RECOGIENDO FRUTOS

FICHA DE LOS CONCIERTOS

Conciertos de la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Aragón Julia Lorenzo, viola, Juan Luis Martínez, director. Domingo 15 y lunes 16 de marzo. XXXV Ciclo de Introducción a la Música y XXI Temporada de Grandes Conciertos de Otoño.Obras de Mendelsshon, Penderecki y Beethoven

No es casual ni mucho menos que sean tres formaciones sinfónicas aragonesas de calidad las que vayan a protagonizar las tres últimas citas del Ciclo de Introducción a la Música de este año 2015 y se trata de una realidad absolutamente impensable por un lado pero que no nos debe deslumbrar por otro. En lo positivo desde luego hay que decir que el trabajo hecho en los conservatorios aragoneses durante los últimos veinte años algo de bueno ha debido tener, antes no había cuerda posible para proyectos sinfónicos y Aragón (en buena medida al igual que el resto de España) era tierra de talentos aislados que debían emigrar; hoy tenemos probablemente, como hemos dicho otras veces la generación mejor preparada de músicos salidos de nuestras aulas. Pero por otro lado no nos debemos dejar engañar, de las tres orquestas que comentamos una es “la madre” la gran orquesta académica que ha hecho tantísimo por la música en Aragón que jamás se lo agradeceremos y las otras dos orquestas son fruto del trabajo de sus promotores que han sabido reconocer el talento que se nos estaba escapando de entre las manos pero que cuentan con casi nulo apoyo institucional aunque al menos el Auditorio de Zaragoza, como siempre ha hecho, ha incluido su trabajo en su programación que es desde luego una forma clara de apoyo.

Pero antes de hablar del repertorio dediquemos apenas unas líneas a esa “madre”, a la orquesta que protagoniza estos conciertos y a su director. La Orquesta Sinfónica del CSMA ha sido una de las grandes sorpresas constantes de los últimos quince años en las programaciones del auditorio y ha sido así por tres motivos: la confianza que en este conjunto ha tenido el propio auditorio, el inmenso trabajo realizado en el centro superior, pese a quien pese en estos lustros y la mano de su director Juan Luis Martínez a quien hemos visto trabajar ya en Aragón desde hace muchos años, viendo crecer (y ahora por desgracia volver a menguar en número) su orquesta por la que han pasado ya varias generaciones de músicos y hay que decir con orgullo que hoy puedes ir a ciudades como París, Milán, Goteborg, Estocolmo, Londres… y encontrarte en sus orquestas espléndidos músicos que han salido del CSMA  y que tuvieron sus grandes primeras experiencias sinfónicas en serio en esta orquesta, tanto desde el centro como desde fuera no deberían cejar en el empeño de apoyar esta agrupación.

DE MENDELSHONN A BEETHOVEN CON UN INVITADO PECULIAR.

El concierto del domingo tiene un programa muy clásico con la presencia de un clásico del siglo XX aun en activo como es Kristoph Penderecki. El concierto comenzará con Mendelssohn, un músico que por su trayectoria vital en principio parece romper los tópicos, era de una familia acomodada y no tuvo una vida personal tempestuosa sino que se pudo dedicar a la música con relativa tranquilidad. Eso si, si responde a otros importantes aspectos de la época romántica; para empezar es paradigmático su interés por el pasado musical y es bien conocido su trabajo de recuperación y reestreno de la obra de Bach y para seguir decir que se relación con el hecho literario y con los viajes son también paradigmáticamente románticos y justo con eso tiene que ver la obra que abre el programa.

 ‘Las Hebridas’, también conocida como ‘Las Gruta del Fingal’ es nombrada como obertura pero una de las cosas que la hace importante en la historia es que es uno de los primeros casos en que se compone una obertura como pieza de concierto meramente independiente, realmente no abre ninguna obra por lo que podemos decir que abre el camino a lo que será a obras como la ‘Obertura Trágica’ de Brahms que seguirán esta línea de piezas sinfónicas breves en un solo tiempo pero que tampoco tienen ese referente literario que cabe esperar en un poema sinfónico.

 Al cumplir veinte años y animado por su padre,  Mendelssohn viajó a Gran Bretaña en abril de 1829 en un viaje que tenía carácter profesional ya que  realizó una serie de conciertos promocionales que fueron muy bien acogido por el público inglés, pero que tuvo algo también de viaje romántico de fascinación y encuentro con la naturaleza..En julio se dirigió hacia Escocia, donde conoció  al escritor Walter Scott, símbolo literario escocés por excelencia y autor de Ivanhoe o de La Novia de Lamermoor (base de la Lucia de Donizetti). Escocia fascina sobremanera a Mendelssohn inspirándole para la composición de su Sinfonía nº 3 “escocesa” que terminaría trece años más tarde. En los numerosos escritos que realizó mientras se alojaba allí comentó el paisaje brumoso, las nieblas y sombras que inundaban todo hasta la desolación. Allí también oyó historias sobre una famosa “cueva musical” situada en una isla cercana.  Parece ser que el 7 de agosto, junto con su amigo, el escritor Karl Klingemann, Mendelssohn visitó un archipiélago, llamado Las Hébridas, situado en la costa oeste formado por más de 500 islas en busca de esa cueva; cuando llegó a la isla de Staffa,  su imponente “Gruta de Fingal” lo sobrecogió.

 Cuando Mendelssohn visitó el archipiélago, una melodía se dibujó en su mente. Melodía que enviaría por carta a su hermana Fanny con el siguiente texto: “Para lograr que comprendas hasta qué punto me han afectado las Hébridas, te envio lo siguiente, que vino a mi cabeza allí.”

 Al día siguiente, visitó la conocida Gruta de Fingal que, en tiempos de Mendelssohn, era un cueva marina de basalto de 11 metros de altura y 60 de profundidad (en la actualidad tiene 20 de alto y 82 de profundidad). Su techo abovedado, el movimiento de las olas chocando contra sus paredes y el eco,  generaban melodía mágicas en esa catedral natural. Mendelssohn  parece ser que quedó fascinado con su visión y los sonidos sobrecogedores y esa melodía que había compuesto cobró mayor sentido. La melodía, de 21 compases, fue escrita en formato pianístico y sería ésta la melodía germen con la que Mendelssohn compondría su famosa Obertura de Las Hébridas.

 En el invierno de 1830, en Roma, Mendelssohn terminó la partitura titulada en un primer momento “La isla solitaria”. Esta composición tenía mucho contrapunto, no sonaba tal como el compositor la imaginaba, por lo que fue simplificada en una segunda versión más ágil en 1832 donde primaba más la insinuación que la evidencia. De propias palabras de Mendelssohn, “la obra debía volar, tener mar y gaviotas”. La versión definitiva recibió el nuevo nombre de “Las Hébridas” y el subtitulo de “La Gruta de Fingal” y se estrenó ese mismo año en Londres en un concierto dirigido por él mismo y donde también se estreno la obertura de “El sueño de una noche de verano”.

 La obertura de Mendelssohn  supone un avance dentro del género musical por dos motivos.Como decíamos de alguna manera  es de los primeros poemas sinfónicos, es decir, música que evoca algo extra-musical, en este caso, el paisaje escocés de Las Hébridas tratando de crear una atmósfera capaz de trasladar al oyente las mismas sensaciones experimentadas allí por el compositor. Como dice el musicólogo Marc Vignal  “Es el primer gran cuadro marino de la música romántica”. El otro motivo es que con esta obra, como hemos dicho Mendelssohn iniciará la moda de llamar obertura a obras que en realidad no son preludios de ninguna obra mayor, consagrando este género como un ente independiente.

 Sin duda La Obertura de las Hébridas se encuentra entre las grandes obras maestras de Mendelssohn, y la podemos considerar una obra completamente de madurez  teniendo en cuenta la temprana edad de su autor (23 años) cuando la compuso. El mismísimo Wagner, que era un reconocido enemigo musical de Mendelssohn, no puedo dejar de alabar la genialidad de la obra.

UNA GRAN OBRA PARA LA “HERMANA MEDIANA DISCRETA”

Sin duda dentro de las cuerdas de la orquesta si hay alguien que si no nos fijamos puede pasar desapercibido es la viola…. Pero pobre de aquella orquesta que no tenga una gran sección de violas…. Sin ellas el empaste de las cuerdas es impensable. Y luego aparte es una pena que no exista tanto repertorio solista  (ojo lo hay, pero es menor y se toca infinitamente menos que el del chelo o el violín) para un instrumento que bien tocado es de una belleza muy singular y especialmente próxima a la voz humana.

Sobre el autor comentar que sin duda es una de las figuras mas conocidas en la composición en los últimos veinte o treinta años que además visitó Zaragoza en su momento… Creo que es curioso comentar esta visita (que comentábamos con quien la causó hace pocos días). No recuerdo la fecha exacta pero probablemente sería en los primeros años noventa aun sin abrir nuestro auditorio cuando el compositor visitó nuestra ciudad para dirigir a las huestes de la radio polaca en su propia misa de Requiem…. El concierto tuvo lugar en el peregrino lugar para la música conocido como “El Huevo”, el pabellón de deportes municipal cercano al auditorio y allí se lograron reunir a 3.500 almas dispuestas a disfrutar de una misa de Requiem de un compositor contemporáneo…. Dejo el dato y me guardo la reflexión porque además no la tengo clara pero es historia de esta ciudad.

Y unas líneas sobre la intérprete solista de la obra que oiremos en este concierto, Julia Lorenzo es un modelo de ese tipo de músicos que hemos comentado que salen de nuestro conservatorio, alumna de Avri Levitan tiene un talento excepcional y a pesar de su juventud es evidente que trabajo no le va a faltar, ella a pesar de no ser nacida en Zaragoza mantiene el vínculo con la ciudad y hay qe agreadecérselo. En este concierto los asistentes serán testigos del nivel de esta joven músico, poco mas hay que decir.

Respecto a compositor (ahora fuera de anécdotas) y de la obra decir que en los años sesenta la música textural alcanza en Polonia un alto grado de desarrollo con las figuras de Krzystof Pendereki, Henryk Goreki y Witold Lutoslawski.  Krysztof Penderecki, nació en Debica en 1933  y es uno de los compositores mas conocidos del pasado siglo XX. En 1958 se graduó en la academia de música de Cracovia. Al año siguiente, en 1959, obtuvo su primer éxito, cuando sus tres obras “Estrofas”, “Emanaciones” y “Salmos de David” ganaron los tres premios de un concurso organizado por la Unión de Compositores Polacos. En 1961 recibe un premio de la UNESCO por su obra “Trenodia a las víctimas de Hiroshima para 52 instrumentos de cuerdas” (obra que estrenó también en Zaragoza la JONDE hace muchos años) , lo cual dio inicio a una carrera de fama internacional. Curiosamente a partir de los años 80, Penderceki, cansado de tanta experimentación, da un giro de 180 grados en su estilo de composición. Su música se hace más tonal y fácil de escuchar, para insertarse en lo que se ha sido llamado el Nuevo Pluralismo. Una muestra de ello es su famosos Réquiem Polaco de 1984 que años después de escuchó en nuestra ciudad.

El Concierto para viola y orquesta de cuerda fue escrito en 1983, y desde entonces ha sufrido varias modificaciones por parte de su autor, que han dado como resultado seis versiones distintas.

La obra de unos 25 minutos de duración está estructurada en un solo movimiento. El concierto se creó como encargo del gobierno de Venezuela para las festividades del bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar. La premier estuvo a cargo de José Vázquez a la viola, bajo la batuta de Eduardo Rahn, en Maracaibo, el 24 de Julio de 1983. Más tarde Penderecki lo adaptó a violín y viola en un concierto de orquesta de cámara, reduciendo la orquestación a cuerdas, percusión y celesta. Dicha versión se estrenó en Moscú en 1985. También el violonchelista ruso Boris Pergamenchikov, hizo un arreglo para violonchelo, el cual fue estrenado en Moscú en 1985.

Y LA SÉPTIMA (por excelencia)

Si digo por excelencia es porque sin duda fue la primera gran Septima Sinfonía y hoy quizás junto a la de Bruckner lo sigue siendo (sin menospreciar ninguna otra séptima). Si hoy veneramos a Beethoven  bajo el paradigma romántico que inauguró, por su genio ilimitado, fascinante poder de comunicación, deslumbrante solidez de conceptos -especialmente en sus Sinfonías-, además de erigirse como el prototipo del artista revolucionario, hombre valiente y heroico, el respeto que debe guardársele es mayúsculo especialmente al enfrentarnos al torrente de felicidad y vitalidad rítmica que dan forma a su Séptima sinfonía, el punto de máximo equilibrio en las capacidades creadoras de Beethoven; en todas y cada una de las notas, dinámicas y texturas que la conforman habitan, como nunca en la totalidad de su creación, perfección, balance y elegancia.

El mito de esta sinfonía se cimenta además tras una quinta y sexta muy diferentes entre si pero cumbres ambas del género sinfónic. Por ello, infinidad de comentarios definitorios se han emitido al paso de los años y, aunque diversos, la mayoría confluye en enaltecer lo festivo y aguerrido de esta música, si repasamos todos estos comentarios laudatorios nos encontramos con lo siguiente: “Apoteosis de la danza” (Wagner), “Ronda de campesinos” (Berlioz), “Festival de caballeros” (Nohl), “Mascarada o diversión de una multitud embriagada de alegría y vino” (Oulibicheff), “Segunda Sinfonía pastoral” (Lenz), “Orgía báquica” (Bekker), “Boda o celebración festiva de un pueblo guerrero” (A.B. Marx), “…enérgico impulso dionisiaco, una divina embriaguez del espíritu” (Newman). Sin embargo, el regocijo provocado por la Séptima no fue generalizado; en este sentido el comentario de Carl María von Weber -antibeethoveniano a ultranza- está lleno de mezquindad: “Beethoven se encuentra ahora lo suficientemente maduro… como para ingresar al manicomio”. Y aunque dichas palabras rayan en la envidia tienen una parte de verdad (que Weber no lo tolerara como persona era otra cosa): la música de la Séptima sinfonía muestra a Beethoven en la cúspide de sus poderes creativos y con plena madurez conceptual de la paleta orquestal.

Ese período de madurez se registró entre 1811 y 1812, época igualmente emocionante en la vida del compositor y su entorno. Por aquellos tiempos Beethoven advirtió a la sociedad artística austriaca que abandonaría Viena pues ahí no recibía el apoyo necesario en su trabajo creador, lo que sorprendió a muy pocos pues el ilustre “sordo de Bonn” ya había lanzado esta amenaza por centésima ocasión. La única que se preocupó por este asunto fue la condesa Von Erdödy, quien gracias a sus buenos oficios obtuvo para Beethoven un apoyo económico de ensueño, proveniente de bolsillos notables como los de Kinsky, Lobkowitz y el archiduque Rodolfo. El músico desistió de emprender la retirada y por si fuera poco fue en esos días que Cupido llamó a su corazón -rubro que, dicho sea de paso, para las pulgas de Beethoven le importaba un cacahuate: aparecieron en escena la dulce Bettina Brentano y su hermana Antoine, aquella que el mismo músico definió como “la amada inmortal”. En esos tiempos también ocurrió la reunión de Beethoven con otro gigante de las artes, Johann Wolfgang von Goethe, ocurrida en los baños termales de Toeplitz. Al respecto Goethe dijo eufórico: “No he visto nunca a un artista más poderosamente concentrado, más enérgico, más interior. Comprendo muy bien que su actitud frente al mundo tenga que ser extraordinaria.”; mientras Beethoven únicamente señaló: “Goethe gusta demasiado del aire de las cortes, más de lo que conviene a un poeta.”

Beethoven comenzó a trabajar en su Séptima sinfonía desde 1807, para concluirla en esos citados años de plenitud artística; su estreno tuvo lugar en Viena el 8 de diciembre de 1813 con la dirección del propio autor. Y como era ya una costumbre en aquellos días, el concierto en el que se estrenó la Séptima estaba ofrendado a una causa noble y motivadora: recaudar fondos para los soldados austriacos y bávaros que habían resultado heridos en la batalla de Hanau defendiendo a su patria de las tropas napoleónicas. Además de la Sinfonía en cuestión se presentó ahí, por vez primera, otra obra de Beethoven de características curiosas e inmersas en un carácter totalmente bélico y patriota: La victoria de Wellington (o Sinfonía de batalla). Tal parece que esa noche, debido a que los ánimos estaban exaltados ante la inminente derrota de Napoleón y los sonidos victoriosos de esta última partitura, la Séptima de Beethoven fue recibida con algunas reservas por el público, aunque lo que más impactó a todos fue el genial Allegretto (segundo movimiento), tal y como lo reportó el Allgemeine Musikalische Zeitung, que además consideró a esta Sinfonía como la más accesible y brillante de todas las que había escrito Beethoven hasta la fecha.

Aunque el recibimiento de esta Sinfonía fue algo tibio, imagínese usted la importancia artística de ese concierto: Beethoven incluyó en su orquesta a algunos de sus amigos y colegas cercanos, como los señores Louis Spohr, Ignaz Moscheles, Giacomo Meyerbeer, Johann Nepomuk Hummel, Andreas Romberg, Domenico Dragonetti y el tan satanizado -en décadas recientes- Antonio Salieri. Toda una constelación de compositores e instrumentistas que en esos años daban sentido a la música europea, y a la escena vienesa en particular, en un ejército de generales comandado por Beethoven. La crónica que relató Spohr en su autobiografía es de gran impacto, pues afirmó que debido a la sordera de Beethoven, este hombre comenzó a angustiarse especialmente en los pasajes delicados pues no podía percibir ninguna vibración de la orquesta; sin embargo, al perder camino en ciertos pasajes, los músicos salvaron milagrosamente la interpretación gracias a Salieri, quien se encontraba tras bambalinas marcando el tempo correcto sin que Beethoven se diera cuenta.

Al mencionar anteriormente la sordera de Beethoven es motivo para maravillarnos el hecho de que su Séptima sinfonía posea una perfección tal venida de la cabeza de quien solamente era capaz de percibir zumbidos. Después de la Sinfonía pastoral, la empresa de Beethoven en esta partitura es, quizá, una de las más titánicas que llevó a cabo en su vida, como un verdadero acto de amor artístico y de valentía frente a su condición fisiológica. Y lo que escuchamos en esta música es precisamente eso: sonidos gallardos, inmaculados, vibrantes, seductores y hasta misteriosos. La alegría de vivir está fielmente representada en el Vivace del primer movimiento, con todo su poderío rítmico y melodías fragantes y plenas de frescura; mientras que en el Allegretto somos testigos de una de las secciones más visionarias en la música de Beethoven y probablemente de toda la literatura sinfónica en el siglo XIX, con su carácter fuerte, paso decidido y emocionante clímax. No en balde el compositor estadounidense Ned Rorem llegó a calificar este movimiento como “una nostalgia por el futuro”.

Para hablar del tercer movimiento es interesante revisar el comentario que, al referirse a esta sección, emitió Herr Professor Kleinburg: “…el tercer movimiento, con su exultante y triunfal aire popular y dancístico nacional, entre saltarello italiano y son mexicano (no se olvide que hay quien afirma que -en efecto- se trata de un aire popular mexicano (!!!!!) importado al imperio por von Humboldt y recogido por Beethoven)”.

Y del movimiento final, no existe mejor acercamiento a su intenso dinamismo y obvia emotividad que el de Gustav Mahler, quien después de dirigir la Séptima de Beethoven en 1899 declaró: “El último movimiento de la Sinfonía tuvo un efecto dionisíaco sobre el público. Todos salieron de la sala de conciertos como embriagados, y así debe ser.”

 Para cerrar el círculo sobre esta obra hermosa, mágica, electrizante entre otros adjetivos, habría que recordar por qué Wagner la denominó con toda precisión como lo citamos al principio de esta nota. Su comentario es de 1850, y en él señaló:

“La Séptima sinfonía de Beethoven es la alegría, que con una omnipotencia orgiástica nos lleva a través de todos los espacios de la naturaleza, de todas las corrientes y los océanos de la vida, dando voces de alegría y consciencia, por donde caminamos al ritmo audaz de esta danza humana de las esferas. Esta Sinfonía es la apoteosis de la danza, la mejor realización de los movimientos corporales en forma ideal.”

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