DE ESTACIONES Y FORMAS

FICHA DEL CONCIERTO.

Ara Malikian y la Orquesta en el Tejado. Obras de Vivaldi y Piazzolla, domingo 26 de enero. XXXIV Ciclo de Introducción a la Música

LA MÚSICA Y SUS FORMAS

La prensa local estos días ha empezado ya a hablar de la visita de Ara Malikian al Auditorio de Zaragoza, y enseguida han surgido los tópicos mas rancios, propios de quien escucha poca música y sobre todo de quien no se deja ver nunca por una sala de conciertos. Enseguida se quiere poner el mérito de Ara Malikian en “romper las formas establecidas en el entorno de la música clásica” como si de una especie de “cómico” de la música se tratara y como si al destacar una puesta en escena no convencional se le quisiera quitar mérito a su trabajo musical. Ante estos tópicos nos atrevemos a decir dos cosas: la primera recomendar que se juzgue a Malikian por su resultado musical, por lo que se oye y la segunda que los conciertos de clásica tienen su protocolo social como tantas otras cosas en la vida (desde el propio futbol a una boda, pasando por unas elecciones) y que el protocolo social no es malo en sí mientras permita que la música sea el centro del espectáculo; por otro lado decir que el protocolo de la clásica no es tan rígido ni han faltado quienes lo hayan roto de múltiples maneras a lo largo de toda la historia de la música… Con esto queremos decir que es perfecto que Malikian haga lo que quiera en torno a la música, es divertido que llene la ciudad con carteles más habituales en otros tipos de música, pero que al final en el momento supremo de sentarnos en la butaca a escuchar música en directo, por lo que le debemos de juzgar no es por eso, sino por los aspectos exclusivamente musicales de su propuesta, y ante eso, como mínimo nadie podrá negar que nos encontramos ante un violinista muy interesantes y con ideas propias; además nadie le puede negar su ánimo divulgador y eso en este ciclo tiene toda la importancia.

 SI DE ESTACIONES HABLAMOS

Hace casi dos años Ara Malikian debía haber tocado Las Cuatro Estaciones de Vivaldi cerrando la edición 32 de este ciclo pero una lesión le impidió hacerlo con la Orquesta de Cadaqués y Jaime Martín; la verdad es que tuvo un sustituto de lujo y se oyeron unas estaciones estupendas, a modo de compensación esta vez Malikian viene con su propio conjunto y con la obra que desde hace alguna década ya, es la compañera habitual de la obra de Vivaldi, las Estaciones Porteñas de Astor Piazzolla.

Pero comenzaremos hablando de Vivaldi como ya lo hicimos en este propio blog con la ocasión de la estupenda versión que nos brindó Eduardo López Banzo hace pocos meses; sin duda la versión de este domingo será muy diferente.

Es difícil (y tampoco es necesario) decir cosas nuevas sobra una obra de este tipo, sobre una obra, de la que se ha dicho y escrito todo, incluidas auténticas tonterías como que es la obra que abre el romanticismo musical (eso supone desconocer el espíritu del barroco y de la propia Italia), por ello nos acercaremos en estas líneas con ánimo de volver a arrojar luz sobre una obra de la que se han dicho tantas cosas que quizás el mito ha tapado el entorno y la realidad de la propia obra.

Podemos decir aun hoy y tras décadas de recuperación de obras, que la popularidad de Vivaldi se asienta en unas pocas obras, básicamente en los cuatro conciertos que abren su Op.8, conocidos como Las Cuatro Estaciones, y, en menor medida, en alguna otra pieza instrumental y en determinados fragmentos vocales, sobre todo de sus motetes y salmos (Si bien es verdad que muchas de sus obras han ido llevadas al disco en los últimos años y algunos cantantes italianos, con Bartoli a la cabeza) han hecho de Vivaldi caballo de batalla de sus carreras . Hasta bien entrados los años 70, fue de hecho la música instrumental de Vivaldi la única que parecía tener la consideración de los intérpretes (y no de todo el mundo de la música, si se tiene en cuenta la célebre boutade que unas fuentes atribuyen a Stravinski y otras a Dallapiccola: “Vivaldi no compuso 600 conciertos, sino seiscientas veces el mismo concierto”). Fue entonces cuando empezó a introducirse en los repertorios de recitales y grabaciones la música religiosa del compositor, que sólo muy recientemente ha empezado a ser apreciado también por su obra dramática.

Las Cuatro Estaciones no son otra cosa, lo cual no les resta ni un ápice de interés, que los cuatro primeros conciertos para violín, cuerdas y continuo de Il cimento dell’armonia e dell’inventione, colección que integraban doce conciertos publicados en Amsterdam en 1725 como Op.8. Cada obra tiene la típica estructura en tres tiempos (dos rápidos en los extremos que se contrastan con un lento central de carácter lírico y expresivo) y se ajusta a las características del concerto ritornello, tipología instrumental que el compositor difundió con notable éxito, merced a una producción extensísima, que, pese a la estructura casi siempre idéntica a sí misma y a despecho de la sentencia stravinskiana, resulta de una variedad y una riqueza de colores y matices extraordinarias. La denominación de concerti ritornelli les viene a estas obras por la alternancia que se da en cada movimiento entre pasajes escritos para el solista y un estribillo (ritornello) que repite el ripieno (esto es, la orquesta). Estos motivos alternan cuatro o cinco veces en los movimientos de apertura y alguna menos en los de cierre, mientras que los tiempos centrales suelen tener un desarrollo más lineal y conceder un papel especial al solista, que se adorna con abundantes florituras. Armónicamente, las modulaciones dentro de cada movimiento también siguen habitualmente un esquema más o menos prefijado.

Si nos preguntáramos sobre el porqué del éxito de Las Cuatro Estaciones nos atrevemos a afirmar que este éxito radica esencialmente en la expresividad casi pictórica de los pentagramas del artista veneciano, se decir en su fuerte e universal carácter descriptivo. El virtuoso violinista traza con precisión una serie de pinceladas más propias de un lenguaje visual que auditivo. No en vano se suele afirmar que se trata del primer ejemplo de música programática, es decir, música que persigue expresar ideas o imágenes. Vivaldi huye aquí, por tanto, de la abstracción propia del arte musical y busca construir una obra que dibuje en la mente del oyente los paisajes y las sensaciones que pretende transmitir. El resultado es una de las obras de arte más universales que llega con facilidad al nuevo oyente musical pero que sigue fascinando al oyente más avezado.

El primero de los cuatro conciertos es el dedicado a la primavera. Nada más comenzar ya podemos ver y sentir exactamente aquello que Vivaldi imaginaba cuando escribió esta partitura. La música se hace casi palpable. A este efecto contribuyen los sonidos onomatopéyicos que salpican todo el concierto y que, especialmente en el primer movimiento, imitan los cantos de los pájaros. El segundo movimiento, siguiendo el modelo que el propio Vivaldi impuso (rápido, lento, rápido) es menos impetuoso. Nos enseña otra cara de la estación, otro momento de un día primaveral, otra estampa, perfectamente compuesta por Vivaldi con su paleta de colores. Un tercer movimiento nos despide de la estación con otra arrebata postal, esta vez teñida de cierta melancolía que anticipa la llegada del verano.

Arranca entonces el segundo de los conciertos, consagrado a la estación estival. El inicio nos sugiere un clima cálido, casi pesado, que obligara a moverse con lentitud y cansados pasos. Sin embargo, el violín solista (perfectamente combinado con la orquesta de cuerda) nos evade de ese ambiente pastoso, evocándonos quizá una refrescante sombra bajo un árbol. Más adelante invade la escena de forma intermitente una orquesta potente que parace querer advertirnos de la proximidad de una amenazante tormenta. Todo parece calmarse en el segundo movimiento, aunque siguen las ráfagas de advertencia. Y en llegando al tercer movimiento, estalla el anunciado vendaval en la forma de uno de los pasajes más conocidos de la obra (y también de los más expresivos y dramáticos). Las notas se vuelven nerviosas y no dan un respiro al oyente hasta el final del concierto.

Llegamos así al otoño. Una estación pintada no con nostalgia ni tristeza sino casi con el mismo optimismo de la primavera. El cuadro nos relata el baile de unos campesinos que celebran los buenos resultados de su vendimia. La perturbación del vino también está presente en el indeciso transitar del violín a mitad del primer movimiento. En el segundo, las hojas de los árboles caen con tranquilidad al compás de un majestuoso violín que nos conduce por parajes solitarios en busca de algún rincón donde reflexionar sobre el tiempo pasado en pleno atardecer de la vida. La atmósfera cambia radicalmente en el tercer movimiento, para transformarse en optimista y alegre. Aunque la música es serena y no impetuosa. Sin embargo Vivaldi no puede quedarse en un solo plano y adorna la partitura con fuertes contrastes que acentúan la plasticidad y la expresividad de la música.

El invierno nos recibe con su esperada frialdad en la forma de unos acordes secos y martilleantes que nos sitúan en una atmósfera nada acogedora. Sin embargo, el compositor consigue que encontremos cobijo en el segundo movimiento al calor de un “fuego plácido” que viene marcado por un repetido punteo sobre el que el violín canta una melodía ampliamente nostálgica pero nada triste, con la que visualizamos el paisaje nevado desde la ventana de un hogar adecuadamente calentado con el fuego. Es el final del año, la última estación, el destino de nuestro viaje. Sin embargo, Vivaldi no nos despide aquí. En el tercer movimiento nos traslada a un escenario en el que poco podemos hacer por no dejarnos llevar hasta el ocaso final de la música, la plenitud de los estados emocionales y vitales por los que hemos transitado a lo largo de los colosales pentagramas de Vivaldi.

Pero dentro del carácter programático aun hay un aspecto más que destacar. Parece ser y se ha especulado sobre ello, que los cuatro conciertos que escribió Antonio Vivaldi y que conocemos hoy con el título de Las Cuatro Estaciones, están escritos originalmente para violín, orquesta y declamador, pero muy raras veces los sonetos, que según algunos autores creó el propio Vivaldi, se escuchan en las salas de conciertos. Esta es la versión al español de los sonetos, originales en italiano, que realizó el escritor y poeta cubano David Cherician.

LA PRIMAVERA

Llegó la primavera y de contento

las aves la saludan con su canto,

y las fuentes al son del blanco viento

con dulce murmurar fluyen en tanto.

El aire cubren con su negro manto

truenos, rayos, heraldos de su adviento,

y acallándolos luego, aves sin cuento

tornan de nuevo a su canoro encanto.

Y así sobre el florido ameno prado

entre plantas y fronda murmurante

duerme el pastor con su fiel perro al lado.

De pastoral zampoña al son chispeante

danzan ninfa y pastor bajo el techado

de primavera al irrumpir brillante.

EL VERANO

Bajo dura estación del sol ardida

mústiase hombre y rebaño y arde el pino;

lanza el cuco la voz y pronto oída

responden tórtola y jilguero al trino.

Sopla el céfiro dulce y enseguida

Bóreas súbito arrastra a su vecino;

y solloza el pastor, porque aún cernida

teme fiera borrasca y su destino.

Quita a los miembros laxos su reposo

el temor a los rayos, truenos fieros,

de avispas, moscas, el tropel furioso.

Sus miedos por desgracia son certeros.

Truena y relampaguea el cielo y grandioso

troncha espigas y granos altaneros.

EL OTOÑO

Celebra el aldeano a baile y cantos

de la feliz cosecha el bienestar,

y el licor de Baco abusan tantos

que termina en el sueño su gozar.

Deben todos trocar bailes y cantos:

El aire da, templado, bienestar,

y la estación invita tanto a tantos

de un dulcísimo sueño a bien gozar.

Al alba el cazador sale a la caza

con cuernos, perros y fusil, huyendo

corre la fiera, síguenle la traza;

Ya asustada y cansada del estruendo

de armas y perros, herida amenaza

harta de huir, vencida ya, muriendo.

EL INVIERNO

Temblar helado entre las nieves frías

al severo soplar de hórrido viento,

correr golpeando el pié cada momento;

de tal frió trinar dientes y encinas.

Pasar al fuego alegres, quietos días

mientras la lluvia fuera baña a ciento;

caminar sobre hielo a paso lento

por temor a caer sin energías.

Fuerte andar, resbalar, caer a tierra,

de nuevo sobre el hielo ir a zancadas

hasta que el hielo se abra en la porfía.

Oír aullar tras puertas bien cerradas

Siroco, Bóreas, todo viento en guerra.

Esto es invierno, y cuánto da alegría.

PIAZZOLLA Y BUENOS AIRES

Las Cuatro Estaciones Porteñas son consideradas como una de las composiciones fundamentales en la obra de Piazzolla. No fueron compuestas todas juntas, como por ejemplo las Cuatro Estaciones de Vivaldi; sino que fueron compuestas por separado. Verano Porteño fue compuesto en 1964, Otoño Porteño en 1969, Primavera Porteña e Invierno Porteño en 1970.

Tampoco fueron concebidas como una suite en donde los movimientos que la componen no pueden ser ejecutados por separados. En este caso Las Cuatro Estaciones Porteñas pueden ser ejecutadas cada una sin ningún problema y es muy habitual encontrarlas de modo independiente en conciertos y grabaciones.

 La obra de Piazzolla fue escrita originalemente para el Quinteto clásico de tango (bandoneón, violín, piano, guitarra eléctrica y contrabajo). Habría que resaltar una excepción el invierno originalmente Piazzolla lo había escrito para viola. No obstante son muy habituales las diferentes adaptaciones de las Estaciones Porteñas para distintos conjuntos y en especial es muy habitual oírselas a orquestas de cuerda que así las convierten en el complemento perfecto a las de Vivaldi, por temática, por contraste y porque sino la obra de Vivaldi se queda corta como única protagonista de un concierto.

 Las cuatro estaciones porteñas son sin duda la obra de un artista único con su estilo completamente original. Cuando fueron compuestas Piazzolla alcanza su identidad estética y la consagración de un estilo y esto se demuestra en la forma de amalgamar un pulso rítmico decididamente tanguero con procedimientos armónicos y contrapuntísticos que él aprendió en Europa, hablamos de la perfecta fusión entre la tradición musical clásica y la música popular argentina.

En las estaciones  existe una alternancia entre “Solos y tuttis” como en las composiciones clásicas pero a partir de ahi no respetan un criterio estrictamente formal como puede ser la Forma Sonata o un Concierto Barroco.

Anímicamente, en las estaciones se pasa de una furiosa excitación con partes de carácter virtuoso a momentos de terrible quietud y calma. Son consideradas como música descriptiva en un sentido muy laxo del término, eso si. Piazzolla intenta plasmar el latir de la ciudad, ese latir tan especial que es el latir porteño; lo hace utilizando el tango y así emerge la parte bohemia de Buenos Aires, el tango nuevo, la expresión del alma porteña.

En el Invierno Porteño podemos encontrar   la soledad, el frío y lo cotidiano. El invierno es día y es también la noche cuando el tango se hace calle Corrientes. Es tremendamente melancólico, pero esta sensación de soledad y frío viene interrumpida por fuertes impulsos rítmicos. El violín y el bandoneón son los solistas de esta composición y se van alternando los diferentes temas. Se puede apreciar que en varias partes del invierno el violín asume una tonalidad más grave de lo habitual y esto se debe a que originalmente había sido compuesto para viola.

En la Primavera Porteña encontramos el primer amor. El cuerpo y la seducción. La merienda en el parque. Los enamorados. La ciudad que revive después del invierno. Los árboles se pintan de verde y las flores inundan de perfume toda la ciudad. Esta obra se desarrolla a partir de un tema fugado. Es, de las cuatro, la más equilibrada en la distribucion rítmica y melódica.

En el Verano Porteño aparece la pasión. Cuando el calor toma el cuerpo y el calendario también indica la temperatura del amor. Se calienta el cemento de la ciudad. El caminar por las calles de Buenos Aires a la siesta con ese calor húmedo terrible, la lentitud de la ciudad que parece respirar cada vez más al caer el sol. Existe un tema que se repite por toda la obra de manera insistente. Este tema viene interrumpido por el solo del violín y el bandoneón. Al ir finalizando la obra se nota una lentitud que luego viene interrumpida por el acelerado final.

En el Otoño Porteño encontramos la plasmación musical de la despedida. La fugacidad de la pasión se hace Otoño. La ciudad que se comienza a vestir de amarillo. Encontramos aquí uno de los solos más notables, solo para la mano izquierda del bandoneón, donde cada nota parece querer buscar su propio peso como si luchara para independizarse de toda la frase musical. Este solo parece apoderarse de todo el tema hasta que aparece el violín creando un nuevo momento de suspenso.

Y les queremos dejar como final de este post una curiosidad, una muestra de otra cara de Malikian, tocando el concierto de Jesús de Monasterio, una interesante recuperación.

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