POR MUCHOS DÍAS CON MÚSICA

FICHA DEL CONCIERTO

Orquesta Filarmónica Real de Lieja. Christian Arming › director Nicholas Angelich › piano. Obras de Ysaye, Brahms y Franck. Jueves 21 de mayo. XXI Temporada de Grandes Conciertos del Auditorio

La fecha de este concierto se cambió en el momento en que se conoció la convocatoria del día sin música para le miércoles 21 de mayo. Sin duda pocos son los motivos ajenos a los músicos que pueden impedir que un concierto se celebre en la fecha prevista pero en este caso la cosa estaba claro: es un clamor en el sector cultural en general y en el musical en particular que el sufrir el IVA cultural mas alto de Europa es todo un ataque a la cultura que ha logrado además bajar las cifras de reacudación de este impuesto. Un sin sentido así debe acabar de inmediato para que podamos seguir teniendo muchos días con música.

DESDE LIEJA CON RIGOR

La orquesta belga que vuelve a Zaragoza en esta ocasión lo hace con un programa de una gran coherencia, con dos obras cumbres de la música del XIX acompañadas de una obra poco interpretada de un  interesante compositor y violinista nacido además en la localidad belga… que bien está que la orquesta de una ciudad reivindique y nos haga conocer las obras de su compositor de referencia, además esta presencia dota al programa de cierto carácter circular pues la influencia de Cesar Franck en la obra de Eugène Ysaye es más que clara

Como ya anunciábamos Ysaye nació en la ciudad belga de Lieja en 1858 y está considerado el mejor intérprete de cuerda entre los compositores belgas y franceses de su tiempo. Comenzó a tocar el violín a instancias de su padre; en 1865 ingresó en el Conservatorio de Lieja. Su estancia en el Conservatorio no fue muy disciplinada: lo expulsaron en 1869 debido a una pelea con el profesor Heynberg, vemo que no siempre los alumnos disciplinados son los mejores. Sin embargo, fue readmitido en 1872, y estudió bajo la supervisión de Massart hasta 1873, año en el que se trasladó a Bruselas para continuar su formación con el violinista polaco Henryk Wieniawski. En 1876 marchó a París, donde estudió con Henri Vieuxtemps. En 1880 realizó su debut como concertino de la Orquesta Bilse en Berlín; al año siguiente inició sus giras por Noruega. Posteriormente, recorrió Europa y América acompañado de Anton Rubinstein. Ysaye fue profesor de violín en el Conservatorio de Bruselas desde 1886; entre sus alumnos más destacados es necesario mencionar a Mathieu Crickboom y Jacques Thibaud, a quienes dedicó varias de sus obras. En 1886 fundó el Cuarteto Ysaye y organizó los Conciertos Ysaye. En 1894 realizó la primera de sus ocho giras previstas por Estados Unidos. César Franck compuso para él, como regalo de bodas, su famosa Sonata para Violín y Piano en la menor qie sonó hace bien poco en esta sala en las manos de Pinchas Zukerman. Ese mismo año ofreció en Bruselas una serie de conciertos para orquesta. Desde 1918 ocupó el puesto de director de la Orquesta de Cincinnati (EE.UU.). Desgraciadamente, en 1929 sufrió la amputación de una pierna. Ese mismo año fue nombrado Caballero de la Legión de Honor de Francia. Hablando de su faceta como compositor, entre sus mejores composiciones se encuentran seis sonatas para solo de violín, conciertos para violín, música de cámara y una ópera en dialecto valón titulada Piér li Houïen (Pedro el minero). La interpretación de Ysaye es conocida por su virtuosismo, su expresividad e intensa utilización del vibrato. Como hemos dicho, se inspiró en la obra de César Franck (quien influyó en su primer estilo), Camille Saint-Saëns, Vincent d’Indy y Gabriel Fauré. La obra que escucharemos en este concierto es una obra camerística de carácter nostálgico que nos deja bien claro que Ysaye adoraba la música para cuerda y conocía a la perfección todos sus recursos.

UN TITÁN AMABLE

Completa la extensa primera parte del concierto el segundo de Brahms, su segundo concierto para piano, todo un titán en cuatro movimientos que oscila entre un lirismo amable y una escritura potente tanto en el plano orquestal como en el piano.

A diferencia de su Primer Concierto para piano, estrenado en 1859 en Hannover y que provocó un colectivo escepticismo por su orquestación un tanto pesada, esta nueva incursión en el género tuvo una extraordinaria acogida desde la misma fecha de su estreno. Tras su estreno en Hungría, la segunda audición tuvo lugar el 22 de noviembre en Stuttgart y desde entonces la obra ocupa un lugar privilegiado entre las piezas concertantes del repertorio pianístico. Como novedad, el concierto presenta una estructura dividida en cuatro movimientos. El propio Brahms aclara este inédito esquema en una carta dirigida a su amigo Herzogenberg y que presenta una explicación del todo irónica: –“He de deciros que he escrito un pequeño concierto para piano al que le ha añadido un muy bello y también pequeño scherzo…”– Hoy en día sabemos que este Scherzo está basado en aquel que Brahms había proyectado para su Concierto para violín y que finalmente hubo de descartar. La obra, tanto por su magnífica cualidad musical como por sus dimensiones, forma parte del más destacado repertorio pianístico.  Las opiniones de los intérpretes con respecto a este concierto están del todo divididas. Mayoritariamente, se piensa que esta es una de las piezas más difíciles de todo el repertorio debido a la casi constante presencia de la ejecución solista a lo largo de toda la obra y que determina una especial resistencia física para llevar a buen puerto su interpretación, Para otros, el concierto, si bien puede acabar con la extenuación física del solista, no presenta singulares problemas de ejecución técnica. Sea como fuere, este concierto es la composición serena de un hombre maduro y absolutamente seguro de los estados de ánimo que pretende sugerir: Heroísmo, apacible fluidez y vivacidad. Desde nuestro humilde punto de vista, su superioridad frente al Primer Concierto radica en que este último es la obra de un hombre joven y rebosante de ideas repletas de personalidad, aunque no siempre integradas de una manera ideal (Y no por ello deja de ser una pieza sensacional). Sin embargo, el Segundo Concierto presenta una extraordinaria unidad estructural enriquecida por los distintos contrastes entre los movimientos. En definitiva, es una creación mucho más pulida y elaborada, una verdadera sinfonía con piano obligado en cuatro amplios movimientos.

 UNA GRAN SINFONÍA FRANCESA

No podemos calificar a Cesar Franck como “compositor de una sola obra” porque al menos hay dos que se tocan habitualmente en todo el mundo y son muchas más las que se interpretan menos habitualmente pero que merecen estar en el repertorio. En todo caso sin duda esta sinfonía que oiremos en este concierto es una obra que merece estar en el repertorio, pues sin duda es una cumbre del género sinfónico, la obra de un organista que como tal entendió perfectamente la escritura orquestal. ésar Franck comenzó a escribir su Sinfonía en Re menor en el otoño de 1887, y la concluyó, en agosto de 1888. La primera ejecución se produjo el 17 de febrero de 1889, un año y medio antes de la muerte del músico. Fue mal recibida por casi todo el mundo, excepto el compositor y sus discípulos más devotos, el más intensamente dedicado de los cuales era D’Indy, quien escribió: “…La sinfonía fue ejecutada por primera vez en la Sociedad de Conciertos del Conservatorio contra la voluntad de la mayor parte de los miembros de la orquesta y gracias tan sólo a la benévola perseverancia del director Jules Garcin. Los abonados no entendieron nada de la obra; los músicos oficiales no fueron tampoco más allá; uno de ellos, profesor del Conservatorio y casi factótum del Comité, a quien pedí su opinión, respondióme en tono que trascendía desprecio: ¿Eso es una sinfonía? Pero señor mío, ¿se ha visto alguna vez poner el corno inglés en una sinfonía? Cíteme usted una sinfonía de Haydn o de Beethoven en donde encuentre el corno inglés… Vamos, ya verá usted que esa música de su señor Franck será todo lo que usted quiera, ¡pero no será nunca una sinfonía!” Por otra parte, en una puerta de la sala de conciertos, el autor de Fausto, escoltado por un cortejo de aduladores y aduladoras, decretaba pontificalmente que aquella sinfonía era la afirmación de la impotencia llevada hasta el dogma… Gounod debe estar expiando en algún purgatorio musical esa frase, que viniendo de un artista como él, no podía ser sincera ni desinteresada…

La sinceridad y el desinterés los vamos a encontrar en el maestro cuando, entrando en su casa después de la ejecución, fue apremiado por cada una de las personas de su familia pidiéndole noticias: “¿Estás satisfecho del efecto producido en el público?, ¿han aplaudido mucho?” A lo que papá Franck, no pensando más que en la obra, respondió medio soñando: “¡Ah, sonó tan bien, tal como lo había imaginado!”

Franck, sin duda, tuvo sus detractores, pero aparentemente la situación no parece haber sido tan marcadamente unilateral como la emotiva crónica de D’Indy. En la segunda mitad del siglo pasado, el distinguido crítico francés León Vallas, escribió una nueva biografía de Franck en la que señala que la música de Franck era constantemente solicitada para ser ejecutada y que contaba con el decidido apoyo de la prensa. Refutando la frase atribuida a Gounod, Vallas escribe: “Tanto la opinión como el tono en que fue vertida parecen improbables en grado sumo. De acuerdo a otra anécdota publicada por George Rodenbach, en el Fígaro del 24 de diciembre de 1896, se atribuye a Gounod el haber dicho ‘ Es la negación de la música ’. También esta acotación es considerada como poco digna de crédito. Cualquiera fuese la diferencia de puntos de mira y gustos que separaban a los dos viejos amigos, Gounod siempre reconoció la maestría de su colega. Si a su tiempo criticó ciertas tendencias franckianas -su excesivo refinamiento y su falta de simplicidad- jamás dejó de considerarlo como un gran artista. No debemos dar importancia a ciertas expresiones pontificales del compositor de Fausto, cambiadas, distorsionadas y desfiguradas por la maledicencia del público”.

Hoy podemos ser lo suficientemente generosos como para admitir que esta obra pudo ser algo difícil de apreciar en una primera audición. En primer lugar, por la forma, que aunque simple, en poco ayuda a su comprensión. Los temas de todos los movimientos están tan relacionados, tanto por sus intervalos como por su espíritu, al punto de ser casi variaciones uno de otro. Esta significa que el contraste, que es una virtud inherente a la forma Allegro de Sonata, se produce no temáticamente sino por cambios de tempo y otros medios informales.

Si la escritura es típica del estilo inusualmente personal de Franck, también lo es la instrumentación. A ese respecto, Harvey Grace ha señalado que la sinfonía suena como si hubiese sido originalmente escrita para el órgano de tubos. El uso que hace Franck del sonido de los vientos y metales como si estuviese manipuleando la tubería de su instrumento Cavaillé-Coll y la división de la orquesta en las fantasiosas interrupciones del cíclico último movimiento, claman por una consola de tres manuales.

Conduciendo un paso más adelante la analogía entre el sonido del órgano y el de los vientos en la orquesta franckiana, es posible hallar en los intérpretes de la sinfonía, diferencias de enfoque que podrían responder a los diferentes estilos de la composición y la ejecución organística. Algunos directores, por ejemplo, encaran la obra con una actitud barroca: las texturas son claras y limpias, con colores y matices distintos. Otros directores, aplican a ésta la concepción del siglo diecinueve que favorecía las texturas más delgadas, y sus versiones de la Sinfonía de Franck ponen todo su énfasis en las exuberantes sonoridades y oportunidades “interpretativas” ofrecidas por la estructura y la orquestación casi wagneriana de la partitura.

La asociación del sonido del órgano con el de la orquesta, nos traen a la mente ciertas opiniones infundadas, que consideran a la Sinfonía de Franck como vástago de la Tercera de Saint-Saëns, para órgano y orquesta. Cierto es que la obra de Saint-Saëns fue anterior a la de Franck, pero su estreno recién se produjo en Francia en 1887, cuando la sinfonía del belga había sido totalmente completada. Lo que ambas sinfonías comparten es una juventud no de años, a decir verdad, sino de espíritu, la misma juventud de espíritu que, luego de su primer éxito público (la première de su Cuarteto para cuerdas a la edad de 8 años; única vez en cuarenta años como compositor en que la audiencia pareció gustar genuinamente de lo que había escrito), hizo que Franck dijera sonriendo: “Ved, el público comienza a comprenderme”.

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