DIRECTOS AL REPERTORIO (DEL SIGLO XX)

FICHA DEL CONCIERTO

Orquesta Sinfónica de la BBC. Javier Perianes, piano, Sakari Oramo, director. Obras de Sibelius, Ravel y Shostakovich. XX Temporada de Grandes Conciertos de Otoño. 20 de octubre de 2014.

Comienza la temporada de Grandes Conciertos de Otoño, la que supone el XX Aniversario de esa casa, del que sin duda es el gran escenario de la música en Zaragoza y Aragón, que celebra en este concierto esos 20 años de tanta buena música que han consolidado a Zaragoza como una importante ciudad en el panorama sinfónico internacional, ya hablamos de los 20 años en el post anterior, asi que hoy iremos directos a hablar de este concierto que nos trae a una de las orquestas más populares del mundo, la sinfónica de la BBC. Si en otoño nos visitaba la Filarmónica de la radio británica ahora es la más veterana (y con mayor tradición por tanto) la que nos visita. Hablar de esta orquesta es hablar de una de las orquestas del mundo que más hace por popularizar y acercar la música a todo el mundo. Para empezar su principal trabajo es nutrir  la radio pública de las islas de grabaciones y sobre todo de conciertos en directo, y para seguir es la protagonista principal en los veranos de algo que ya hemos comentado aquí y que es uno de los festivales más pegados a lo popular del mundo. Hablamos de los PROMS.

Y nos encanta el programa, por qué no decirlo; y nos encanta por dos cosas, porque es un programa de puro repertorio, con la estructura que el aficionado espera (pieza breve, concierto y sinfonía) y también porque se trata por completo de un programa de música del siglo XX. A quien venga del mundo del arte fuera de la música le podrá extrañar esta aseveración, pero aun cuesta normalizar el repertorio del pasado siglo en las salas de concierto pero cada vez menos, eso sí. Bien es verdad que ninguna de las 3 obras que forman el concierto son lo que podríamos llamar “rompedoras” en el sentido más tradicional del término (y en música este sentido tradicional tiene que ver con la preminencia de la música alemana y con conceptos de progreso en las ates claramente hegelianos) pero las 3 obras representan la música del pasado siglo en muchos aspectos pero también son un programa que el público de cualquier auditorio del mundo agradecería.

UNA BREVE MIRADA AL NORTE.

Viendo la nacionalidad del director no nos debe extrañar que el concierto comience con un guiño al norte, a esa Finlandia, que para los melómanos tiene el nombre de Jean Sibelius, el famoso compositor al que ya le le han quitado las etiquetas de nacionalista o post romántico y del que hoy en día simplemente vale con decir que se trata de uno de los grandes músicos de la pasada centuria. La verdad es que las 3 miradas al siglo XX son bien diferentes entre si y desde luego son una muestra clara de que no hay un paradigma claro en la música occidental en este siglo sino diversos caminos tan diferentes entre si como interesantes. El de Sibelius no fue el atonalismo y además en este caso nos encontramos con una obra que, al menos en su primera redacción, es previa a las sinfonías que con el paso de las década le han convertido en uno de los sinfonistas del pasado siglo preferidos por el público.

En Saga es un poema tonal que como tal enlaza con toda la literatura de este tipo de obras escritas en el momento (todos podemos pensar en Liszt o Richard Strauss) pero no esperemos la aparición de un personaje concreto ni de un tema excesivmente definido. En Saga se refiere a un estado de ánimo y hace referencia indirecta al Kalevala, poema épico nacional finés. Tras componer Kulervo, que si que tiene un referente más concreto en este héroe y que es una obra coral, el director del estreno animó a Sibelius a hacer música orquestal pura referente al Kalevala y de allí surgió esta obra que hoy disfrutaremos en la versión de uno de los grandes defensores actuales de la música de Sibelius.

RAVEL: PIANO Y ORQUESTA

 Hablar de Ravel piano y orquesta es hablar de los dos grandes universos donde el gran compositor francés del siglo XX encontró sus lugares de trabajo  más cercanos a su sensibilidad de allí cabría deducir que se podría producir un encuentro entre ambos, y así fue en dos ocasiones(dejamos el concertino aparte), la del famoso concierto para la mano izquierda y en este glorioso concierto en sol que casi desde su composición se convirtió en una joya del repertorio que todos los pianistas quieren tocar. En este concierto se lo oiremos además al que es el pianista español con mayor proyección en los últimos años Javier Perianes que además ha hecho de este concierto uno de sus caballos de batalla en los últimos años.

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Es bien conocida la cercanía de Ravel hacia la música española y parece debida (pero quizás no sea la única causa) a su herencia vasca por parte de madre. No hubo existencia más discreta y por tanto biografía más misteriosa que la del compositor francés pero si algo se ha filtrado a través de la misma es el intenso apego de Ravel hacia su madre.  Ravel fue un artista extraordinariamente (si no patológicamente) sensible al mundo de lo sensorial. Sus primeras composiciones marcan una tendencia parecida a la de Debussy, es decir una búsqueda de disgregación o disolución de lo formal entendido este término como alternancias de tensiones y reposo. Pero después se apartó de aquel camino y buscó una auténtica restauración de lo sintáctico aunque sin perder la eficacia expresiva de algunas de las armonías de su predecesor. Es claro que si se sigue su trayectoria artística y una vez comprobado que no existe una línea tan notoriamente ascendente entre sus primeras y últimas obras como la usual en los demás artistas, se observa también que sus composiciones “formales” se hicieron más frecuentes a medida que transcurría esa trayectoria. El autor de “Scheherezade” (1903), “La hora española” (1907), y “Dafnnis et Chloe” (1912) cedió su lugar al del Trío (1914), las Sonatas (1920 y 1923) y finalmente los Conciertos para piano. Estos son respectivamente la antepenúltima y la penúltima obra que Ravel escribiera, ya víctima de una curiosa enfermedad psicosomática que le impidió componer los cinco años finales de su vida.

 Los dos conciertos son bien diferentes. Uno para dos manos, otro para una. El primero formalmente clásico y el segundo más cíclicamente romántico. El primero oscila entre lo juguetón y lo sentimental y el segundo entre lo dramático y lo belicoso. Quizás sólo podría pensarse en Mozart cuando se escucha y se piensa sobre el Concierto en Sol mayor (1931) estrenado en Enero de 1932 por Marguerite Long con el Autor al frente de la Orquesta y seguido ese mismo año por la primera audición local a cargo del recordado Enrique “Mono” Villegas con Orquesta dirigida por José Gil.

La asociación mozartiana deriva del hecho que la obra encuentra un punto de notable equilibrio entre lo formal y lo expresivo, en una época signada por búsquedas experimentales iconoclastas y premonitorias de la próxima Segunda Guerra. Habría varias maneras posibles de referirse a lo puramente discursivo: el autor reverencia la tradición estructurando cada movimiento con una forma sonata, un Lied y un Rondó final. Hasta inclusive sólo caracteriza claramente al primer tema en el primer movimiento dejando desfilar como en los conciertos de Mozart una serie de personajes de “kermesse” como segunda sección (un árabe con su narguile, un norteamericano con polainas podrían disputarse bizarramente tal lugar). La heterogeneidad de los recursos no solo no se nota sino que se goza: las figuraciones scarlattianas de la estructura pianística, el ostinato stravinskiano o las irrupciones jazzísticas. La música se distribuye sin dificultades entre regiones rítmicas que cada tanto descansan en los típicos y voluptuosos glissandos.

El “Adagio assai” es por supuesto uno de los puntos culminantes de toda la obra de Ravel: un extenso cantábile en claro metro ternario se expande larga pero serenamente, decorado hacia el final por contemplativos arabescos de las maderas. Una sección más cromática y secuencial que llega a una apenas discreta culminación hace de contraste y se deposita amablemente sobre el corno inglés que toma el tema inicial de la mano derecha del piano mientras ésta a su vez la decora. La melodía asciende y culmina en un casi casto acorde de novena desde donde comienza a despedirse con esa sentida moderación típica de su autor. También es clásico el modelo formal del Final: en franco estilo de toccata y casi cortando bruscamente la atmósfera onírica del movimiento anterior. El estribillo, que podría servir de fondo a cualquier vaudeville de la época, toma nuevamente prestados recursos al jazz. Cada tanto culmina con algunos de esos memorables glissandos de que se hablaba unos párrafos atrás. El segundo episodio no es menos maravilloso: otro gesto envolvente con alguna refulgente incursión politonal. Por si hubiera dudas, el estribillo se presenta con suma energía para clausurar la composición.

LA ÚLTIMA GRAN QUINTA

Pocos dudas a la hora de decir que Shostakovich es el gran sinfonista del siglo XX que logra, con su propio lenguaje y dentro de una coyuntura complicadísima, un corpus sinfónico comparable al de los grandes compositores del XIX.  La Sinfonía Nº 5 en Re menor Op. 47 fue estrenada el 21 de noviembre de 1937 en Leningrado por la mítica Orquesta Filarmónica de dicha ciudad, bajo la dirección del, no menos mítico, Yevgeny Mravinsky.

 La suspensión del estreno de su cuarta sinfonía en diciembre de 1936 había provocado que la situación de Shostakovich se pudiera calificar de  complicada. En esta situación pesan sobre él los artículos contra su música vertidos en Pravda por la cúpula del Partido Comunista. En ese momento en su entorno, existe una atmósfera de opresión política, iniciada con las primeras purgas de Stalin, en la que allegados y familiares del compositor fueron arrestados e incluso ejecutados; ni tan siquiera parece ser util el apoyo del poderoso valedor de Shostakovich, el mariscal Mijail Tukhachevsky (uno de los cinco primeros mariscales del Ejercito Rojo), ya que este, caído también en desgracia, fue procesado y ejecutado en junio de 1937. Con este panorama ante si, Shostakovich no tiene otra salida que cumplir con las indicaciones del partido en orden a abandonar el «formalismo» y componer de acuerdo al realismo socialista.

Pero sabemos que Shostakovich no iba a cumplir esas inidcaciones sin más. Ya, en la Cuarta sinfonía, trastocó a su pleno antojo las normas académicas de la composición, pero, como ya señalamos, sin dejar de demostrar su gran dominio de la creación musical. Escribiría, pues, una nueva partitura, una sinfonía que colmará las expectativas del partido, una pieza que, sin lugar a dudas, ensalzará los valores eternos del proletariado y su fe inquebrantable en la victoria final. Y además, una obra con una estructura técnica impecable, académicamente perfecta. Nadie podrá negar que responde plenamente a las características del realismo socialista. Pero, al mismo tiempo, sutilmente, compondría una música capaz de decirle mucho mas a sus potenciales oyentes; oyentes que acabarán arrastrados a una emoción única y controlada, donde el músico logra transmitir a la audiencia el sentimiento trágico que le produce la censura sobre su obra, dotándola de un pathos desgarrador. Un nuevo truco de magia, una sinfonía que eleva sobremanera el espíritu humano, pero después de recorrer los doloridos fondos del alma; una obra que transmuta lo simple en arte sublime.

En el primer movimiento (Moderato) está canónicamente en la tradición de la forma sonata. La exposición arranca con un vigoroso canon sobre el que se desarrolla un abrumador motivo principal, que acaba acompañado por una lírica melodía ejecutada por los primeros violines. Posteriormente las cuerdas introducen el segundo tema, amplio pero hierático y acerado. Con todo el material presentado, se produce el desarrollo, cambiando los tempi tanto en aumento como en disminución, creando un conflicto contrapuntístico en sí mismo, el cual acaba transformado, a través de la percusión y de las trompetas, en una especie de marcha de banda militar no exenta de cierto tinte grotesco. El drama interno del «Despertar a la lucha» alcanza el clímax en la recapitulación, donde, sin apenas nuevos temas, la carga emocional llega a las más altas cotas. La coda nos lleva, en el dialogo de las cuerdas menores con la celesta, a un ambiguo y evocador desenlace. Con una variación del tema principal del primer movimiento, en forma de scherzo y a ritmo de vals, se inicia el segundo movimiento (Allegretto). Hay un grave motivo melódico con las tubas, después los clarinetes, más tarde los oboes y finalmente las cuerdas, para desembocar en una graciosa melodía llena de energía.

En el tercer movimiento (Largo) Shostakovich abandona el uso de viento-metales (trompetas en el primer movimiento y tubas en el segundo) y, subdividiendo las secciones de cuerda, expone el motivo en apasionadas y alargadas melodías, sólo apoyadas por los vientos de madera. El ambiente se llena de tristeza y resignación; otra vez confusión; y, de nuevo, renacer frente al derrotismo (hay quien señala los sonidos del xilofón como una imagen de la «crítica justa» que espolea el abatido ánimo del hombre). Tras el conflicto, en una dulce paz, muere la música. El cuarto movimiento (Allegro non troppo) se inicia con un poderoso comienzo en las cuerdas que arrastra al oyente con su energía, tras esto aparece el primer tema, que se presenta dividido en dos subtemas claramente distinguibles. El primero ejecutado por las trompetas sobre los fieros redobles de los timbales, a continuación, sobre un fondo de notas repetidas, suena el segundo en las cuerdas. Tras la exposición, se entra en una zona intermedia, que discurre mayoritariamente en pianísimo, donde nuevas melodías nos exponen, de forma misteriosa, un subyugante pasaje sonoro. Tras un marcado silencio los viento-maderas nos traen el tema principal que desemboca en el poderosísimo finale escrito en clave de Re mayor, la tonalidad antagónica a la general de la sinfonía, Re menor; asociada esta por convenio a un carácter circunspecto, tímido y melancólico, mientras que aquella se asocia al regocijo, al triunfo, a la victoria. Se especula, y es motivo de controversia, sobre la intencionalidad del autor con este cambio. Sea intencionado o no, lo cierto es que el brillante final dota a la obra, en su totalidad, de sentido positivo de la vida, de triunfo de las potencias del alma, de un desmesurado ánimo para el renacer del hombre.

El estreno fue un clamoroso éxito, siendo ovacionado por más de 40 minutos, y la obra quedó como una de las favoritas del público soviético. El porqué de esta calurosa acogida viene dada por la estrecha relación entre los sentimientos vertidos por Shostakovich en su obra con los de los ciudadanos de la época. En unos tiempos tan convulsos como aquellos, el publico ruso estaba abierto a evocar intensas emociones, y Shostakovich supo compartir con ellos sus penas y sus esperanzas. Por su parte el aparato oficial quedo plenamente satisfecho; los críticos oficialistas hablaban, por ejemplo, del fiel retrato que el compositor hace de la «formación de la personalidad soviética» y como, en un ascenso lleno de optimismo, siempre llega la victoria. El autor había descrito la sinfonía como la «respuesta de un artista a una crítica justa», esto, para el régimen estalinista, equivalía a un acatamiento incondicional por parte del compositor. Se ha dicho que con esta sinfonía Shostakovich salvó la vida; pero lo que realmente le libró de ser procesado fue suspender el estreno de la cuarta sinfonía. Si el autor hubiese querido complacer servilmente las presiones del partido comunista, le habría bastado con escribir una obra programática, descriptiva y sin pretensiones espirituales. La Quinta es, pues, un envite a Stalin; como ya comentamos, un juego de malabares, en el que aparentando sometimiento, el compositor nos planta una obra llena de conceptos abstractos, difíciles lecturas y complejas emociones.

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