EL TEJIDO DE LA MÚSICA SINFÓNICA

García Abril

FICHA DEL CONCIERTO

Concierto de la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Aragón. Juan Luis Martínez, director. Obras de Ruiz Maria, García Abril y Brahms. sábado 9 y domingo 10 de marzo

Probablemente entre las aportaciones que cabe atribuirle a Beethoven,  y que lo sitúan como un titán dentro de la historia de la música,  una de ellas sería el darle la forma ‘definitiva’ a ese espectacular instrumento que ocupa hoy escenarios en todo el mundo que es la orquesta sinfónica. Beethoven con su ciclo sinfónico, y no sólo con él, fija definitivamente la base del lenguaje sinfónico que con todas su variedades, cambios y ampliaciones sigue siendo considerado un instrumento muy útil por los creadores actuales. Brahms, como luego expondremos, es heredero absoluto de Beethoven sin que ello signifique ningún demérito para él, sino todo lo contrario. Pero en la primera parte nos encontramos con la obra de dos autores ligados a nuestra tierra por formación o por nacimiento que como veremos, aun desde lenguajes muy diferente al lenguaje de Beethoven o de Brahms, siguen usando ese potente instrumento que es la orquesta sinfónica. Por suerte en Aragón desde hace unos años hemos contado con una orquesta académica que ha podido acercarnos al repertorio sinfónico con máxima solvencia y que por primera vez en la historia, gracias entre otros a la gran labor de su director Juan Luis Martínez, ha creado un patrimonio musical de gran música sinfónica grabada en Aragón. Hace quince años el que quedaran buenas versiones de las sinfonías de Mahler, o Shostakovich, por poner dos ejemplos, en nuestra tierra nos hubiera parecido impensable y hoy es una realidad innegable.

MÚSICA DE AQUÍ Y AHORA CON LENGUAJES ACCESIBLES

Los dos conciertos  (sábado y domingo) empiezan con una obra que se tendrá su estreno absoluto en ellos, ‘La Transfiguración’ de Mario Ruiz. No es casual que se estrene una obra de calidad en estos ciclos teniendo en cuenta que el Conservatorio Superior de Aragón es uno de los centros superiores de referencia en composición a nivel nacional y que bulle de creatividad; si alguien no lo cree, simplemente que se acerque al centro de Via Hispanidad y verá la cantidad de proyectos de nueva creación o el nivel de sus colaboradores y profesores. Tratándose de una obra de nueva creación que aun no hemos podido oir no nos queda otro remedio de hacer algo que tantas veces nos gustaría hacer, que es darle la palabra al autor; en este momento, antes de su estreno la obra aun es suya y él es el soberano a la hora de explicarla e interpretarla. Tras su estreno y sobre todo si la obra tiene la larga vida que sobre el papel le deseamos la obra será ya suya, si, pero también de todos los que la oigan o interpreten; es lo que tiene la música que la relación entre significante y significado es completamente abierta. Pero démosle ya la palabra al joven Mario Ruiz María para que nos hable de su obra:

“La transfiguración, es una obra a la que podríamos denominar como preludio sinfónico con violín solista. Aunque existe una evidente interacción dramática entre solista y  orquesta, no del todo es así. El solista actúa como un miembro más, inmerso en ése océano sonoro que representa la orquesta. El es un marinero perdido en medio de la mar, ahogado en esa soledad, haciendo de su violín un llanto. Mientras el canta y llora, en el mar, representado por la orquesta, se van sucediendo diferentes olas en tamaño y potencia que surgen dentro de un caos ordenado.

Como si de un cuadro impresionista se tratara, los colores y las formas se van difuminando entre los márgenes del marco formal de la obra. En este caso se desarrolla todo a partir de un mismo color que varía sutilmente en sus tonalidades según la perspectiva armónica y la textura, lo que aporta contraste dentro del carácter unitario.

Como el título de la obra hace referencia, ese marinero que sucumbe ante la pena, representado por el violín, se transfigura como la Isolda de Wagner, se sitúa en un estado entre su propia mortalidad humana y la eternidad del mar; es solista y a la vez uno mas dentro de la masa orquestal.”

 Mario Ruiz María

Y está muy bien que esta obra con ese carácter casi entre la sinfonía concertante y el poema sinfónica según lo que cabe deducir de los comentarios de su autor preceda a la obra con la que el Auditorio de Zaragoza y el Gobierno de Aragón quiere celebrar el ochenta aniversario del compositor aragonés con mayor relevancia en el siglo XX y en lo que va de siglo XXI. Como decíamos al hablar de un reciente concierto el primer mérito innegable de Antón García Abril es que su obra se toca, se sigue tocando con asiduidad alrededor no solo de España sino del mundo y que son muchos los intérpretes y directores que quieren seguir haciendo que García Abril no sea un compositor de estrenos sino que sus obras sean repuestas y se incorporen con normalidad al repertorio de pianistas, cantantes, solistas de otros instumentos y como no también de orquestas sinfónicas. Por suerte dentro del Ciclo de Introduccion a la Música de este año este ‘El Mar de las Calmas’ será su segunda obra, tras haber escuchado sus cantos de Pleamar hace alguna semana con la que comparte, al igual que con la obra que se estrenará de Ruiz Maria ese carácter marino, en este caso con su mente puesta en el maravilloso paisaje canario, de duyo festival fue esta obra encargo. Permítasenos que como nuevo homenaje al maestro García Abril repitamos parte de su semblante biográfico expuesto en este blog con ocasión de la interpretación de sus ‘Cantos de Pleamar’ hace algunas semanas por la Orquesta Sinfoónica del Conservatorio Superior de Castellón.

Teruel fue la cuna de Antón García Abril un 19 de mayo de 1933.  Y García Abril fue uno de esos afortunados que reciben formación musical precoz que en este caso le vino de su padre, músico en la banda municipal. Comenzó su formación y allí descubrió el pequeño Anton el entusiasmo que en él provocaba el escuchar los sonidos que producían los instrumentos musicales, así que poco después le compraron un piano. Como la vocación estaba clara enseguida fue necesario dejar Teruel e irse a estudiar a la cercana (y más musical) Valencia, becado por la Diputación de Teruel. Allí trabajó con los maestros Sosa, Gomá y Palau y obtuvo las máximas calificaciones y el premio fin de carrera en las asignaturas de Armonía y Piano. Y de Valencia el viaje natural era  a Madrid, a su Real Conservatorio de Música, donde finalizó los estudios oficiales con los maestros Calés y Julio Gómez (¿se acuerdan? Su canción árabe abrió este ciclo en el concierto de la JONDE).

 En plena postguerra, los músicos y la música eran de todo menos prioritarios y García Abril pronto comprendió que el perfeccionamiento de sus estudios debía llevarse a cabo en el extranjero y el país elegido fue Italia, quizás por eso su obra siempre ha estado impregnada de un toque mediterráneo que oiremos claramente en la obra que abrirá el concierto. En la academia Chigiana de Siena, y durante tres años, perfeccionó las materias de Composición, Dirección y Música Cinematográfica junto a los maestros Vito Frazzi, Paul Von Kempen y Francesco Lavagnino. La inquietud y las ansias de formación llevaron a García Abril, en 1964, a estudiar Nuevas Técnicas en la Composición en la Academia Santa Cecilia de Roma junto a Gofreddo Petrasi bajo el auspicio de la Fundación Juan March. Entre medias, en 1957, creó, junto a sus colegas, todos ellos nacidos en torno a 1930, Cristóbal Halffter, Luis de Pablo y Alberto Blancafort, el grupo “Nueva Música” impulsado por Ramón Barce y por el crítico Enrique Franco. Esta  iniciativa quería  de algún modo poner a España al día musicalmente, es decir, recorrer rápidamente todo el camino que el resto de Europa había adelantado en los años cincuenta y sesenta.  El Grupo  no obstante se disolverá con solo un año de vida dadas  muy diferentes inquietudes creativas de sus miembros que tomarían diversos caminos expresivos.

Importante ha sido también su labor como docente que se había iniciado ya en 1957 en el Real Conservatorio de Madrid  impartiendo clases de Solfeo y Teoría de la Música. Veinte años más tarde, en 1974, ganaría por oposición la cátedra de Composición y Formas Musicales en la misma institución musical.

 A la hora de medir la talla de García Abril  hay que hablar de la extensión y difusión de su obra que abarca la mayoría de las formas musicales: composiciones para orquesta Cadencias obra para violín y orquesta, Concierto para piano (1964-1994), o Tres poéticas de la mar (1995), sobre textos de Lorca, Alberti y Cernuda para conmemorar el 250 aniversario de la creación de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, o, con motivo del cincuentenario de Juventudes Musicales, Juventus-, cantatas y canciones -el ciclo de Canciones de Valldemosa (1974), sobre textos de poetas españoles contemporáneos, la cantata-divertimento Alegrías (1979), Doce canciones asturianas (1985), Canciones Xacobeas (1993), un homenaje a la poesía gallega, y, por encargo del Festival Internacional de Música Contemporánea de Alicante, Cantos de Pleamar (1993), -la obra que nos ocupa-, ballet -como La gitanilla (1996), con dirección de Miguel Narros, para el Ballet Nacional-, música de cámara, para teatro -la tragicomedia musical Don Juan, Calígula, dirigida por José Tamayo (1990), Antología de la Zarzuela 92, El gran teatro del mundo (1998), estas dos últimas también junto a Tamayo, Los intereses creados, Mariana Pineda, Luces de Bohemia, Tirano Banderas, La Celestina o Rosita la soltera-, música coral -Cantar de Soledades, realizada sobre un texto de Antonio Machado, cuya complejidad motivó el que en el verano de 1990 una veintena de corales retiraran su participación del Certamen de Habaneras de Torrevieja, Salmo a la alegría para el siglo XXI (1990), con textos de Alberti, o Lurkantak (1997), en el centenario del Orfeón Donostiarra- o himnos -el de la Comunidad Autónoma de Aragón, la Universidad madrileña Carlos III (1999), o la Ceremonia de entrega de los Premios Goya (1992)-.

Capitulo aparte merecería su ya nombra y prolífica labor compositiva para el cine y televisión. Entre las series televisivas de las que es responsable de la partitura y que muchos recordarán figuran  el ya citado El hombre y la tierra, Fortunata y Jacinta, Ramón y Cajal, Anillos de oro o Segunda enseñanza. Mientrras que más de 160 bandas sonoras para cine llevan su firma, entre las últimas, El fraile (1990) o Semana Santa (1992). Casi todo su trabajo para el cine lo realizó entre 1965 y 1985 y para películas de Sáenz de Heredida, Luis Lucía, Forqué, Camus, Escrivá, Mariano Ozores, Pedro Masó, Fernando Fernán Gómez o Pilar Miró.

Un gran reconocimiento oficial le llegó con su ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1983, con el discurso “Defensa de la melodía” (título significativo que son sirve para situar la obra de este concierto y su actitud ante otras tendencias compositivas). Para la inauguración de la institución, en principio prevista para 1992, creo la versión operística de la obra de Valle Inclán Divinas Palabras, de cuyos textos fue responsable Francisco Nieva. La obra se estrenó el 18 de octubre de 1997 en el Real dentro del programa inaugural del coliseo madrileño y con la participación de Plácido Domingo. Fue la primera ópera que se estrenó en el nuevo Real.

 Entre la infinidad de premios conseguidos  figuran el Nacional de Música en 1956 con su Ciclo de canciones infantiles, el Nacional de Teatro a la mejor obra lírica por Un millón de rosas, en 1971; el premio de composición convocado por el Ministerio de Cultura en homenaje a Andrés Segovia, por su obra Evocaciones. En abril de 1997 consiguió unos de los I Premios de la Música, el dedicado al mejor autor de música clásica. En abril de 1983 fue nombrado hijo predilecto de  Teruel. Coincidiendo con la entrega de su ópera Divinas Palabras y su 70 cumpleaños recibió en 1993 varios homenajes. éste es también un año de premios: el Nacional de Música, así como el III Premio de la Fundación Guerrero de Música, el más importante en su género. Con motivo del Centenario del cine en España, en octubre de 1996 le fue entregada una de las medallas conmemorativas de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas. En diciembre de 1998 el Consejo de Ministros le concedió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Hay que decir además que Antón García Abril puede presumir de ser uno de los compositores cuyas obras logran permanecer en el repertorio una vez estrenadas y a eso sin duda contribuye el que sean favoritas de intérpretes tanto instrumentales como vocales como demostró por poner un ejemplo Ainhoa Arteta al incluirlo en su último recital en nuestro auditorio, en este mismo ciclo lo volvemos a tener presente en eesteconcierto de la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Aragón, cerrando así un importante círculo.

De la obra que sonará hoy decir que se trata de una obra encargo del Festival de Canarias, el festival musical más importante del invierno europeo, del año 2001 que fue estrenada en el concierto inaugural de este Festival por la Sinfónica de Canarias y Victor Pablo Pérez. Se trata de un gran fresco que quiere homenajear a la tierra que se lo encargó en concreto al paraje  que le da nombre a la obra situado en la isla del Hierro. Desde las laderas de gran pendiente del paraje volcánico de El Julan, al suroeste de la isla , se puede observar como el mar entra en una suave calma, con aguas cristalinas y sorprendentemente transparentes. La frontera entre el mar revuelto y este remanso de agua llana se observa claramente delimitada por una hipotética línea ficticia. Este es el Mar de las Calmas geográficos que al final musicalmente en lo que se concreta es en una estupenda ocascion para que el maestro García Abril se demuestre como lo que es: un gran dominador del tejido orquestal que aquí utiliza a la perfección para desplegar una amplia paleta de efectos tanto en el plano del puro colorido orquestal como en el del juego rítmico por decir dos de los más presentes en la obra.

En resumen una estupenda ocasión de hacer justicia y de que este compositor sea profeta en su tierra, no por el hecho de ser aragonés sino justo por el carácter tan profundamente universal de su obra.

UNA CUMBRE SINFÓNICA

No creo que nadie pueda rebatir que el ciclo sinfónico de Brahms y en concreto esta cuarta sinfonía sean una cumbre absoluta de la sinfonía romántica. Brahms heredó muchas cosas de Beethoven y desde luego todo su trabajo sinfónico esta basado en un gran respeto al legado recibido. Brahms se tomó en serio,muy en serio, casi hasta la obsesión la composición de sus sinfonías y así su ciclo es de solo cuatro sinfonías pero las cuatro son absolutamente obras maestras que tienen lugar preminente en el repertorio. De ellas la cuarta ocupa un lugar especial y de ella siempre se han destacado dos aspectos que son ciertos y que aunque puedan parecer contradictorios no lo son.  Se ha dicho de ella que tiene un carácter otoñalde obra de madurez que de alguna manera cierra el ciclo y que además utiliza algún tema relacionado con la muerte en el primer movimiento. Por otro lado se ha dicho de ella que es la obra que más tiene de homenaje a la música anterior y también es cierto sin que ello le reste un ápice de maestría más bien al contrario, la convierte en una auténtica cumbre que sabe hacer un gran constructo romántico que a su vez homenajea a parte de la gran música escrita anteriormente.

Brahms necesitó  veinte  años para terminar su primera sinfonía. En ese momento tiene ya 43 años. Para sus tres sinfonías siguientes  (sin llegar al exceso de la primera) necesita también mucho tiempo, un total de ocho años. Brahms escribe su cuarta sinfonía entre 1884 y 1885 y con ella alcanza el momento cumbre de su actividad creativa. Tras la muerte de Richard Wagner, empieza a estar considerado como el compositor más relevante del momento.

La Sinfonía revela una gran musicalidad y belleza sonora. Con ella, Brahms enriquece la expresión musical. Su Sinfonía n° 4 es su última gran obra. En los 12 años que vive tras escribirla, no compone ninguna otra obra de una importancia similar.

En carta escrita a su amiga Elizabeth von Herzogenberg, Brahms anunciaba el inicio en el trabajo de su cuarta sinfonía en estos términos: “¿Puedo atreverme a enviarle un fragmento de mí mismo? Como las cerezas tardan en madurar por estos lares, no le importe decirme si no le gusta su sabor. No estoy tan impaciente como para escribir una pésima número 4″.

El primer movimiento comienza  con un tema introducido por los violines, que Brahms desarrolla con gran complejidad contrapuntística, alternándolo con otro secundario, más ligero, que contrasta con la densidad del primero. El fabuloso tratamiento de las terceras descendentes y las sextas ascendentes que conforman el núcleo del tema inicial se proyecta a lo largo de los cuatro movimientos que la conforman.

Para comenzar el segundo movimiento Brahms utiliza un solo de trompa, que es inmediatamente repetido por la madera. El segundo tema, de carácter totalmente diferente al presentado por la trompa, es una bellísima melodía expuesta por los violonchelos.

 Elizabeth von Herzogenberg la describió perfectamente cuando en octubre de 1885 escribió a Brahms diciéndole: “¡Cómo debe gozar cada violonchelista con esta maravillosa canción, suave retazo del aliento estival!… Éstas deben de ser, presumo yo, las cerezas que no querían madurar en Mürzzuschlag…”.

 Las características rítmicas y el marcado carácter alegre del jubiloso tercer movimiento podrían llamarnos a pensar en  un  scherzo bastante clásico. Lo es, a pesar de la utilización de un compás de 2/4 y de que su estructura está indudablemente más cerca de la forma sonata que del scherzo propiamente dicho. Paradójicamente, este movimiento fue escrito después del allegro que cierra la Sinfonía número 4. Es el único scherzo que existe en las cuatro sinfonías de Brahms. En él, incorpora Brahms a la plantilla orquestal un triángulo, un flautín y un contrafagot.

 El último movimiento se inicia con la presentación del tema festivo que dará pie a toda una serie de prodigiosas variaciones. El tema que servirá de soporte a estos formidables diez últimos minutos de la sinfonía lo toma Brahms prestado de la chacona final de la Cantata BWV 150, Nach dir, Herr, tradicionalmente atribuida a Bach y cuya autoría es actualmente cuestionada. Treinta variaciones (sin considerar la coda final) de ocho compases cada una, agrupadas en tres secciones claramente diferenciadas entre sí, en las que Brahms rinde culto y homenaje al barroco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s