LAS CUATRO ESTACIONES EN ZARAGOZA: UNA PARTE DE NUESTRA HISTORIA MUSICAL

FICHA DEL CONCIERTO

Concierto de Al Ayre Español. Eduardo López Banzo, director. Farran James, violin. ‘Las Cuatro Estaciones’ de Vivaldi. Ciclo de Grandes Conciertos de Primavera. Jueves 25 de abril

Pocas obras podrían servir tan bien como referencia para analizar la evolución de la programación musical en la ciudad de Zaragoza como una obra tan popular como ‘Las Cuatro Estaciones’ de Vivaldi. El concierto que vamos a comentar tiene sobre el papel todos los puntos para ser un nuevo hito histórico dentro de la historia local de esta pieza por lo que nos parece adecuado empezar estas notas comentando lo que ha sido la historia viva de la obra más conocida de Vivaldi en los últimos treinta años. No pretenderemos ser rigurosos y seguro que nos dejaremos alguna versión en el tintero pero si que comentaremos lo que han sido las tendencias que como decíamos son un buen ejemplo de como ha cambiado la vida musical de la ciudad.

DE I MUSICI A AL AIRE ESPAÑOL

Antes de los años 80 practicamente la única programación musical estable de la ciudad la daba la centenaria Sociedad Filarmónica y de alguna manera con la ampliación de la programación desde el ámbito público, que sin duda democratizó el acceso a la música, la Filarmónica se “refugió” en los clásicos de su repertorio y sin duda ‘Las Cuatro Estaciones’ han sido siempre un clásico en la programación de esta sociedad. Empezaremos el repaso en loas años 80 pero tenemos la impresión que lo que vimos en el Principal en este década era similar a lo que se había oído en décadas anteriores; en ese momento los protagonistas de Vivaldi, venían de la propia Italia (tónica dominante en nuestra ciudad) e incluso de la propia ciudad del “Prete Rosso” de Venecia, hablamos de I Musici auténticos defensores de este repertorio que si bien nunca se acercaron a criterios historicistas no protagonizaron tampoco excesos tan desacertados como las versiones propuestas (por ejemplo) por Herbert Von Karajan, absolutamente lejanas del propio Vivaldi. I Musici con la articulación romántica hacía versiones elegantes y concebidas como cuatro conciertos para violín y orquesta que fueron interpretadas en varias ocasiones por un gran violinista español Felx Ayo… eran otros tiempos y aun en España casi no conocíamos eso de “los instrumentos originales” a pesar de que jóvenes músicos aragoneses estaban ya estudiando con los gurús del género como es el caso del propio Eduardo López Banzo.

Pero el cambio notable vino en los años noventa y coincidió con los primeros años de nuestro Auditorio.. de repente se programó a “otros” italianos Il Giardino Armonico, que venía con su fama de “enfants terribles” de vestir de Armani y que, si no me falla la memoria, fueron los primeros en interpretar en Zaragoza las ‘Cuatro Estaciones’ con instrumentos originales. Mi recuerdo de aquel concierto es el de un huracán que nos arrolló y la sensación de descubrir por completo la obra, con otro timbre, otra articulación…. Si se me permite diré que en su interpretación era tan importante el uso de instrumentos originales como el concepto interpretativo que llenaba de nueva vida la partitura de Vivaldi, que ganaba así en fuerza descriptiva, en italianidad y en riqueza de contrastes…. Los que estuvimos en ese concierto lo recordamos como una agradable bofetada en la cara. Tras ellos vinieros otros grandes italianos que trabajaban en la misma línea pero quizás incluso con más rigor aunque con menos sentido del espectáculo, fueron La Europa Galante con Fabio Biondi, y me acordaré del grito de una señora en los bises diciendo “siete iu bravi dal Giardino” (sois mejores que Il Giardino)… sin duda la comparación entre ambos conjuntos fue inevitable en esos años aunque no veo la necesidad de quedarme con uno de ellos, en todo caso es evidente que todo marcó un antes y un después… el auditorio como sitio privilegiado para la música, la sensación de que después de ir este repertorio con instrumentos originales cierto tipo de versiones no iban a ser admisibles…

Y después llegó al época de los primeros dos mil… y quizás se intentó buscar otros repertorios barrocos menos usados y quizás por eso el protagonismo de ‘Las Cuatro Estaciones’ bajó bastante; quizás pasó como con una serie de obras que de tan tocadas quizás pasaron durante años a un segundo plano, a ser menos tocadas lo que sin duda provoca que se cojan con muchas ganas cuando se retomas. Que recordemos la última vez que esta obra sonó en el Auditorio fue en el concierto final del ciclo de Introducción a la Música a cargo de la orquesta de Cadaqués con Jaume Martín dirigiendo y con un protagonista inesperado; estaba previsto que el solista al violín fuera el popular y polifacético Ara Malikian que fue sustituido in extremis por el menos popular pero espectacular violinista Dimitri Sitkovetsky.

Y este concierto, tal y como apuntábamos antes, promete ser un nuevo hito en la interpretación de la popular obra de Vivaldi. Por primera vez un conjunto de instrumentos originales español e incluso local pero con importante trayectoria mundial presenta esta obra en Zaragoza y al frente no podía estar otro que Eduardo López Banzo. Parece lógico que tras abordar una buena parte de las obras maestras del barroco internacional López Banzo aborde este “hot” del barroco. Podemos decir que más allá del rigor y la excelencia en las interpretaciones López Banzo siempre ha aportado nueva luz, detalles y acentos nuevos en todas las grandes obras que ha interpretado, cabe esperar que oiremos una gran versión de estas estaciones pero que además veremos ese “ayre español” que a cada obra le imprime el director Zaragozano.

HABLANDO DE LAS ESTACIONES.

Es difícil (y tampoco es necesario) decir cosas nuevas sobra una obra de este tipo sobre una obra, de la que se ha dicho y escrito todo, incluidas auténticas tonterías como que es la obra que abre el romanticismo musical (eso supune desconocer el espíritu del barroco y de la propia Italia) por ello nos acercaremos con ánimo de volver a arrojar luz sobre una obra de la que se han dicho tantas cosas que quizás el mito ha tapado el entorno y la realidad de la propia obra.

Podemos decir aun hoy y tras décadas de recuperación de obras que la popularidad de Vivaldi se asienta en unas pocas obras, básicamente en los cuatro conciertos que abren su Op.8, conocidos como Las cuatro estaciones, y, en menor medida, en alguna otra pieza instrumental y en determinados fragmentos vocales, sobre todo de sus motetes y salmos (Si bien es verdad que muchas de sus obras han ido llevadas al disco en los últimos años y algunos cantantes italianos, con Batoli a la cabeza) han hecho de Vivaldi caballo de batalla de sus carreras . Hasta bien entrados los años 70, fue de hecho la música instrumental de Vivaldi la única que parecía tener la consideración de los intérpretes (y no de todo el mundo de la música, si se tiene en cuenta la célebre boutade que unas fuentes atribuyen a Stravinski y otras a Dallapiccola: “Vivaldi no compuso 600 conciertos, sino seiscientas veces el mismo concierto”). Fue entonces cuando empezó a introducirse en los repertorios de recitales y grabaciones la música religiosa del compositor, que sólo muy recientemente ha empezado a ser apreciado también por su obra dramática.

Las Cuatro Estaciones no son otra cosa, lo cual no les resta ni un ápice de interés, que los cuatro primeros conciertos para violín, cuerdas y continuo de Il cimento dell’armonia e dell’inventione, colección que integraban doce conciertos publicados en Amsterdam en 1725 como Op.8. Cada obra tiene la típica estructura en tres tiempos (dos rápidos en los extremos que se contrastan con un lento central de carácter lírico y expresivo) y se ajusta a las características del concerto ritornello, tipología instrumental que el compositor difundió con notable éxito, merced a una producción extensísima, que, pese a la estructura casi siempre idéntica a sí misma y a despecho de la sentencia stravinskiana, resulta de una variedad y una riqueza de colores y matices extraordinarias. La denominación de concerti ritornelli les viene a estas obras por la alternancia que se da en cada movimiento entre pasajes escritos para el solista y un estribillo (ritornello) que repite el ripieno (esto es, la orquesta). Estos motivos alternan cuatro o cinco veces en los movimientos de apertura y alguna menos en los de cierre, mientras que los tiempos centrales suelen tener un desarrollo más lineal y conceder un papel especial al solista, que se adorna con abundantes florituras. Armónicamente, las modulaciones dentro de cada movimiento también siguen habitualmente un esquema más o menos prefijado.

Si nos preguntaramos sobre el porqué del éxit de ‘Las Cutros Estaciones’ nos atrevemos a afirmar que este éxito radica esencialmente en la expresividad casi pictórica de los pentagramas del artista veneciano, se decir en su fuerte e universal carácter descriptivo. El virtuoso violinista traza con precisión una serie de pinceladas más propias de un lenguaje visual que auditivo. No en vano se suele afirmar que se trata del primer ejemplo de música programática, es decir, música que persigue expresar ideas o imágenes. Vivaldi huye aquí, por tanto, de la abstracción propia del arte musical y busca construir una obra que dibuje en la mente del oyente los paisajes y las sensaciones que pretende transmitir. El resultado es una de las obras de arte más universales que llega con facilidad al nuevo oyente musical pero que sigue fascinando al oyente más avezado.

El primero de los cuatro conciertos es el dedicado a la primavera. Nada más comenzar ya podemos ver y sentir exactamente aquello que Vivaldi imaginaba cuando escribió esta partitura. La música se hace casi palpable. A este efecto contribuyen los sonidos onomatopéyicos que salpican todo el concierto y que, especialmente en el primer movimiento, imitan los cantos de los pájaros. El segundo movimiento, siguiendo el modelo que el propio Vivaldi impuso (rápido, lento, rápido) es menos impetuoso. Nos enseña otra cara de la estación, otro momento de un día primaveral, otra estampa, perfectamente compuesta por Vivaldi con su paleta de colores. Un tercer movimiento nos despide de la estación con otra arrebata postal, esta vez teñida de cierta melancolía que anticipa la llegada del verano.

Arranca entonces el segundo de los conciertos, consagrado a la estación estival. El inicio nos sugiere un clima cálido, casi pesado, que obligara a moverse con lentitud y cansados pasos. Sin embargo, el violín solista (perfectamente combinado con la orquesta de cuerda) nos evade de ese ambiente pastoso, evocándonos quizá una refrescante sombra bajo un árbol. Más adelante invade la escena de forma intermitente una orquesta potente que parace querer advertirnos de la proximidad de una amenazante tormenta. Todo parece calmarse en el segundo movimiento, aunque siguen las ráfagas de advertencia. Y en llegando al tercer movimiento, estalla el anunciado vendaval en la forma de uno de los pasajes más conocidos de la obra (y también de los más expresivos y dramáticos). Las notas se vuelven nerviosas y no dan un respiro al oyente hasta el final del concierto.

Llegamos así al otoño. Una estación pintada no con nostalgia ni tristeza sino casi con el mismo optimismo de la primavera. El cuadro nos relata el baile de unos campesinos que celebran los buenos resultados de su vendimia. La perturbación del vino también está presente en el indeciso transitar del violín a mitad del primer movimiento. En el segundo, las hojas de los árboles caen con tranquilidad al compás de un majestuoso violín que nos conduce por parajes solitarios en busca de algún rincón donde reflexionar sobre el tiempo pasado en pleno atardecer de la vida. La atmósfera cambia radicalmente en el tercer movimiento, para transformarse en optimista y alegre. Aunque la música es serena y no impetuosa. Sin embargo Vivaldi no puede quedarse en un solo plano y adorna la partitura con fuertes contrastes que acentúan la plasticidad y la expresividad de la música.

El invierno nos recibe con su esperada frialdad en la forma de unos acordes secos y martilleantes que nos sitúan en una atmósfera nada acogedora. Sin embargo, el compositor consigue que encontremos cobijo en el segundo movimiento al calor de un “fuego plácido” que viene marcado por un repetido punteo sobre el que el violín canta una melodía ampliamente nostálgica pero nada triste, con la que visualizamos el paisaje nevado desde la ventana de un hogar adecuadamente calentado con el fuego. Es el final del año, la última estación, el destino de nuestro viaje. Sin embargo, Vivaldi no nos despide aquí. En el tercer movimiento nos traslada a un escenario en el que poco podemos hacer por no dejarnos llevar hasta el ocaso final de la música, la plenitud de los estados emocionales y vitales por los que hemos transitado a lo largo de los colosales pentagramas de Vivaldi.

Pero dentro del carácter programático aun hay un aspecto más que destacar. Parece ser y se ha especulado sobre ello, que los cuatro conciertos que escribió Antonio Vivaldi y que conocemos hoy con el título de Las Cuatro Estaciones, están escritos originalmente para violín, orquesta y declamador, pero muy raras veces los sonetos, que según algunos autores creó el propio Vivaldi, se escuchan en las salas de conciertos. Esta es la versión al español de los sonetos, originales en italiano, que realizó el escritor y poeta cubano David Cherician.

LA PRIMAVERA

Llegó la primavera y de contento

las aves la saludan con su canto,

y las fuentes al son del blanco viento

con dulce murmurar fluyen en tanto.

 

El aire cubren con su negro manto

truenos, rayos, heraldos de su adviento,

y acallándolos luego, aves sin cuento

tornan de nuevo a su canoro encanto.

 

Y así sobre el florido ameno prado

entre plantas y fronda murmurante

duerme el pastor con su fiel perro al lado.

 

De pastoral zampoña al son chispeante

danzan ninfa y pastor bajo el techado

de primavera al irrumpir brillante.

 

EL VERANO

Bajo dura estación del sol ardida

mústiase hombre y rebaño y arde el pino;

lanza el cuco la voz y pronto oída

responden tórtola y jilguero al trino.

 

Sopla el céfiro dulce y enseguida

Bóreas súbito arrastra a su vecino;

y solloza el pastor, porque aún cernida

teme fiera borrasca y su destino.

 

Quita a los miembros laxos su reposo

el temor a los rayos, truenos fieros,

de avispas, moscas, el tropel furioso.

 

Sus miedos por desgracia son certeros.

Truena y relampaguea el cielo y grandioso

troncha espigas y granos altaneros.

 

EL OTOÑO

Celebra el aldeano a baile y cantos

de la feliz cosecha el bienestar,

y el licor de Baco abusan tantos

que termina en el sueño su gozar.

 

Deben todos trocar bailes y cantos:

El aire da, templado, bienestar,

y la estación invita tanto a tantos

de un dulcísimo sueño a bien gozar.

 

Al alba el cazador sale a la caza

con cuernos, perros y fusil, huyendo

corre la fiera, síguenle la traza;

 

Ya asustada y cansada del estruendo

de armas y perros, herida amenaza

harta de huir, vencida ya, muriendo.

 

EL INVIERNO

Temblar helado entre las nieves frías

al severo soplar de hórrido viento,

correr golpeando el pié cada momento;

de tal frió trinar dientes y encinas.

 

Pasar al fuego alegres, quietos días

mientras la lluvia fuera baña a ciento;

caminar sobre hielo a paso lento

por temor a caer sin energías.

 

Fuerte andar, resbalar, caer a tierra,

de nuevo sobre el hielo ir a zancadas

hasta que el hielo se abra en la porfía.

 

Oír aullar tras puertas bien cerradas

Siroco, Bóreas, todo viento en guerra.

Esto es invierno, y cuánto da alegría.

 

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4 Respuestas a “LAS CUATRO ESTACIONES EN ZARAGOZA: UNA PARTE DE NUESTRA HISTORIA MUSICAL

  1. ¡Enhorabuena por este magnifico blog! Me es de gran ayuda para documentarme previamente sobre los conciertos que escucho en el Auditorio. Me gustaría que los directores de las orquestas escribieran en este blog todo aquello que considerasen oportuno sobre las obras que van a interpretar, de este modo evitaríamos que conciertos tan interesantes como este del Al Ayre Español quedasen deslucidos por las explicaciones del director que, siendo muy interesantes, estaban fuera de lugar, pues le quitaban el protagonismo a quien lo tiene que tener en una sala de conciertos: a la Música.

  2. Hola, yo también creo que es buena idea lo que comentas, pero no me parece que las explicaciones del director estuvieran fuera de lugar, es más, pienso que le dieron todavía más importancia a la música. Me pareció un acierto que ante una obra como la que se interpretó ayer, sin duda entre las más conocidas y escuchadas en la historia de la música, el director intercalase su visión particular sobre cada concierto. Más práctico para transmitir a la gente que simplemente plasmarlo en este blog, lo cual coincido en que hubiera estado muy bien, pero tampoco podemos pretender que todo el aforo que había ayer en el auditorio lo hubiera leido previamente para enterarse de todo lo que se nos explicó.
    Un saludo.

  3. Cada día me gusta más Al Ayre. Su director es extraordinario, preocupado siempre por ofrecer algo nuevo y su versión de las 4 estaciones dejó huella

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