concierto de inauguración de la XXI Temporada de Grandes Concierto de Otoño. jueves 8 de octubre 2015

 

Comienza una nueva temporada de conciertos de otoño que supera la redonda cifra (XX) del pasado año y que mantiene una línea de continuidad con las programaciones de años pasados pero con ciertos aires renovados que buscan ir ampliando aunque sea pasito a pasito el repertorio, en esa línea no podemos dejar de destacar ahora mismo el estreno en nuestra capital de Kullervo de Sibelius una obra de gran importancia de la música nordica del pasado siglo que llegará por primera vez en la historia a Zaragoza. Se agradece así mismo que vuelva un Mesias con criterios historicistas (hoy imprescindibles en ese repertorio) y la obra que abre la temporada no deja de ser una modesta declaración de intenciones al tratarse de una obra de un compositor vivo de los mas interpretados en los grandes escenarios del mundo.

EL MUNDO DE KNUSSEN Y SCRIABIN

Que una de las grandes orquestas europeas comience un programa de gira con una obra como ‘Scriabin Settings’ es muestra de que paso a paso es necesario ampliar el repertorio, acercándonos a la composición actual y de las últimas décadas y que las vías para hacerlo no han de ser siempre marcadamente rupturistas con el lenguaje tonal sino que hay caminos interesantes en la música actual que aparte de aportar novedad no suponen un “excesivo riesgo” a la hora de ser programadas en grandes conciertos.

Abriremos pues temporada con una obra compuesta hace menos de 25 años, en concreto en 1993, escrita para un ensemble de cámara  y con una duración inferior a los 10 minutos, lo que la convierte en pintiparada para ocupar el papel de “obertura” en un concierto por lo demás de estructura muy clásica como el que nos presentan los londinenses.

Oliver Knussen se situa sin problemas como continuador de la escuela británica del siglo pasado cuyo máximo referente es sin duda Benjamin Britten, una tradición respetuosa con el pasado musical pero que no renuncia en absoluto a nuevos caminos creativos, o mejor dicho, a seguir profundizando en los caminos creativos que se han desarrollado en el archipiélago británico en los últimos siglos.

Lo primero que podemos destacar aquí de Knussen es que es hijo de la orquesta que tocará hoy su obra, pues su padre fue primer contrabajo de la misma lo que le propició un entorno musical mas que adecuado desde muy joven que incluyó el aliento directo del propio Britten. Knussen gracias a un concurso consiguió que esta orquesta estrenara su primera sinfonía compuesta con tan solo 15 años, sinfonía que finalmente dirigió él mismo la tarde del estreno dada la enfermedad del mismísimo  István Kertész.

A partir de ahí Knussen ha desarrollado una amplia carrera que sigue perfectamente la de sus compositores modelos, con una parte importante de su tiempo dedicada también a la dirección y con una atención especial a la música vocal que enlaza con esa misma tradición y que le hizo componer dos óperas dirigidas al público infantil.

Curiosamente la obra que oiremos en este concierto parece alejarse de esas fuertes raíces británicas y nos propone un homenaje declarado a uno de los compositores más apasionantes del postromanticismo, Aleksandr Scriabin. Scriabin encontró su propio camino de superación de los lenguajes decimonónicos sin caer en una ruptura total con la música tonal; justo este es el carácter que tiene la obra que oiremos que plantea ese mismo juego dentro de una escritura orquestal delicada que busca el sonido camerístico deliberadamente.

GRANDE DEL REPERTORIO

Tan solo siete años separan las fechas de nacimiento de Scriabin y Sibelius, que sin duda como ya hemos dicho es uno de los grandes protagonistas de el ciclo que abre este concierto y eso sin duda tiene que ver con el 150 aniversario de este gran compositor finés… pero queremos pensar que la presencia de Sibelius en este ciclo va un poco mas allá y supone por fin la total incorporación de este compositor entre los grandes del repertorio, para eso debería servir este aniversario y en esa línea está muy bien combinar la presencia de los grandes ‘hits’ de este compositor como el concierto que oiremos, su segunda sinfonía o su Finlandia con obras menos oídas como Kullervo o el resto de su ciclo sinfónico.

Es curioso que este concierto para violín sea la única obra concertante del finés que no tenía reparo en usar las formas clásicas y hay que destacar como esta obra supone a la vez culmen y punto de inflexión en la carrera del genio nórdico.

El  estreno del concierto tuvo lugar el 8 de febrero de 1904  y fue accidentado y caótico. La partitura estaba dedicada al prestigioso violinista Willy Burmester e iba a estrenarse en Berlín, pero los problemas económicos obligaron a Sibelius a estrenarlo en Helsinki con Victor Novacek, entonces titular de la cátedra de violín del conservatorio de la ciudad. Aquella noche fue un desastre. Sibelius, cambiante, proclive a la depresión, emocional y dolido, decidió confinar aquellos legajos en las estanterías de la biblioteca de la Universidad de Helsinki. Por expresas órdenes suyas, aquella partitura debía permanecer custodiada por la institución con la premisa de que no fuera interpretada nunca más. Hasta que los herederos no dieron su permiso en 1991 para que fuera desempolvada y grabada por Leonidas Kavakos, justo el intérprete que nos lo hará oir de nuevo en este concierto,  el deseo de Sibelius se cumplió a rajatabla.

Tras el estreno en Helsinki, Sibelius trabajó de nuevo en el concierto y lo reformó. Había que estrenar esta nueva versión en Berlín: segundo intento. Pero de nuevo Burmester aludió a problemas de agenda y dijo que no podría. Sibelius y Berlín no podían esperar más, y menos cuando el director de la Filarmónica era nada menos que Richard Strauss. Aquella noche de 1905 fue el solista de la orquesta el que lo tocó, y Burmester, herido su orgullo de divo, juró no interpretar en su vida las páginas del finlandés. La dedicatoria fue cambiada y la obra dirigida a un niño prodigio húngaro llamado Ferenc von Vecsey, que no estaba a la altura técnica del concierto y pasó por encima de las melodías sin pena ni gloria. Quizá Sibelius no se daba cuenta aún, pero estaba comenzando su proceso de autodestrucción, que terminaría confinándolo en los primeros años del siglo XX en una casa aislada en los bosques de Finlandia. Ainola iba a ser su cárcel voluntaria y el alcohol y la soledad, los demonios que lo llevarían a la desesperación.

A pesar de que Sibelius estaba superando con este concierto su etapa nacionalista y se sumergía ya en un estilo especial que sería imposible encasillarlo en alguna de las tendencias de su época, en el concierto podemos encontrar aún restos de ese folclore no robado, sino inventado, que impregna de cierto carácter místico y festivo la pieza.

El primer movimiento recurre a una forma sonata que no lo es. El tema inicial tiene un desarrollo orgánico. Como la naturaleza de la que siempre quiso rodearse Sibelius, crece con naturalidad, transformándose, adaptándose… Ese tema que aborda el solista va pasándose de un instrumento a otro, como un mensaje ideal que merece ser recuperado siempre, una frase maestra. El tema se convierte en octavas paralelas, pasa del viento a la cuerda y regresa al solista con una emotividad demoledora. El desarrollo de la cadencia en la que el violín se deshace en florituras es un minucioso y endiablado pasaje en el que el violín aborda notas dobles y triples, acordes de cinco notas que superan las tres octavas y que parecen poner a prueba al violinista más virtuoso. Las partes para la cuerda son fogosas y dan paso a un pasaje en el viento que parece descolocar al oyente, del fuego al mar en calma, de la tormenta a la lastimosa quietud que roza casi el silencio.

Para el segundo movimiento reservó Sibelius su estilo más genuino: el desarrollo lento que tan bien se le daba. El inicio del viento dejando en suspenso la frase recuerda a aquel Debussy que usó las flautas y su timbre como una punta de lanza en obras como el Preludio a la siesta de un fauno. Cuando entra el violín, unos compases después, los legatos toman el poder y la música se hace temperamental de nuevo pero a un ritmo cadencial que nos recuerda a la música de cine. Quizá sea el más romántico de los tres movimientos, pero el finlandés no pierde en ningún momento su identidad a la hora de componer. Aquellos que comparan este concierto con el de Mendelssohn han encontrado similitudes con la obra del alemán, pero Sibelius desgrana aquí una genialidad que Mendelssohn no alcanzó con su ensalzamiento del violín. El concierto de Sibelius es más sólido, mejor construido, quizá por esa obsesión que tenía el compositor por revisar y volver a revisar. Nunca estaba satisfecho con su trabajo. En este movimiento hay tintes del concierto de Chaikovski, pero algunas armonías podrían calificarse casi de wagnerianas.

El tercer movimiento es otro mundo. No serán pocos los violinistas que han visto en esta parte un puzzle difícil de abordar a pesar de que en principio no podría parecer demasiado complejo. Pero esos puntillos del principio encierran la complicada labor de dejar al violín más expuesto que nunca. La orquesta es casi un rumor, un murmullo que acompaña de fondo dando dramatismo étnico a un violín que se deshace en subidas a toda velocidad, a veces con unas notas dobles que ponen a prueba al instrumentista. El concierto de Sibelius no es para cualquiera, y en este último movimiento queda patente. Porque no es solo la complejidad técnica, sino la intención que hay que darle a cada grupo de notas. Y es a la mitad del movimiento cuando Sibelius demuestra de lo que es capaz pero también su rechazo a hacer lo mismo que habían hecho otros antes que él. En un tutti lleno de armonías que conducen a una resolución que parece inevitable, Sibelius corta por lo sano justo antes de llegar al punto culminante y vuelve a poner al violín al mando con la misma frase presentada en un principio.

Como si el tercer movimiento volviese a comenzar y todo lo anterior fuera solo una prueba. El solista tiene a partir de este momento compases en los que toma las riendas con fuerza, se necesita brío y energía. Y es entonces cuando empiezan las frases cromáticas que llevan a una fanfarria fingida por parte de los metales. A partir de esos momentos el violín se mueve en cascada para terminar en una nota seca.

No podemos por menos que destacar al solista que lo tocará en esta ocasión que como ya hemos indicado es el gran Leonidas Kavakos cuya afinidad con la partitura es tal que fue él quien recuperó en el año 91 la versión original grabándola en ese momento con la Lahti Symphony orchestra en una grabación conjunta con la versión berlinesa para poder disfrutar con cada pequeña diferencia. Hoy esa versión está colgada en youtube y no podemos por menos que dejarles el enlace por si desean escuchar y comparar antes o después del directo:

https://www.youtube.com/watch?v=2RNSmJU0ymk

Este dato curioso sirve bien para situar a Kavakos como lo que es, un auténtico titán del violín, uno de esos violinistas de los que hay uno por generación, en el mejor de los casos. La historia pone las cosas en su sitio y deja a las figuras espúreas  como lo que son. Hoy sí, toca un auténtico titán del violín en nuestro auditorio.

EL TCHAIKOVSKI MAS POPULAR

Puede ser fácil caer en la tentación de despreciar cierto repertorio sinfónico por ser muy interpretado o favorito del público; en este blog no escondemos nuestro entusiasmo cuando se nos acercan obras menos habituales e interesantes pero oir una sinfonía de gran repertorio por una de las grandes orquestas a nivel mundial es un placer al que nadie puede, ni quiere, resistirse. Por todo ello oir la Quinta de Tchaikovski en este concierto inaugural no deja de ser una perla que podrán disfrutar por igual los aficionados mas tradicionales y los mas abiertos a las innovaciones… aquella frase de “algo tendrá el agua cuando la bendicen” es aplicable en este caso tanto a la obra en sí como a la orquesta y el director que la interpretarán.

En la primavera del año 1888, tras una de sus giras europeas más importantes, en la que conoció a Brahms y a Grieg y escuchó una sinfonía del joven R. Strauss (que calificó de insincera y antinatural), Tchaikovski decide apartarse del “mundanal ruido”. Se ha apuntado que Tchaikovsky sufría de cierta neurastenia crónica que le impedía disfrutar, e incluso, digerir los festejos y ovaciones que pocos compositores habían conocido en vida. Por ello, se instala en Frolovskoie, en pleno campo, lugar que lo seduce por completo: “Me he enamorado absolutamente de Frolovskoie; esta comarca me parece el cielo en la tierra”. En esta nueva residencia recobra la inspiración y comienza a exprimir una nueva sinfonía de su “cerebro embotado”. Hacia el 30 de mayo, ya estaba metido de lleno en la composición de la 5ª, tarea que combina con la composición de la obertura Hamlet. A principios de Agosto comenzó la orquestación que concluyó en unas tres semanas, con lo que quería demostrar al mundo que “no había muerto”. Ya anunciamos que la correspondencia del compositor es riquísima y, gracias a ella, podemos inferir los cambios continuos en la valoración de su propia obra como reflejo de la personalidad insegura y fluctuante del músico. Así, el 19 de agosto escribía a von Meck: “Ahora que la sinfonía está terminada puedo decir que, a Dios gracias, no es peor que las otras. ¡Esta certeza me es agradable!”. Poco después, las primeras pruebas hacían furor entre sus amigos de Moscú, sobre todo en Taneiev, como se deduce de sus cartas: “Mis amigos están en éxtasis por lo de la sinfonía, pero habrá que ver cómo la reciben el público y el mundo musical de San Petersburgo”.

Como si de un vidente se tratase, no erró en sus pronósticos. La obra fue estrenada en la Sociedad Filarmónica de San Petersburgo, el 5 de Noviembre del mismo año, junto al Concierto nº2 para piano, bajo la dirección del propio Tchaikovsky. La crítica recibió fríamente la sinfonía. Ivánov encontraba la Quinta inferior a la Segunda y la Cuarta, y con reminiscencias de Francesca da Rímini; calificaba de brillante la orquestación, pero no estaba de acuerdo en el uso excesivo del los vientos. Estos comentarios influyeron en la consideración de la partitura por parte de su autor, quien comenzaba a preguntarse si estaba en el comienzo del fin. Dicha conciencia de fracaso le producía gran angustia: “La sinfonía se ha vuelto demasiado florida, grandiosa, insincera y prolija; muy desagradable, en resumen”. Sin embargo, pocos meses después, ocurrió un hecho que devolvió el optimismo a Tchaikovsky. En Marzo de 1889, viaja a Hamburgo para dirigir, entre otras obras, la nº5, que había dedicado a algunos críticos de dicha ciudad. Allí coincidió con Brahms, quien amablemente asistió al primer ensayo. Tras su lectura, la obra fue bien acogida por la orquesta y por el compositor alemán, salvo el último movimiento. El exitoso estreno tuvo lugar el 15 de Marzo y, a partir de esta fecha, la sinfonía volvió a gustar a su autor y comenzó a cautivar al público. En Nueva York, a principios de la década de los noventa, afirmaría: “Parece como si yo fuera diez veces más conocido en Norteamérica que en Europa. Hay algunas piezas mías que siguen sin ser conocidas en Moscú; aquí las tocan varias veces por temporada y escriben artículos enteros sobre ellos. Han tocado la Quinta Sinfonía en los dos años pasados, ¿no es divertido? En los ensayos los intérpretes me brindaron una acogida entusiasta”.

La Sinfonía nº5 en mi menor se divide en cuatro movimientos (Adagio-Allegro con anima; Andante cantabile con alcuna licenza; Allegro moderato; Andante maestoso- Allegro vivace) en los que aparece, bajo variadas formas, una idea directriz. Pese a no basarse en un programa detallado, continúa en la línea de la nº4, basada también en el “mal de los tristes”, el Destino. La instrumentación adoptada para llevar a cabo estos propósitos es la usual: tres flautas, resto de maderas a dos, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, tuba, timbales y cuerda.

En una hoja de bocetos, Tchaikovsky había anotado una especie de guión dramático: “Introducción: sumisión total ante el destino o, lo que es igual, ante la predestinación ineluctable de la providencia”. La atmósfera propicia se consigue gracias a la presentación en pianissimo del tema cíclico en los clarinetes, fagotes y cuerda en registro grave a modo de coral sombrío y triste. Se intuyen ciertas reminiscencias de marcha por el compás de subdivisión binaria y la utilización del motivo con puntillo. El “tema con motto”, que expresa la resignación humana, incorpora una cita del Trío del Acto I de Una vida por el zar de Glinka. El Allegro (6/8) comienza con un primer tema airoso e inquieto (¿quizás la voluntad de vivir?) de las maderas sobre breves acordes de las cuerdas, cuyo ritmo, anacrúsico y enérgico, será muy recurrente. Este se amplía hasta llegar a un “estallido de fanfarrias del metal sobre su célula inicial”. La tensión asciende súbitamente y unos suspiros quejumbrosos recuerdan, en cierto modo, los “murmullos, dudas y reproches” que se anunciaban en el boceto. El segundo tema, más cantabile, nos lleva a la luz con su modo mayor y el arpegio en pizzicato, y nos sumerge en el clímax de la música de ballet (precedente del vals del tercer movimiento) con una de las melodías más bellas y expresivas del músico, la cual culmina en un fortissimo recordando el impulso rítmico inicial. El desarrollo, bastante libre, se basa en la superposición de temas, ritmos, dinámicas, intervalos de 5ª descendente. Concluye el movimiento con la reexposición de abundante colorido y una coda basada en el ritmo inquietante que camina sobre un pulsode metales y que finalmente se acalla.

La fuerza del “tema con motto” no necesita tregua por lo que Tchaikovsky se adentra aún más en la profunda expresividad del que constituye uno de sus movimientos lentos más logrados. El boceto programático se refiere a este segundo movimiento como sigue: “II. ¿No valdría más entregarse por completo a la fe? El programa es excelente si consigo llegar a realizarlo”. Estructurado con la forma de lied ternario, comienza con una noble melodía en la trompa, a la que se une el clarinete y el oboe en contrapunto. Tras este pasaje, continúa una segunda idea de lirismo extremo, confiada a los cellos, seguidos de los violines en la misma nota “dolorosa y resignada”. En la sección central (Moderato con anima), iniciada por un gracioso dúo de clarinete y fagot adornado con trinos, vuelve con fuerza el tema cíclico en las trompetas, distorsionando y ensombreciendo la melancolía anterior. Éste reaparece en la tercera parte en los violines, muriendo el movimiento con una serenidad recobrada.

Si las dos incursiones del motivo del fatum eran, en el segundo tiempo, un tanto violentas, su entrada al final del siguiente vals, danza predilecta del compositor – que aquí sustituye al habitual Scherzo-, es tan modesta como benigna. Destaca en el tercer movimiento el compás ternario del vals, sus ornamentaciones llenas de elegancia, y el motivo inicial que va pasando por los distintos instrumentos. La parte central se vuelve más inquieta e intrépida con un insistente staccato, volviendo el tema cíclico, con tristeza contenida, antes del final.

En la introducción para el Finale, ya en tonalidad mayor y con impronta propia, el tema, sin embargo, anuncia algún trazo de amenaza que se afirmará en forma de coral grandioso. Este canto de victoria simboliza, según algunos autores, el triunfo desesperado del destino y, según otros, la gloria de la fe, aunque Tchaikovsky no estuviera profundamente convencido de sus creencias en esa época. El movimiento se convierte casi en una fiesta que culmina con toda la “pompa y circunstancia” de los instrumentos de cobre y la reaparición del tema principal del primer movimiento, ahora apoteósico. Sin embargo, en opinión de Brown, las reiteraciones escuetas y baldías en la coda tienen un timbre vacío que hacen que este tiempo sea el más débil y, de hecho, el que menos convencía al compositor. Hoy en día desde luego este movimiento suele ser garantía de bravos y aplausos, sobre todo si lo toca una orquesta del nivel de la London Philarmonic.

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