CLÁSICOS POPULARES (PERO BIEN)

FICHA DEL CONCIERTO

Orquesta Filarmónica della Scala de Milán. Daniel Harding, director.Obras de Rossini, Puccini, Leoncavallo, Mascagni, Verdi y Dvorak Jueves 29 de mayo. Concierto de clausura de la XX Temporada de Grandes Conciertos de Primavera. 

Sin duda en alguna ocasión es acertado concederse un bombón, un dulce que igual no aporta mucho a nuestra alimentación pero nos alegra una tarde; valga la comparación para hablar del programa de este concierto, que bien podría ser calificado de recopilación de clásicos populares a pesar de que el programa tiene su criterio de selección del que luego hablaremos. El caso es que todo el programa está trufado de melodías que podrían ser reconocidas con facilidad por cualquier persona no ya que haya oído un poco de música sino aficionada al cine o simplemente que vea programas o anuncios en la televisión. La pregunta sería ¿Páginas menores? Y la respuesta sería no; empezando desde la Sinfonía del Nuevo Mundo que por muchas veces que se toque y se oiga no deja de ser una gran sinfonía y acabando en la primera obertura que abre el programa, paradigmática del acierto de Rossini componiendo estas piezas tan “aparentemente sencillas” Ante un programa así cabe sospechar en la búsqueda de un éxito fácil pero esto es una tremenda trampa por varias cosas. Para empezar ninguna de las piezas es fácil, todas tienen momentos delicados o bien para algún solista o bien para la cuerda en general etc, para seguir, un programa así exige una mayor concentración a los músicos (hablamos aquí de la primera parte) para que cada pieza tenga la entidad suficiente y además cualquier fallo por pequeño que sea quedaría en evidencia ante un público tan acostumbrado a oir música como los abonados de este ciclo. En resumen, un programa como el que se nos presenta puede ser una estupenda opción para “ir aligerando” y pensando en el verano y despedir la temporada con el buen sabor de boca que nos haga querer volver tras el verano al Auditorio y eso si, no olvidemos que viene servido por una de las batutas más de moda (y mas efectivas) en el panorama mundial y por una de las grandes formaciones europeas, probablemente la orquesta italiana más solvente con diferencia.

DE ROSSINI AL VERISMO

El programa comienza con una pieza tan oida en la tele y en anuncios como poco oida últimamente en las salas de conciertos, la obertura de Guillermo Tell de Rossini. Quizás el primer uso que popularizó esta obra fue su utilización en la cabecera de la serie televisiva “El Llanero solitario” pero la cantidad de veces que ha sido utilizada va desde Kubrick en La Naranja Mecánica hasta en dibujos animados donde en su momento fue utilizada tanto por Disney como por su eterno rival Warner para hacer parodias de las orquestas, sus músicos y sus directores (el ratón Mickey y una morsa respectivamente). Sea como fuere la popularidad de la pieza fue tremenda en unos años gracias a sus usos y creo que la “melodía del galope” es una de esas melodías que todo el mundo conoce aunque no sepa de donde sale. Por desgracia quizás la obertura ha escondido un poco una de las obras maestras en global de Rossini que aquí en el género serio supera a la mayoría de sus títulos en desarrollo dramático sin perder un ápice de su frescura vocal belcantista, resulta difícil oir una buena versión de esta ópera, ya solo el tenor debería ser un tenor rossiniano, pero no un tenor ligero sino un tenor de una tesitura excepcional arriba y abajo y con un cierto squillo a poder ser (para quien esto escribe y para muchos aficionados es el papel por ejemplo de Chris Merrit y de muy pocos más). Y tampoco resulta fácil de oir por su duración, más de tres horas y media de música; no debemos olvidar que se compuso para la ópera de Paris con todo lo que ello significa. Ah y un último detalle, la obra le valio a Rossini una pensión vitalicia del gobierno francés, sin duda el cisne de Pesaro “se lo sabía montar” y de hecho por a o por b tras esta ópera estuvo treinta años sin componer.

Y del inicio del romanticismo italiano pasaremos a su último gran representante cuyas ópera siguen hoy siendo favoritas del público, hablamos de Giacomo Puccini del que oiremos el intermezzo del acto tercero de su ópera Manon Lescaut. El tema de Manon ya había sido tratado por Massenet en una ópera francesa muy exitosa, por lo que se consideró una osadía por parte de Puccini volver a abordar el tema, el de Lucca respondió que una mujer como Manon podía tener varios amantes, y realmente logró una ópera que si bien no tiene la popularidad de Tosca por ejemplo si que es representada con asiduidad en los teatros y sus arias son favoritas del público. Puccini en el tercer acto antes de desarrollar la acción nos plantea esta interludio orquestal en el que ilustra la desesperación de Des Grieux, quien ha rogado y suplicado ante cuanta gente pudo para liberar a Manon de prisión, sin éxito alguno. La pieza es de gran lucimiento para la cuerda empezando por un diálogo entre chelo y violín solista para luego exponer una melodía arrabatada y que de fondo suenen por los vientos ecos de las melodías del amor de los dos amantes que parecen quererse imponer al final de la pieza, que sin duda dejaría al público expentante del tercer acto.

Y de ahí no nos alejamos mucho, pues cabría para la Manon pucciniana el calificativo de verista y sin duda una de las obras más paradigmáticas del verismo es Cavalleria Rusticana de Pietro Mascagni, fiel compañera (últimamente no tanto) de la ópera que también le seguirá en este concierto, Pagliacci de Leoncavallo. Ambas son óperas muy cinematográficas, las dos nos muestran tremendas tragedias de celos con final en muerte una en el profundo sur de Italia y la otra en el entorno de un circo (lo que permite el precioso juego del teatro dentro del teatro). Las dos obras tienen un carácter común sin duda y encajan muy bien juntas pero hay que decir que los intermezzi son piezas que tienen un punto en común pero también una importante diferencia. El intermezzo de Cavalleria es una pieza orquestal sin relación con el resto de la obra que nos muestra un tremendo remanso de paz en medio de las pasiones tan desatadas y tan desgarradoras de la obra, su melodía expuesta por la cuerda desde el principio es la clave de esta pieza mientras que en el intermezzo de Pagliacci se nos empieza exponiendo la situación de tensión con la orquesta en tono menor para ir exponiendo distintos motivos melódicos que ya han aparecido y en especial el motivo tan especial que nos ha presentado al inicio de la obra ese personaje tan especial que es “El prólogo” o incluir incluso una referencia a la famosa aria del tenor.

Para terminar este recorrido no podía faltar el gran Verdi. Si no me fallan los datos la obertura de la Fuerza del Destino es la pieza que más veces se ha escuchado en directo en la sala Mozart en los  últimos dos años; con esta serán 4 si no me falla la memoria y siguiendo el dicho popular “algo tendrá el agua cuando la bendicen” Y es que en efecto se trata de una pieza absolutamente brillante, perfecta para abrir un  concierto o cerrar una parte como en este caso mas allá de la ópera (las 3 veces anteriores en el auditorio abría programa). La fuerza con la que Verdi trata la llamada del destino y nos va anticipando la “terribilitá” del tremendo argumento es sin duda un caramelo al que pocos directores se resisten… pero al final del todo la obertura no es sino una de las últimas que repiten un modelo muy utilizado en el bel canto que es el de que la obertura sea una fantasía sobre temas que van a aparecer a lo largo de la ópera…. Es una especie de “recapitulación previa”, en este pieza tras la llamada de los trombones enseguida aparece el tema introductorio de la gran escena de la soprano, el famoso “pace pace” y luego oiremos también cantada por el clarinete el núcleo inicial del aria del tenor “le minacci, i fieri acenti” que cantará Álvaro, probablemente el personaje más cenizo de la historia de la ópera ( e incluso del teatro en general si me apuran. No obstante este carácter de potpurrí la obertura funciona a las mil maravillas y Verdi sabe acabarla con una brillantez orquestal espectacular.

Y TERMINAMOS CON “LA DEL NUEVO MUNDO”

Y es de ley acabar un ciclo como este XX Ciclo de Grandes Conciertos de Primavera del Auditorio con una gran sinfonía, y sin duda, la que nos presenta en este concierto, la novena de Dvorak, llamada del nuevo mundo, no me cabe duda que , ocuparía un lugar destacado en el top ten del repertorio sinfónico más tocado en el mundo. También al igual que muchas obras de la primera parte, se podría hacer una larga antología de todos los usos que se han dado a los temas de esta sinfonía y no sólo a uno sino a todos, empezando por el famoso sólo de corno inglés del tiempo lento, siguiendo por el potente inicio del movimiento final etc… ¿Cuáles son las claves del éxito, de que esta sinfonía sea favorita del público en todo el mundo? Pues me permito apuntar dos. Por un lado formalmente la sinfonía está absolutamente dentro de la “ortodoxia sinfónica beethoveniana” y por otro lado posee una inspiración melódica impresionante. Alguien podría echar de menos en estos motivos una alusión al sobrenombre de la sinfonía, a ese calificativo “del nuevo mundo” y con cierta razón pero hay que decir que el carácter americano de la obra es un elemento muy tamizado y para probar esto y de paso acercarnos a cómo empezó la sinfonía su trayecto en el público vamos a ver que dijo el New York Times de la sinfonía tras su estreno:

“La obra se abre con una lenta, solemne y misteriosa introducción, indicativa de la ignota vastedad del Nuevo Mundo, que nos conduce al primer tema, anunciado por la trompa, con las particularidades melódicas y rítmicas usadas por el negro. Una melodía subsidiaria es entonada en el registro grave de la flauta y ritmo de las viejas danzas de las plantaciones esclavas. El segundo tema del movimiento también es introducido por la flauta de color del ébano… en él oímos la cálida voz del negro, siempre listo para la danza, pero con una nota presente de tristeza. El movimiento entero palpita de flexible emoción y energía, más cercana a la de la gente americana que a la africana, una música que crece de nuestro suelo, que deleita nuestros oídos y permanece en nuestros corazones.

 El adagio incorpora una enorme tristeza teñida de desolación. El suave murmullo de las cuerdas acompaña la maravillosamente dolorida voz del corno inglés. La melodía es original, pero tiene el patético espíritu del folk-lore negro. Es una idealizada canción esclava sobre la quietud de la noche en la pradera, cuando el espíritu de conquista dejaba su estela de sangre, sudor, agonía, y huesos blanqueados. En su mitad hay una curiosa idealización de un canto indio, bello y extraño, y un pequeño tema staccato con trinos y diálogos de cuerdas y vientos que pueden representar la vida animal de la pradera.

 El scherzo es de estilo clásico, sin abandonar las relaciones interválicas y figuras rítmicas que conducen el sentimiento general de la sinfonía.

 El allegro final es magnífico en su vigor y amplitud, liderando los metales hacia los turbulentos acordes del resto de la orquesta. Su desarrollo, ingenioso y encantador, tiene gran parecido a Yankee Doodle, aunque el doctor Dvorak ha declarado que esto no ha sido intencional. A través de este último movimiento el compositor hace uso de material ya escuchado anteriormente, lo que proporciona carácter y unidad a la obra, que finaliza con la dignidad y victorioso poderío acorde al sentimiento americano ”.

Esto es lo que publico el New York Times en su diario del 17 de diciembre de 1893, tras el estreno de la 9ª Sinfonía de Antonin Dvorak. Esta sinfonía es de algún modo la primera gran conclusión  de su tránsito por el país norteamericano, donde se había trasladado con el fin de dirigir el nuevo Conservatorio Nacional de Música, una peculiar y modélica escuela de composición que mantenida mediante el mecenazgo, no solo era gratuita para los alumnos sin recursos, sino que en ya en ese tiempo daba cabida a la mujer e incluso a personas formalmente todavía discriminadas como los negros y otras minorías étnicas.

 Todo esto nos dibuja un marco adecuado para acercarnos a la recurrente pregunta de cuánto de americano hay realmente en esta sinfonía. Creo que lo primero que tenemos que decir que por la fecha no se podía hablar todavía de música ‘norteamericana’ como tal pues ese constructo desde luego donde se dibuja con trazo firme como tal es en el siglo XX, a partir de ahí si cabe preguntarse si hay fuentes populares de inspiración en Dvorak y cuanto de ellas están en Estados Unidos y cuanto en su añorada Chequia.

 Dvorak estaba desde luego muy habituado a trabajar al aire libre como los pintores de su tiempo, apoyado en su flocklore natal: “Todos los grandes músicos han tomado prestado de las canciones populares. Yo mismo he ido a las más simples, medio olvidadas melodías de los campesinos bohemios… desarrollándolas con todos los recursos de los ritmos modernos, contrapunto y colores orquestales”.No obstante hay que decir que el inicio de los primeros trabajos para esta sinfonía  parece ser que se realiza solamente tres meses después de su llegada a Nueva York, con lo cual cabe deducir que no podría haber tenido un contacto directo con el entorno rural norteaméricano y menos aun con el sur y sus plantaciones (que algunos han querido ver en el origen de la obra) salvo quizás por lo que sus alumnos del conservatorio le hicieran llegar; por lo que respecta  al mundo indígena,  no está documentado otro contacto que la asistencia a las representaciones que un tal Buffalo Bill hace del Salvaje Oeste en el Madison Square Garden.

  Podemos afirmar que formalmente la construcción y la técnica de la sinfonía están dentro de la estrica ortodoxia postbeethoveniana (como en otras de sus sinfonías) y que la reminiscencia temática cíclica (con un tema principal retornando dramáticamente en cada uno de los siguientes movimientos) enfatiza el tratamiento sinfónico como un todo. Pero asi mismo podemos decir que, eso sí, Dvorak compuso esta obra en el espíritu folklórico local adoptando elementos melódicos como los modos pentatónicos o menores naturales, ritmos en ostinato y sincopados, acompañamiento pedal, etc. ¿Ese sería pues el carácter americano de la obra? Pues podemos decir que si pero diciendo a la vez que todos estos aspectos son compartidos con la música de su Bohemia natal.  Además el trabajo de orquestación se realizó íntegramente en un entorno muy concreto, el de una comunidad completamente integrada por inmigrantes checos, alejada de cualquier contacto con la cultura nativa o de habla inglesa, donde Dvorak pasó sus vacaciones de verano, completamente integrado en esta comunidad en la cual ocupaba por poner un ejemplo el papel de organista.

De alguna manera pues esta es la sinfonía del nuevo mundo de ese nuevo mundo llamado Norteamérica que cuya identidad ¿Y cuál no? está construida en base a la mezcla de muchas identidades, sin duda Dvorak aportó la suya propia que desde entonces paso a ser americana sin el más mínimo reparo. En todo caso además a veces las cosas son muchos más simples de lo que parecen y esta sinfonía no está nada lejos de las que la preceden. El propio Dvorak preguntado por el nombre no tuvo el más mínimo reparo en afirmar : “La llamé así porque era mi primer trabajo en América”. Hoy sin duda la obra es patrimonio de América… y de la humanidad en general.

Y me van a permitir que acabemos las entradas de este ciclo en el blog con un fragmento de la ópera cuya obertura abre el programa, como decíamos la obertura ha tapado el resto de la ópera y es un “operón” nada fácil de hacer y de ver, les dejo un duo entre Gualtiero (el tenor Chris Merrit) y Guglielmo (Giorgio Zancanaro) en una producción de la versión italiana de la ópera, atentos al canto del tenor, no es moco de pavo.

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